Hoy suma más de 200 partidos con el Real Betis, pero Aitor Ruibal (Sallent, 1996) no olvida que a los 18 años se quedó sin equipo. Por eso valora cada minuto como profesional. Sea en la posición que sea.
Lo primero que uno descubre de Aitor Ruibal cuando lo tiene cerca es una cicatriz encima de su ojo derecho. Recorre el párpado como una segunda ceja. Es una zona sensible. “Me lo hice en el campo del Levante, con el Leganés. Salí en la segunda parte y mi primera acción fue tocar el balón con la cabeza para cedérselo al portero. Pero se cruzó un compañero y nos dimos un cabezazo terrible”, recuerda. Hubo mucha sangre y minutos de tensión. “El doctor me dijo: ‘Tienes una avería de la hostia’. Pero yo, que jugaba poco, le dije: ‘Grápame que sigo'”. Aguantó todo el partido. Ya en el vestuario, los médicos le pusieron once puntos. “Y así he quedado. Ni tan mal”, asume. Hay anécdotas que definen a sus protagonistas y esta, sin lugar a dudas, es una de ellas.
¿Si alguien te hubiera dicho de niño que acabarías jugando 200 partidos con el Betis qué le habrías respondido?
Que estaba loco, claro. En mi casa todos eran del Barça. Y yo, que de chico me ponía cualquier camiseta , pues también me tiraba un poco más el Barça. Quién me iba a decir que el sentimiento del Real Betis me iba a calar tanto.
¿Cuál es el primer gran torneo de fútbol que recuerdas?
El primero al que me enganché fue la Eurocopa de 2008. Sí, crecí con la época buena de la selección. Recuerdo quedar con los colegas con 12, 13 y 14 años y liarla por todo el pueblo con cada éxito.
Tu pueblo es Sallent, en la Catalunya Central. ¿Cómo era tu vida allí? ¿De qué trabajaban tus padres?
Mi padre trabajaba para una empresa que montaba grúas, una actividad bastante arriesgada. Y mi madre, en una cadena de alimentos. Se separaron cuando yo tenía nueve años. Mi padre se fue a vivir a otro lado, y mi relación con él decayó un poco. Al final, yo estaba siempre con mi madre y mi abuelo, y como ella trabajaba, pues fue él quien me cuidó: el que me llevaba al cole, el que me acompañaba a entrenar, con quien hacía vida en todo momento. Una vida tranquila, de pueblo. En Sallent hay 7.000 habitantes, no tienes mucho que hacer.
“El azar tiene mucho peso en el fútbol. Hay que estar en el sitio correcto y preparado”
7.000 habitantes y varios jugadores conocidos. Tú te llamas Aitor Ruibal García, pero hay otros dos García ilustres: Joan y Gabri.
Con Joan [portero del Barça] me llevo especialmente bien. Siempre nos vemos por el pueblo. Con Gabri [ex del Barça] también, aunque sea de otra generación. Al final nos conocemos todos. Y hay más futbolistas, de hecho, que nacieron en Sallent, como Rubén Navarro o Edgar.
Queda claro que cuando decías que no hay mucho que hacer querías decir, además de jugar a fútbol.
Sí, está claro. Ahí todavía se juega al fútbol en las plazas. A pesar de que cuelguen carteles que digan que no se puede jugar a la pelota. Sinceramente, no sé qué prefieren los Ayuntamientos que hagan los niños en la calle. Yo recuerdo salir del cole e ir a jugar. Es más: yo vivía en un barrio que estaba un poquito apartado del centro, a un par de kilómetros, y que ahora ya no existe, el barrio de La Estación, que tuvo que ser demolido porque se levantaba sobre una vieja mina de potasa. Pues yo siempre hacía vida en la placita. Mi madre, de hecho, abría la ventana y me veía. Fui el típico niño pegado a un balón. En todas las fotos que tiene mi madre en casa de cuando era niño salgo con uno.
Empezaste en el equipo de tu pueblo y de ahí, al gran equipo de la comarca.
