Hay fotografías del pasado que hormiguean en tu estómago. Puede ser por cualquier detalle. Por el color sepia que las tiñe, por el mal enfoque de los objetivos de la época e incluso por el rostro cándido y jovial de los allí retratados. Lo cierto es que a veces se cuelan en tu interior y te suscitan algo incómodo, como si capturasen un capítulo que, aunque muy feliz, estuviera mal digerido. A todos aquellos que hemos sentido, a menor o mayor escala, una cierta simpatía por el Parma, este revés nostálgico se nos está reproduciendo con bastante frecuencia estos días en que la institución parece pender de un hilo. Cada vez que aparece en la prensa una nueva noticia sobre otra huelga de los jugadores gialloblu por no cobrar la nómina, el enésimo aviso de sanción a la desesperada de la Federación Italiana de Fútbol, o cualquier novedad que acerque todavía más al equipo italiano a su desaparición absoluta, es imposible no echar la vista atrás, allá en los noventa, y llevarse las manos a la cabeza por cómo han podido cambiar las cosas tan rápido.

El Parma, durante la última década del siglo XX, atravesó el mejor periodo su historia. Una época dulce tanto en lo deportivo como en lo económico, y que permitió al club codearse con los grandes del calcio e incluso ganarse la consideración del viejo continente. De hecho, si los buenos momentos consiguieron extenderse tanto en el tiempo (once años, concretamente), fue porque la directiva técnica parmesana, entre celebración y celebración, tuvo el ojo clínico necesario para construir dos proyectos que se remplazaron. En medio del éxito, se vio obligada a vender, cambiar el entrenador y buscar nuevas perlas en el mercado. Pero lo hizo con atino. Y así, cambiando los nombres pero no los logros, la entidad dilató notablemente su condición de niña bonita de Europa.

El precedente lo marcó la llegada de Nevio Scala al banquillo del Ennio Tardini. El técnico aterrizó para ocupar el puesto que hasta ese momento había ocupado un tal Sacchi, que justo estaba cerrando las maletas para irse a Milán

El precedente de la era triunfal lo marcó la llegada de Nevio Scala al banquillo del Ennio Tardini. El técnico aterrizó para ocupar el puesto que hasta ese momento había ocupado un tal Arrigo Sacchi, que justo estaba cerrando las maletas para irse a Milán. Scala fue el arquitecto del primer gran Parma de los noventa. De entrada logró ascender al equipo por primera vez a la Serie A. Y una vez allí, no tardaría en acomodarse. Como si la novedad histórica no le intimidase ni lo más mínimo, el conjunto debutó en la máxima categoría con un sexto puesto que equivalía a la clasificación europea. Al año siguiente (1991) ya se embolsó el primer título, la Copa italiana. Uno después levantó la Recopa y la consiguiente Supercopa de Europa. Y finalmente, en el curso 94-95, besó el santo al conquistar la Copa de la UEFA, quedando además tercero en liga. Los títulos fueron cayendo, uno detrás de otro, y el mundo entero clavó los ojos en los artífices de aquel plantel que había hecho emerger a los parmesanos de la nada. Futbolistas como Fernando Couto, Dino Baggio o Roberto Sensini proyectaron sus carreras a partir de entonces. Aunque la cuota de protagonismo, básicamente, se la repartieron los de siempre, los de arriba. Ahí brillaban Gianfranco Zola, al que se acogió tras su polémica salida de Nápoles, y un desconocido Faustino Asprilla, traído directamente desde Medellín.

