“Mi trabajo es reducir la pena de la calle”. Ahí reside la presión del artista, de todo aquel que dedica su oficio al beneficio y ocio de los demás. Quizá no lo podamos considerar como un gesto puramente altruista, ya que más allá de mirar por el bien de las personas hay también algo de purga personal. El músico crea canciones para que los demás evadan sus pensamientos o el escritor forma mundos para que el resto viajen a ellos. Pero ambos lo hacen para así poder respirar, tomar algo de aire y expulsar aquello que les corroe. Lo mismo sucede con el futbolista. Es evidente que juega para él, pero también lo hace para su familia, comunidad y todo aquel que se sienta representado. O al menos esa es la concepción romántica que siento de este deporte.

La presión es máxima cuando tu oficio depende del disfrute del resto. “Por favor, que la canción, el libro o el gol les haya gustado”, suplica el artista. Al fin y al cabo reclama aceptación. “Tenemos una gran motivación: hacer felices al pueblo sirio”, indicaba Zaher Midani a The Guardian. La presión de la que habla el mediocentro que milita en el Al-Quwa Al-Jawiya iraquí es terrible, como si fuera responsabilidad de ese grupo hacer feliz a un país que lleva sumergido en la misma pesadilla durante siete años. Poco les faltó para estar a un solo paso del Mundial de 2018. El disparo de Omar Al Somah se fue al palo, Australia respiró y ese duelo frente a Honduras tan solo se jugó en la mente del pueblo sirio. ¿Pero qué más podían hacer? Apenas tienen medios, viven rodeados de medidas de seguridad y su selección nacional es relaciona por muchos con un sistema propagandístico de Bashar al Asad.

Ibrahim Alma (portero), Nadib Sabagh (lateral izquierdo), Abdul Malek Al Anizan (lateral derecho), Ahmed Ashkar (mediocentro) y Khaled Al Mobayed (mediocentro) son los únicos futbolistas de la selección nacional que militan en la liga local. El resto lo hacen en los países cercanos y tan solo Mohammed Osman juega en Europa, defiende la camiseta del Heracles Almelo neerlandés. Durante la Copa Asia todas las miradas están puestas en sus futbolistas, es de las pocas veces que se observa a Siria con ojos positivos en lugar de negativos. El fútbol paraliza el tiempo aunque los problemas sigan ahí fuera. No detiene las balas, los miles de muertos o todos aquellos refugiados que viven a kilómetros de su casa, pero sí aísla durante unas horas la mente. Si tras una jornada larga de trabajo nos sirve de aspirina para desconectar del día a día, imaginad qué efecto surtirá en todos esos con problemas mucho mayores.

Siria juega para ganarse el respeto de sus vecinos y con la pesada carga que asume el artista: “tengo que hacer disfrutar al público y que se olviden de sus mierdas”. El pueblo sirio no pide milagros, tan solo reunirse alrededor del televisor y que allí se hable de su país como de algo positivo.