LA MAÑANA DESPUÉS

Vida y muerte, y en medio, el fútbol. A un lado, el hospital de la Maternitat; al otro, el cementerio. En el medio, el Camp Nou, el más grande de los estadios europeos. En el cementerio de Les Corts hay filas de criptas sobre filas de criptas; bloques de ellas apiladas, como taquillas, hasta llegar a los siete pisos. Una escalera permanece apoyada contra ellas, como si estuviera esperando a que un librero apareciera en busca de un volumen en el más alto de los estantes. Repartidas en 34.417 metros cuadrados, aquí restan un total de 28.399 tumbas, entre ellas las de algunos de los más célebres jugadores del FC Barcelona, como Paulino Alcántara, hasta hace poco el máximo goleador en la historia del club, que dejó el fútbol para practicar la medicina en las complicadas calles del barrio chino barcelonés. César Rodríguez, el hombre que sigue a Lionel Messi y a Alcántara en el podio de arietes azulgrana. Josep Samitier, ‘El mago’, jugador y secretario técnico del Barça (y del Real Madrid). Y Javier Urruticoechea, el portero cuya parada llevó a conquistar la Liga al equipo de Terry Venables (84-85), rompiendo once años de sequía, el primer título de los culés tras la llegada de la democracia; atajo del que surgió la leyenda, tal como se gritó en la radio: “Urruti t’estimo” (Urruti te quiero).

[quote]Desde la tumba de László Kubala, el jugador del que se dice que provocó la construcción del Camp Nou, se puede ver el extremo norte del estadio sobresaliendo sobre el muro del cementerio[/quote]Desde la tumba de László Kubala, el jugador del que se dice que provocó la construcción del Camp Nou -y en cuya entrada aparece una estatua suya, todo músculos y muslos perfectamente cincelados y contorneados-, se puede ver el extremo norte del estadio sobresaliendo sobre el muro del cementerio. Julio César Benítez también yace aquí. Murió súbitamente a causa de una intoxicación en 1968, tan solo tres días antes de que el Barcelona recibiera la visita del Real Madrid. Hoy, 44 años después, es la mañana posterior a otro Clásico. Ahora todo está tranquilo, vacío y el sol está brillando.

“Tendría que haber venido ayer”, me dice una mujer que trabaja aquí guiando a la gente a través del cementerio, más allá de las rosas en el cenotafio de la familia Kubala y los banderines, fotografías y cintas con los colores rojo y amarillo de la bandera catalana y azulgrana del Barcelona repartidos por el recinto.

“¿Por qué? ¿Qué pasó ayer?”, le pregunto. “Lo que sucede siempre que juegan contra el Real Madrid”, replica apuntando en dirección al Camp Nou. “Estaba lleno de gente visitando las tumbas de sus familiares y amigos, pero también las de los jugadores, pidiéndoles que les echaran una mano desde arriba para ganar el Clásico”.

LA NOCHE ANTES

Domingo, 7 de octubre de 2012.

Fútbol Club Barcelona contra Real Madrid, séptima jornada de la liga española. Es el primer choque de la temporada de los dos grandes rivales, en cualquiera que sea el deporte en que se enfrenten, y esta vez, por lo que simboliza fuera del terreno de juego, pero también por lo que significa dentro de él, la expectación es enorme. La mañana del partido, el titular del periódico catalán La Vanguardia se pregunta: “¿Sólo fútbol?”. Ellos mismos tienen la respuesta: un partido Barça-Madrid nunca es solo una cuestión de fútbol, y hoy menos que nunca. Ciertamente, este Clásico ha sido catalogado como el más politizado de los partidos en que se han enfrontado, cuanto menos desde la muerte del dictador Francisco Franco en 1975.