Pero como suele pasar, tanto triunfo repentino acabó provocando que los colosos futbolísticos metieran sus narices en el Tardini. Las narices y la chequera, por supuesto. Así, al son de los billetes, fueron desfilando algunos de los iconos más importantes de aquel equipo, hasta que la pizarra de Scala quedó desmantelada casi por completo. Incluso él, en 1996, decidió cambiar de aires y poner rumbo a Perugia. El primero en tomar el relevo fue Carlo Ancelotti, que recién comenzaba su andadura como entrenador. Pero solo dos años después, en los que no consiguió ningún título pero mantuvo al club en la parte noble de la tabla, ‘Carletto’ ya se había ganado un contrato con la Juventus. El siguiente en llegar fue Alberto Malesani, y con él sí que se acabó de catapultar el segundo proyecto glorioso de los gialloblu. Parma volvió a convertirse en un caldero en el que explotarían algunos de los mejores futbolistas de la siguiente década. A los Sensini o Asprilla, supervivientes de la última era, se les sumó un canterano con guantes de seda, Gianluigi Buffon, dos argentinos espléndidos, Juan Sebastián Verón y Hernán Crespo, y dos defensas de referencia, Fabio Cannavaro y Lilian Thuram. La mezcla de su talento hizo el resto. En cuatro años, la institución se hizo con dos Copas más, ganó por primera vez la Supercopa Italiana y, como punto culminante, reeditó la Copa de la UEFA. Merece la pena mencionar, por cierto, que gracias a esos registros el parmesano es uno de los equipos (junto con el Borussia Mönchengladbach) de ciudades de menos de 200.000 habitantes con mayores conquistas a nivel europeo.

EL PAPEL DE ‘PARMALAT’

Son muchos los que piensan que los dorados años noventa que se vivieron en el Ennio Tardini se debieron única y exclusivamente a la inyección de dinero que realizó entonces el gran propietario del club, la empresa agroalimentaria ‘Parmalat’, que a su vez era también el principal motor económico de la ciudad de Parma. Pero conviene cuestionarnos hasta qué punto la venta masiva de cartones de leche tuvo que ver con aquellos éxitos deportivos o con la capacidad de dominar el mercado de fichajes. Por un lado es innegable que la multinacional fundada y dirigida por Calisto Tanzi actuó durante mucho tiempo como soporte elemental de la entidad. Solo hace falta analizar lo que ha sucedido desde que hace una década la empresa, mal gestionada y con permanentes problemas con la justicia, se arruinara y decidiera retirar su sombra de los terrenos de juego, dejando al equipo huérfano y provocando su caída en picado hacia las catacumbas. Sin el capital de su antiguo patrocinador, el legado parmesano no ha podido sostenerse.

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La afición del Parma, una víctima más del caos en el que está sumido el club

Otra cosa es como el Parma construyó sus equipos ganadores, una tarea que no entendió tanto de números como sí de buen criterio futbolístico. Algunos jugadores como Thuram, Buffon o Cannavaro no costaron nada y se vendieron por mucho. Y otros como Couto, Zola o Baggio, abandonaron el equipo dejando más dinero en las arcas del que se había utilizado para contratarles. La colosal diferencia que existe entre la compra más cara que realizó durante aquellos tiempos el club, Verón, por el que se pagaron 17’5 millones de euros a la Sampdoria, y la venta más caudalosa, Crespo, traspasado a la Lazio por 55 millones, explica bastante bien esa capacidad para mantener los beneficios siempre por encima de las pérdidas. Una manera de hacerse un hueco en la élite que parecía que distaba mucho de la de esos clubes multimillonarios que primero invierten y luego, ya si eso, miran de reojo a ver qué tal va el balance de las cuentas.

Lo que resulta más preocupante, si cabe, es cómo pudieron hacerse las cosas tan mal (el presidente de Parmalat fue a la cárcel por falsificar cuentas, más de diez directivos fueron juzgados, al club se le descubrió un agujero contable de miles y miles de millones de euros) para que se pasase de esa situación de superávit que le generó al Parma la venta de sus estrellas a una panorama de ruina y agonía económica que todavía hoy hace estragos. Una herencia tortuosa y pesada que está hundiendo a la institución en un mar de deudas y multas fiscales. Ahora que todo se cae, es imposible no tirar de hemeroteca y ponernos tiernos con esas fotos de los buenos tiempos. Como ésa que nos conduce hasta 1999, en el interior de los vestuarios del Artemio Franchi, después de que los parmesanos le ganasen la Copa a la Fiorentina. Allí todo nos parece tan bonito… Esa camiseta a rayas azules y amarillas, tan poco ortodoxa. Ese flequillo destartalado de Cannavaro, que todavía ni se imaginaba la calvicie que se le venía encima. Incluso esos slip de ‘la Brujita’, que encajarían perfectamente en un manual de lo antiestético. Todo nos parece tan bonito que nos duele.