“But I still believe” 

Nneka, en Viva Africa.

 

“Esto acaba de empezar”, repetía, como autoconvenciéndose, David Villa en aquella trágica, casi tragicómica, tarde del 16 de junio del 2010, desde las entrañas del Moses Mabhida Stadium de Durban; tan impotente como incapaz de comprender lo que había sucedido en el que fue el encuentro del debut de la selección española, de la entonces vigente campeona de Europa, en el Mundial de Sudáfrica.

Mientras las vuvuzelas dibujaban un ambiente único, al igual que lo hicieron en los 64 partidos de la primera Copa del Mundo africana; el cuadro de Vicente del Bosque saltó al césped con la ambición de mostrarle al mundo su balompié preciosista, pero, sin profundidad, sin pólvora, sin precisión en los últimos metros, Iker Casillas, Sergio Ramos, Carles Puyol, Gerard Piqué, Joan Capdevila, Xabi Alonso, Sergio Busquets, David Silva, Xavi Hernández, Andrés Iniesta y David Villa se estrellaron una vez tras otra contra las infranqueables piernas de la ultradefensiva Suiza de Ottmar Hitzfeld.

En el primer acto, de hecho, la selección tan solo pudo otear El Dorado en una acción en la que Piqué, magistralmente asistido por Iniesta con una maravillosa pelota entre líneas, se plantó solo ante Diego Benaglio tras deshacerse de Stéphane Grichting como si fuera un delantero centro; como ya lo había hecho con Iván Córdoba unas semanas antes en aquella semifinal eterna contra el Inter de José Mourinho. Pero esta vez, la rodilla izquierda del meta suizo repelió el duro chut del ‘3’, y, a la vez, las aspiraciones de un equipo que, al descanso, regresó a la caseta con un 78% de posesión y con la certeza de que más tarde o más temprano acabaría llegando el tanto que la defensa helvética, atrincherada ante Benaglio, y aliada con el destino, les había negado en los primeros 45 minutos.

Ciertamente, con Suiza, que formó de inicio con Benaglio; Stephan Lichtsteiner, Philippe Senderos, Grichting, Reto Ziegler; Gelson Fernandes, Gökhan Inler, Benjamin Huggel, Tranquillo Barnetta; Eren Derdiyok y Blaise Nkufo, y que no pudo contar con los lesionados Alexander Frei y Valon Behrami, defendiéndose a las puertas de Berna, parecía que tan solo un milagro podía evitar el gol español, y que tan solo una desgracia o, mejor dicho, una concatenación de desgracias podía provocar el gol de los helvéticos.

Pero así es el fútbol. Y en el minuto 52, los helvéticos, simples espectadores, hasta ese momento, del monólogo español, tan claro e incontestable como estéril, reclamaron su cuota de protagonismo en el escenario, y todo lo que ya empezaba a intuirse gris se tiñó de negro, de un negro negrísimo, en una acción tan confusa como enrevesada, tan arcaica como inexplicable, inefable. Benaglio sacó en largo desde su Zurich natal y, sin que nadie entendiera cómo, el balón, el indomable Jabulani, llegó al punto de penalti; y, aunque Casillas acertó a rechazarlo en primera instancia, la pelota cayó a los pies de un Gelson Fernandes, que, a un milímetro de la línea de gol, en posición de fuera de juego, y con un Piqué sangrando y fuera de combate como único obstáculo, ajustició a la selección española anotando el 0-1 definitivo.

Del Bosque intentó revolucionar el partido con la entrada de Jesús Navas, Fernando Torres y Pedro Rodríguez en el lugar de Sergio Busquets, David Silva y un Andrés Iniesta que se fue lesionado, pero sus jugadores, atenazados por el miedo, perecieron en la orilla; tan superiores como incapaces de descifrar el cerrojo suizo, el scape room que los helvéticos les prepararon sobre el césped Moses Mabhida Stadium, de conectar con Villa, de entender por qué el marcador mostraba un injusto 0-1 y no un 3-0 como el que España había conseguido en el último partido entre ambas selecciones; en los octavos de final del Mundial de Estados Unidos. Cierto es que Xabi Alonso pudo restablecer el equilibrio inicial en en el minuto 70, cuando estrelló un potentísimo chut desde la frontal en el larguero, pero, apenas tres minutos más tarde, solo el palo izquierdo de Casillas evitó un 0-2, obra de Derdiyok, que hubiera sido todavía más doloroso.

“Si se trataba de ponerle emoción al Mundial, la selección española se bastó sola. La imprevista, inmerecida y desconcertante derrota ante Suiza destroza todos los esquemas previos, cambia los planes y anuncia unos días de tensión. Entre la espesura y un accidente, Suiza se llevó un triunfo increíble en Durban y el dream team bajó de su Olimpo pegándose un golpetazo morrocotudo. España se lo ha puesto muy crudo”, escribía Carlos E. Carbajosa en la crónica de El Mundo mientras afloraban todos los fantasmas y la amenaza de regresar a casa tras solo tres partidos, como había pasado en el Mundial del 1998 o en la Eurocopa del 2004, y mientras algunos, enemigos del manierismo, de quienes anhelan y persiguen la perfección, ya alzaban el grito al cielo. “De corazón les digo que el tiki-tiki no es fútbol. Es una mentira que nos han vendido los mentirosos del fútbol. Al fútbol se juega con cojones” se puede leer, aún, en la sección de comentarios de la citada crónica, titulada Una pesadilla para empezar.

Pero, a pesar de la pesadilla vivida en Durban, y de que el ruido de las alarmas encendidas con la derrota ante Suiza era, quizás, aun más ensordecedor e insoportable que el de las vuvuzelas, Del Bosque y la selección, con la ambición de demostrar que aquel vuelo de Fernando Torres sobre el césped del Ernst Happel Stadion vienés no había sido ni un sueño ni espejismo ni una casualidad, mantuvieron la apuesta por su refinado fútbol de salón. “No sabíamos por qué habíamos perdido. Cuando no sabes por qué has perdido, y si pudieras volver hacia atrás volverías a hacerlo todo igual, es porque estás en el buen camino”, afirmaría más tarde el citado Torres; ilustrando el sentir de un equipo que, convencido de que, como proclamaba Nneka en la maravillosa Viva Africa, “Defeat is not weakness, but a blessing to learn, konwledge to earn”, supo ponerse de nuevo de pie para continuar avanzando hasta alzar al cielo de Johannesburgo el tan deseado trofeo de la Copa del Mundo; erigiéndose, además, en el primer país de toda la historia del torneo en proclamarse campeón tras caer en el primer partido.

Porque como acentuaba el tan añorado Michael Robinson al principio de Cuando fuimos campeones, uno de los Informe Robinson más bellos, más preciosos, que nos ha legado para que le tengamos siempre con nosotros: “A veces hace falta tocar fondo para emprender el viaje que conduce a la gloria”.

 


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Fotografía de Getty Images.