Realmente me fui muy tarde del pueblo, creo que era infantil de segundo año cuando le dije a mi abuelo que necesitaba un cambio. Empezaba a aburrirme de perder tanto, sentía que necesitaba más. Cada año nos llamaba el Manresa para cambiar de aires, pero hasta que no di yo el paso, no lo hicimos. Fiché por el Manresa como cadete de primer año y la condición de jugar con los de segundo año, en Preferente. Me adapté muy bien, subimos de categoría, y acabamos jugando en División de Honor. Ahí me empecé a curtir de verdad, compitiendo contra Barça, Espanyol… Éramos infe- riores a ellos, pero yo seguía siendo el que más destacaba. Después de tres años en el Manresa me llamó el Cornellà , también de División de Honor. Y de nuevo la importancia de mi abuelo, que se hacía 120 kilómetros en coche para llevarme y traerme cada día del entrenamiento. Ahí empecé a notar que, bueno, esto iba a costar: eran todos muy buenos.
Fue la primera vez que dijiste: ‘Hostia, no soy el mejor del equipo’.
Exactamente. Ya no era el que más destacaba , había que ganarse el sitio, dar el callo en cada entreno… El primer año me costó mucho, pero en el segundo ya empecé a tener continuidad y a ejercer un poco de líder. Era mi tercer año de juvenil, y los que subían eran de segundo. Fue un buen año a nivel individual, pero no acabamos en buena posición. En cambio tuve la suerte de debutar con el primer equipo, en Segunda B. Fui el único que lo logró, por lo que pensé que seguiría. Pero cuando acabó la temporada me dijeron que no contaban conmigo.
Justo cuando cerrabas tu etapa como juvenil y empezaba lo bueno.
Claro, ya tenía 18 años. La siguiente debía ser mi primera temporada como amateur y de golpe me quedo sin equipo. Fue un palo muy duro, la verdad. No me lo esperaba. Por suerte me lo comu- nicaron nada más concluir la Liga de División de Honor, que acaba mucho antes que el resto. Y entonces me llamó el CE L’Hospitalet, vecino del Cornellà, y me dijo si podía ayudar al juvenil a evitar el descenso. En total eran seis o siete partidos, así que aproveché para pedir algo de dinero, que en el fondo necesitaba, para el verano. Me salió bien la jugada porque marqué siete u ocho goles. Así que me ofrecieron continuar. Acepté, cobrando una miseria, porque no me daba ni para cubrir la gasolina de ir y volver a Sallent. Pero era mi ilusión y tampoco tenía ninguna alternativa.
Ahí te asentaste muy rápido.
La pretemporada no fue ni bien ni mal. Hasta el punto de que en el penúltimo partido me dicen que van a cederme a un equipo de Tercera. Pero entonces se lesiona el delantero titular y frenan la operación. Me dicen que me tengo que quedar, empiezo la liga sin jugar, el equipo va mal y, de golpe… me hago con la titularidad, meto varios goles y me llama el Real Betis. Todo en cinco meses.
¿Que tendrá este deporte para que se necesite siempre un golpe de suerte?
Llegar o no llegar es cuestión de azar. Totalmente. Bueno, mira: ¿cuántos chavales ahora del Barça hay jugando y hace diez años no hubiesen tenido la posibilidad? El azar tiene mucho peso, tienes que estar en el momento correcto y, sobre todo, estar preparado.
¿Cómo te enteraste de la oferta?
Vinieron a verme contra el filial del Espanyol, en Sant Adrià, a principios de diciembre. Yo jugué la segunda parte y cuando acabó el partido, mi agente me dijo que si quería, nos íbamos ya para Sevilla. Y allí que nos fuimos todos en coche: mi abuelo, mi abuela, mi madre, el marido de mi madre… ¡Yo no había salido de mi pueblo en mi vida!
¿Y una vez en Sevilla, qué?
Muchas sensaciones encontradas. Por el día bien, por la noche mal. El primer mes fue bastante duro.Yo siempre había estado muy apegado a mi madre y a mi abuelo. En teoría en la residencia debía coincidir con más chicos, pero como era Navidad, no había nadie. Estaba yo solo. Poco a poco fui haciendo amistades y abriéndome un poco. Pero costó…




