“El fútbol es un juego simple que inventaron los ingleses: 22 jugadores corren detrás de un balón durante 90 minutos y, al final, los alemanes siempre ganan”. Así resumía Gary Lineker la historia del fútbol teutón tras caer Inglaterra frente Alemania en las semifinales de Italia ’90. La Mannschaft se llevaría días más tarde su tercera estrella al pecho en el Estadio Olímpico de Roma al derrotar a la Argentina de Diego Armando Maradona. Esas palabras del delantero inglés fueron, sin saberlo él, y sin esperarlo los germanos, el preludio de una larga travesía sin saborear la gloria futbolística para un país acostumbrado a verse en lo más alto de cada una de las competiciones a las que asiste.

El 3 de octubre de ese mismo año, la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana culminaron la reunificación del país. Franz Beckenbauer vislumbraba una generación plagada de éxitos con el nacimiento de una Alemania unida, pero ocurrió todo lo contrario. La evolución del fútbol en la década de los ’90 nunca se instaló dentro de sus fronteras. Anclados en un juego en el que predominaban los sistemas defensivos y un fútbol físico y disciplinado, el mismo estilo que les hizo campeones en el ’54 y en el ’74 contra todo pronóstico, no vieron como el resto de selecciones y ligas europeas progresaban hacia un juego más técnico y ofensivo. Esos fueron tiempos en los que el fútbol de los Zinedine Zidane, Roberto Baggio, Ronaldo o Michael Laudrup era el que asombraba al graderío. Y aunque Alemania no fue capaz de exponer al mundo esa clase de futbolistas y sus resultados decayeron, ese gen competitivo que caracteriza a los germanos permitió que levantaran la Eurocopa ’96, que el Borussia Dortmund y el Bayern de Múnich ganaran la Champions League -1997 y 2001, respectivamente-, y que el Schalke se llevara una Copa de la UEFA también en 1997. Unos éxitos que no consiguieron eclipsar los palos que vivió la Mannschaft en los dos próximos Mundiales. En Estados Unidos ’94 fue la inesperada Bulgaria de Hristo Stoichkov la encargada de dejar fuera a los de Berti Vogts en cuartos de final con un 2-1. Cuatro años más tarde, en Francia ’98 la historia quiso que se repitiera el mismo guión. De nuevo fracasó en cuartos de final y de nuevo fue derrotada por una selección a priori más débil, esta vez fue Croacia con un contundente 0-3.

 

Con esta nueva generación de jóvenes entrenadores que apuestan por un estilo ofensivo y atractivo, el fútbol alemán ha conseguido prolongar la idea que en su día instauraron Klinsmann y Löw en la Mannschaft

 

La Federación Alemana de Fútbol (DFB), sabedora de que su país necesitaba un cambio, y con Franz Beckenbauer y Dietrich Weise al mando, reestructuró la organización deportiva empezando por la base e implicando a todos los equipos de primera y segunda división para volver a la élite mundial. Con la mirada puesta en las ejemplares canteras de Francia y España, en 1999 Alemania creó 121 centros formativos para jóvenes futbolistas y obligó a los clubes a contar con categorías inferiores. Los cimientos se empezaban a construir, pero la selección nacional seguía coleccionando fracaso tras fracaso.

El ostracismo por el que pasaba Alemania era incuestionable. Eliminada en la fase de grupos de las dos últimas Eurocopas y solo logrando ser finalista en el Mundial de Corea y Japón, necesitaban un cambio de rumbo, un nuevo estilo que diera a la Mannschaft una evolución en su juego, que ya era tardía respecto al resto de sus principales rivales. Pero para ello se necesitaba un líder, un hombre que fuera capaz de derrumbar por completo la involución futbolística alemana sin que le temblara el pulso. La decisión de la DFB sorprendió a muchos. Jürgen Klinsmann era el elegido después de que Alemania le perdiera de vista tras emigrar a Estados Unidos para acabar su carrera como futbolista. Y el primer reto para el nuevo seleccionador era el Mundial de 2006, y se le sumaba la responsabilidad, y el temor, de saber que eran ellos los anfitriones, de jugar ante los suyos.

