Al escribir este artículo no puedo más que dejarme llevar y que las yemas de mis dedos golpeen las teclas con orgullo y sed de justicia. Xabi Alonso ha anunciado que se retira y la ocasión lo merece.


Todos tenemos un amigo a quien le fiaríamos todo: la casa, el coche e incluso las cuentas bancarias. En el terreno de juego, ese amigo es Xabi Alonso. El mediocentro es uno de esos jugadores atemporales, que habría llegado a lo más lejos hoy, hace 50 años y que también lo haría dentro de 30. Uno de los últimos dandis que ha dado el fútbol. Escudero de muchos de los maestros del banquillo. Con un palmarés y una carrera impecables. Y también blanco de muchos intentos de desprestigio, por ser fiel a sus principios y por dejar la huella de los tacos, que es la señal de que se ha jugado a fútbol de verdad.

No valorar a Xabi Alonso como lo que es es no entender de fútbol. Puede que alguien sepa mucho, pero entenderlo es muy diferente. Porque no apreciar a Xabi Alonso es no conocer los fundamentos más básicos de este deporte. Es no apreciar un ocaso porque el sol cae todas las tardes. Es no valorar un ‘buenos días’ porque te lo dicen cada mañana. Es no comprender que una entrada dura o una falta táctica es tan importante como un buen centro al área. O que el no estar esprintando todo el partido es sinónimo de estar siempre bien colocado. Es no ver que un preciso cambio de juego es como el ventolín para un asmático. Es desconocer que, como él clavó en una entrevista, el mediocentro es el jugador “que más pequeñas decisiones correctas ha de tomar en un partido. Igual son decisiones que parecen intrascendentes, pero que acaban siendo fundamentales para el funcionamiento y continuidad de un equipo”.

Xabi Alonso es lo más western que hemos parido en mucho tiempo. Suda sin mojarse, cava sin embarrarse y asalta sin delatarse. Mientras, enciende las llamas de los pagafantas de palabrería fina. Porque la rabia que levanta Alonso es a causa de que todos saben cómo hacer lo que él hace pero sólo unos pocos pueden hacerlo.

 

Su fichaje por el Bayern fue la prueba definitiva de que está hecho para cualquier estilo y equipo porque el suyo es el fútbol más básico, más puro y más efectivo hecho excelencia.

 

Su problema es que hace tan bien el trabajo que no se ve que se le obvia; al obviarlo, los más valientes, que siempre en estos casos son los más ignorantes, se atreven a proponer prescindir de él sin saber las consecuencias que ello conllevará. Así fue cómo, después de haber evidenciado con un Mundial y una Eurocopa que su doble pivote con Busquets era efectivo, la presión finalmente consiguió sentarle y en Brasil nos ahogamos. Y al ser el único en dar la cara y admitir que había faltado hambre, los guardianes de los intocables se lo comieron.

Tras bastantes intentos de jubilarle, las verdaderas hienas ya salivaban cuando se supo que dejaba el Real Madrid con 32 años. Pero los barcelonistas que lo habían intentado desahuciar y los mourinhistas que lo habían endiosado se quedaron descolocados con otra genialidad táctica: Guardiola, el profeta de unos y el enemigo de los otros, lo fichó para el megaproyecto del Bayern. Esa fue, además, la prueba definitiva de que Xabi Alonso está hecho para cualquier estilo y cualquier equipo porque el suyo es el fútbol más básico, más puro y más efectivo hecho excelencia. La gente no tuvo tiempo para reaccionar a este movimiento. Porque lo hizo con la naturalidad con la que sólo los hombres que van de cara y seguros de haber tomado siempre las mejores decisiones en los momentos clave pueden; como hace ahora.

Por eso es hijo pródigo en Anoeta, ídolo en Anfield y el Bernabéu y respetado con honores en el Allianz Arena. Por eso también lo ha jugado todo con Mourinho, con Guardiola, con Ancelotti y con Benítez, cuando a éste último no se le discutía. Pues por eso y porque ha dado tardes legendarias de minimalismo, precisión, batalla y picardía, toca encenderse un puro y brindar con un vaso de whisky por él. A vuestra salud, haters. Disfruta del reposo merecido, mariscal.