Yo de pequeño no quería ser futbolista. Quería ser delantero. Que son -o entendía que eran- dos cosas muy distintas. A mí no me interesaba la camaradería del vestuario o el olor de un par de botas nuevas. A mí me interesaba el gol, como si marcar fuera un deporte aparte, en tanto que lo entendía como una oportunidad de redención. Una manera de salvarme a la desesperada de esa mediocridad agobiante que ya empezaba a señalar mi cara de crío con sus dedos de bruja. The last chance. El “regresa con el escudo o sobre él” de la esposa de Leónidas. El golpe de muñeca de Jordan contra Utah. La batalla de Morannon frente a la Puerta Negra de Mordor. Y su puta madre.

No pretendo con estas líneas que siguen justificar la torpe épica que gobernó mi adolescencia, ni mucho menos despertar compasión. Cada cual convive con su pasado, y yo ya tengo dos brazos para arrastrar el mío, muchas gracias. Pero sí que me gustaría soltar un poco de lastre. Redistribuir responsabilidades. Y para ello tengo que nombrar a un tipo: Santiago Muñez.

Muñez es el joven mexicano que Kuno Becker interpreta en ¡Goool!, una saga de tres películas que produjo Milkshake Films en cooperación con la FIFA. En la entrega inicial se dibujan los primeros pasos de la carrera futbolística de Muñez, hijo de una familia modesta y ayudante de cocina en un restaurante chino que, un buen día, ya avanzado en años (la esperanza es lo último que se pierde, ¿eh?), es visto en un partidillo por un exjugador del Newcastle, y este le acaba consiguiendo un mes de prueba en el club. Con el paso del tiempo, Muñez, que ha tenido que sortear varios obstáculos en el camino (es asmático, enfermedad que yo también pensaba que padecía de niño, cuando creía que eso se pegaba, como el sarampión), acaba firmando la hazaña perfecta: le mete un gol al Liverpool en el descuento que clasifica a las ‘Urracas’ para la Champions. Esa imagen del principiante, las dos rodillas clavadas en el césped, los puños en alto, los ojos cerrados, la camiseta blanca y negra y sudada y reluciente y espléndida, sacudió mi sistema nervioso. Qué temblor. Aquello sí que era triunfar, me dije. Aquello sí que era ser el puto amo.

Mi conversión al papanatismo extremo, como se observa, fue un rotundo éxito. Nada que no pudiera corregir, en cualquier caso, el imperturbable avance de la vida. Más pronto que tarde llegarían esos palos inaugurales, premonitorios, que comienzan a convencer a uno de que entre un sueño imposible y una pesadilla, más vale siempre decantarse por lo segundo.

 


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Este artículo está extraído del #Panenka69, un número especial sobre fútbol y cine que sigue disponible en nuestra tienda online.