Los germanos llegaron hasta las semifinales de la cita mundialista sin ser uno de los favoritos para llevarse el torneo. Después de pasar como primera de grupo sin apenas apuros -ganó sus tres partidos ante Costa Rica, Polonia y Ecuador-, venció a Suecia por 2-0 en octavos y eliminó a Argentina en la tanda de penaltis tras empatar a un gol. La rocosa Italia de Marcello Lippi era el último obstáculo para llegar a la ansiada final. Los alemanes chocaron una y otra vez ante la defensa más sólida del campeonato -solo encajó dos goles- y el partido se alargó hasta la prórroga. Cuando ya todo parecía sentenciado y el punto de penalti se veía protagonista para decidir al finalista, Fabio Grosso adelantó a los italianos en el minuto 119 para dar el pase a la azzurra y Alessandro Del Piero sentenció en el añadido. Italia saldría campeona y Alemania, pese a no ver cumplido su sueño, se veía capaz de volver a luchar contra los grandes. Klinsmann había devuelto a la Mannschaft a su lugar, pero tras el Mundial cedió su sitio en el banquillo a su ayudante, Joachim Löw.

El nuevo seleccionador rehuyó totalmente del fútbol al que estaban acostumbrados a ver en Alemania, siguiendo así la filosofía de su predecesor. “Para mí el fútbol siempre tuvo algo que ver con la estética, la ligereza. Aspiro a decir después de cada partido que hemos sido el mejor equipo desde el juego, no que hemos ganado aunque sea por azar”, explicaba Löw en una entrevista concedida a ‘11Freunde’ y publicada en el Panenka 07. Bajo la premisa de que para vencer hay que convencer, iniciaba su etapa al frente de la selección alemana. Pero, pese a los buenos resultados, los títulos tardaron en llegar. Desde su primer campeonato, la Eurocopa ’08 , ha acumulado derrotas en finales y semifinales, y no fue hasta 2014, en el Mundial de Brasil, cuando Alemania alcanzó el éxito que llevaba tanto tiempo persiguiendo.

Esos futbolistas de una calidad exquisita que echaron de menos a finales del siglo pasado se han asentado en sus tierras y han resultado ser una de las claves del triunfo de la nueva Alemania. Deshaciéndose de la etiqueta militarizada y robótica que siempre había perseguidoa los germanos, jugadores como Mesut Özil, Marco Reus o Toni Kroos le han otorgado a la Mannschaft un juego más vistoso y atractivo, con el buen trato del balón como consigna para ganar los encuentros. Uniendo la creatividad de estos jugadores a la idea de trabajo y sacrificio del fútbol alemán, el 13 de julio de 2014 la selección alemana vio su recompensa en el Maracaná. En el minuto 113 de la final Alemania-Argentina, Mario Götze cerraba un círculo batiendo a Sergio Romero. Ese gol le daba sentido al esfuerzo de los germanos por reinventar su fútbol, por luchar contra su historia. Y los clubes de la Bundesliga han querido seguir este camino. Se ha apostado por entrenadores que buscan ganar los partidos a través de un fútbol de toque, un fútbol de ataque y control del balón y la competición sigue nutriéndose de jóvenes futbolistas finos y talentosos.

La llegada de Jürgen Klopp al Borussia Dortmund hace ocho años fue un primer paso. Los de la cuenca del Ruhr conquistaron la Bundesliga en 2011 contra todo pronóstico, y repitieron la hazaña al año siguiente, mostrando un fútbol combinativo y de trepidantes transiciones defensa-ataque que enamoraron al Signal Iduna Park. Tras los éxitos del equipo dirigido por Klopp, el Bayern de Múnich logró volver a reinar en la Bundesliga al año siguiente de la mano de Jupp Heynckes, ganando también la DBF Pokal y la Champions League, pero ese mismo verano se unió a la filosofía que empezaba a brotar dentro del fútbol germano. Con la contratación de Pep Guardiola, probablemente el técnico que más ejemplifica en el mundo futbolístico esta idea de juego de posesión, dominio y control, el ‘gigante’ alemán demostraba su apuesta por este estilo.

