“Todas las historias merecen ser contadas. Las de desamor y también las derrotas”. 

Antonio Agredano, en En lo mudable.

 

El fútbol de élite vuelve estos días a El Arcángel, con el partido de este miércoles (21:00) entre la Real Sociedad y el Barça, correspondiente a la primera semifinal de la Supercopa de España y con un billete en juego para la final del domingo en La Cartuja, ante el Athletic Club o el Real Madrid, y con el encuentro del miércoles de la semana que viene (19:00) entre el Córdoba y el propio conjunto ‘txuri-urdin‘, correspondiente a los dieciseisavos de final de la Copa; y, ávidos de nostalgia, soldados de la melancolía, se hace imposible no caer en la tentación de viajar atrás en el tiempo hasta la 14-15, la última del conjunto blanquiverde en la máxima categoría del balompié estatal.

El Córdoba había vivido, hasta ese momento, ocho cursos en Primera, y siete de ellos habían sido de forma consecutiva en los gloriosa década de los 60, con la quinta posición de la 64-65 como mejor resultado histórico del club en la élite; en la que, además, la zaga liderada por José Mingorance, el único internacional español absoluto del equipo, logró un récord insuperable e imperecedero al encajar apenas dos goles en los 15 partidos que jugó como local. El conjunto blanquiverde había vuelto a la categoría de oro en la 71-72, en la que consiguió una inolvidable e histórica victoria frente al Barça, con gol del madrileño Fermín Gutiérrez desde los once metros, pero tuvo que esperar hasta 42 años para conquistar los cielos de nuevo, Hasta ese 22 de junio en el que se evidenció, quizás más que nunca antes, que, como afirma Agredano en En lo mudable, “el fútbol es un deporte cuyas reglas se escribieron en el infierno”.

Los cordobeses habían acabado la liga regular en el séptimo lugar, empatados a 61 puntos con el octavo, el penúltimo Recreativo de Huelva de la categoría de plata, y se quedaron con el último billete para participar en el play-off de ascenso a Primera porque el Barça B de Eusebio Sacristán no podía jugarlo, a pesar de haber hecho historia al acabar tercero. Y tras superar las semifinales ganando al Murcia, que finalmente sería descendido a Segunda B administrativamente, el camino de los blanquiverdes se cruzó con el de Las Palmas, el último escollo para regresar a Primera.

El partido de ida, jugado en El Arcángel, se cerró con empate a cero, y ambos conjuntos se citaron para disputarse el salvoconducto en la vuelta, en el Estadio de Gran Canaria. Apoño adelantó a los locales en el minuto 47, pero, ya en los últimos instantes del encuentro, con los locales acariciando el éxito con la yema de los dedos y en uno de los guiones más surrealistas de la historia del fútbol, una parte de la afición canaria bajó de las gradas para empezar a celebrar el ascenso de forma precipitada, demasiado precipitada, el colegiado suspendió el partido durante más de diez minutos y, cuando se retomó para jugar el tiempo añadido, el Córdoba les birló la alegría y el boleto premiado a los hombres de Josico con un gol brutal, salvaje. “Contra pronóstico, contracorriente y contra las más elementales leyes de la lógica futbolístico, si es que existen, y en la última jugada del añadido, masticando ya aquel sabor a digna derrota que tan bien conocemos”, el cuadro del ‘Chapi’ Ferrer se sublevó contra todo, y conquistó la gloria en el 93′ por mediación del artillero mexicano Ulises Dávila, cedido por el Chelsea en Córdoba y ahora en el Wellington Phoenix neozelandés.

Ni siquiera hubo tiempo para sacar de centro, mientras la plaza de las Tendillas empezaba a eclosionar, a fruir, a dejarse poseer por la euforia. El Córdoba había regresado a Primera 42 años después, y comenzó su novena andadura en la élite cayendo con el honor intacto en el Santiago Bernabéu (2-0, con goles de Karim Benzema y Cristiano Ronaldo). La alegría, con todo, se fue evaporando y fue dejando paso al pesimismo y a la tristeza de ver que eso que tanto había costado recuperar se escapaba como la arena entre las manos, de ver que el blanquiverde se iba apagando. Hasta el punto que el Córdoba no pudo estrenar su casillero de victorias hasta la 14ª jornada, cuando venció al Athletic en San Mamés con un gol de Nabil Ghilas y ya con Miroslav Djukić en el banquillo de El Arcángel.

El conjunto andaluz mejoró de la mano del entrenador serbio, con el que celebró sus tres victorias, contra el Athletic, el Granada (2-0, con tantos de Ghilas y Florin Andone) y el Rayo Vallecano (0-1, con gol de Abdoulaye Ba en propia puerta) y con el que cerró la primera vuelta sumando siete puntos de nueve posibles en los últimos tres duelos. Pero el castillo de naipes cordobés y todo atisbo de reacción se derrumbó definitiva y dolorosamente en una segunda vuelta que empezó con una nueva derrota ante el Madrid (1-2), en aquel encuentro en el que Cristiano, expulsado, se despidió sacando brillo al escudo merengue. El Córdoba apenas pudo sumar dos puntos de 57 posibles en la segunda mitad de la competición, con dos empates en Riazor y El Madrigal, ya con José Antonio Romero como técnico, y por el camino incluso encajó un desolador 0-8 del Barça de Luis Enrique, que, de camino hacia el triplete, hizo escala en Córdoba para exponer su despiadada e imparable maquinaria ofensiva.

Ese triste 2 de mayo se certificó, de la manera más dolorosa, más sangrienta, el descenso de Córdoba, que regresó a Segunda, su hábitat natural, junto al Elche y al Almería al acabar último con apenas 20 puntos y a quince de la salvación, y el club blanquiverde cayó al purgatorio, y se adentró en la oscura deriva y en el torbellino de autodestrucción que ha marcado estos últimos años y que le ha dejado en Segunda B.

“Somos el estadio vacío a la espera del gran momento”, concluye Agredano en el maravilloso libro dedicado al Córdoba de la maravillosa colección Hooligans Ilustrados. Y hoy ese estadio, El Arcángel, al que por unos días volverá la luz de la élite, se refugia en el recuerdo de los goles del francoargelino Ghilas, tan corpulento como letal, del olfato de Andone, de los detalles en cuentagotas de Fede Cartabia, de la zurda de Fidel Chaves, de la clase de Bebé y del talento de Borja García para fantasear con ese nuevo gran momento, para soñar con regresar en un futuro; mientras va curándose las heridas del presente.

 


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Fotografías de Imago.