 

La mañana del partido, el titular del periódico catalán La Vanguardia se pregunta: “¿Sólo fútbol?”. Ellos mismos tienen la respuesta: un partido Barça-Madrid nunca es solo una cuestión de fútbol

 

El Clásico llega con el telón de fondo de la crisis económica, una serie de negociaciones fiscales fallidas entre Barcelona y Madrid, la convocatoria de unas elecciones autonómicas en Catalunya y los primeros rumores sobre una posible consulta sobre la independencia. Escasamente han pasado tres semanas desde el Once de septiembre, la Diada, la fiesta nacional catalana celebrada en esta ocasión con una movilización que llevó a las calles a más de un millón y medio de personas. Entre ellas, el presidente del FC Barcelona, Sandro Rosell. Aunque insistió que había acudido a la manifestación a título individual, el mosaico que lucirá hoy el Camp Nou dibujará una enorme senyera, la bandera catalana, lo que se intuye como un acto cargado de un simbolismo mayor al habitual: 100.000 personas cubrirán por completo el estadio ondeando cartulinas rojas y amarillas. Asimismo, algunas organizaciones han pedido a los seguidores que vayan al partido, que lleven consigo estelades, la bandera independentista catalana. De entre los que ya han dicho que la portarán, destaca el ex presidente del Barça, Joan Laporta.

El ambiente se ha ido caldeando en los medios de comunicación desde hace semanas, incluso meses, y la división resulta familiar. El diario La Razón, una de las voces más significativas en la defensa de la unidad de España, dedica un total de 27 páginas para denunciar el hecho de que el encuentro haya sido politizado. El Mundo, que también se opone a la secesión, resuelve un viejo misterio de hace más de 2.000 años, desvelando que, en realidad, a Jesús de Nazaret lo mataron los catalanes.

Justo antes del pitido inicial, los seguidores del FC Barcelona cantan su himno a capela. Dos enormes banderas catalanas son desplegadas en cada uno de los goles, y otras de tinte independentista ondean alrededor de todo el estadio. También pude verse una gran pancarta que reza: Catalonia Euope’s Next State. Pero al contrario de lo que se esperaba, nadie canta el himno nacional de Catalunya, El Segadors, que marca el inicio de la Guerra de los Segadores en 1640, con la que los catalanes derrotaron a Felipe IV, obteniendo, bajo protección francesa, la independencia durante 12 años. La protesta, pues, a diferencia de lo que muchos pronosticaron, no es ni tan unánime ni tan hostil. Sin embargo, todo el mundo está pendiente del momento que Toni Strubell describió como una profecía. Strubell es un ex parlamentario catalán cuyo padre, exiliado en Inglaterra durante el franquismo, siempre le había dicho que el día que el Camp Nou clamara por la independencia, ese sería el día en el que Catalunya sería independiente. Los seguidores del Barça iniciaron el cántico en el partido liguero contra el Granada, pero hoy, que su equipo juega contra el Real Madrid, su grito tiene mucho más eco. Y cuando el reloj del estadio marca el minuto 17 con 14 segundos, retumba el clamo: “¡Independencia! ¡Independencia!” (…). Para muchos, la batalla política se juega en el campo. Esa misma mañana, el defensa azulgrana Gerard Piqué tenía que salir al paso de una declaraciones en las que afirmaba que un Barça-Madrid era como un Catalunya contra España. Joan Laporta no tiene dudas. “En cierto modo, es verdad”, reitera. “Es una confrontación deportiva con connotaciones políticas. El Real Madrid siempre ha representado a España y el FC Barcelona siempre ha representado a Catalunya”.

Pero el cántico independentista no es lo único que se recordará del primer Clásico jugado la temporada 2012-13. Este partido es un Barça-Madrid en toda su esencia: simbolismo, identidad, política, rivalidad… y el mejor fútbol del planeta. El homenaje a Catalunya se convierte en un homenaje al Real Madrid y al FC Barcelona. El partido finaliza totalmente igualado: diez disparos por bando, un poste cada uno, dos goles cada equipo. Cuando suena el silbido final, sólo queda la satisfacción. Cuando una rivalidad es auténtica siempre sucede así, y así se perpetúa en el tiempo. Como apunta un jugador azulgrana: “Cada vez que nos encontramos es el partido del siglo, aunque nos enfrentemos ocho veces al año”. “Nosotros estamos aquí y ellos están aquí”, razona, posteriormente, el técnico del Real Madrid, José Mourinho, estirando los brazos y levantando sus manos para colocarlas a la misma altura. Y qué altura.

Este texto ha sido extraído del #Panenka29, cuyo dossier central se dedicó a las rivalidades existentes en el mundo del fútbol.