Tras tres años en Alemania, y con un dominio claro y absoluto de la competición doméstica, Guardiola dio un giro a la filosofía del conjunto bávaro e implantó unos conceptos tácticos nunca antes vistos en el Allianz Arena, de los que también se favoreció el fútbol alemán. “En estos tres años Guardiola ha hecho mucho, ha mejorado a los jugadores en el trabajo diario y ha llevado al Bayern a un nuevo nivel. Ha dejado su sello en el Bayern y en la Bundesliga. Ya en los años anteriores estuvimos mirando hacia España que era la medida de todas las cosas. El fútbol del Barcelona y de la selección española nos inspiró”, aseguraba Joachim Löw cuando se conoció que Pep Guardiola pondría rumbo a la Premier League.

Con Pep Guardiola y Jürgen Klopp en las islas británicas, la Bundesliga ha sabido encontrar a otros entrenadores que sigan la estela del fútbol preciosista que se instaló en sus terrenos de juego. Thomas Tuchel, amante de la filosofía de Guardiola, con quien también ha mantenido largas conversaciones en cafeterías de Múnich, fue el relevo de Klopp en Dortmund la temporada pasada y sigue la ideología ya marcada e incluso busca llevarla a su máxima expresión. El intercambio de posiciones, la presión adelantada y la asfixia futbolística al rival son los puntos fuertes de su juego. Pero con Tuchel no acaba todo, también hay otros técnicos que en la Bundesliga que apuestan por seguir con esta evolución. Uno de ellos es André Schubert, que tomó las riendas del Borussia Monchengladbach ya iniciada la temporada pasada después de la destitución de Lucien Favre. En mayo certificó la clasificación del Gladbach para la Champions League y, pese a que este curso los resultados no le acompañan, es uno de los entrenadores que más apuestan por jugar un fútbol ofensivo en Alemania. “Es el entrenador más valiente contra el que he jugado. Te ataca siempre”, explicaba Pep Guardiola sobre Schubert este pasado septiembre.

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Y a André Schubert y Thomas Tuchel también se les une otro técnico que ha revolucionado el fútbol alemán con tan solo 29 años -el entrenador más joven en dirigir en la Bundesliga-. Julian Nagelsmann, alumno de Tuchel en el Augsburgo, se puso al frente de un Hoffenheim hundido mediada la temporada pasada por los problemas cardíacos que arrastraba Huub Stevens y su aclimatación a la élite fue vertiginosa. Cogió al equipo a siete puntos de la salvación y firmó la permanencia en la Bundesliga. Este año ha arrancado de forma fulgurante y, pasado el primer cuarto de la temporada, se mantiene en la lucha por entrar en Europa con un fútbol atrevido, ofensivo y descarado. “Entrenar me divierte más que jugar. Me gusta atacar a los rivales cerca de su área porque se reduce el camino hacia el gol. Me identifico con el fútbol español, me gustan el Barça, el Arsenal o el Villarreal”, afirma el joven entrenador.

Con esta nueva generación de jóvenes entrenadores que apuestan por un estilo ofensivo y atractivo, el fútbol alemán ha conseguido prolongar la idea que en su día instauraron Klinsmann y Löw en la Mannschaft. Después de años en el olvido, Alemania ha vuelto reinventando su filosofía futbolística. A su orgullo y oficio le ha sumado el arte y la estética, una mezcla que no supo ver en los años ’90, pero que recuperó a tiempo para volver a ser la gran Alemania que asusta en territorio enemigo.