¿Puede un caballero del fútbol perder los papeles? Soy la prueba de ello. La frustración se acumulaba en la selección inglesa en el Mundial’86: derrota en la primera jornada ante Portugal (1-0) e incapaces de anotar un gol contra Marruecos (0-0), lo que faltaba era un offside dudoso. Agarré la pelota con despecho y se la lancé al árbitro paraguayo. Golpeó el suelo, a milímetros de su pie derecho. No dudó en buscarme y sacarme la roja.

No pude mirarle de vuelta: cabizbajo, me convertía en el primer inglés en ser expulsado en un Mundial. La única roja de mi carrera, y mi último partido en una Copa del Mundo. Vi la debacle contra Maradona desde el banco.

Ese episodio podría resumir mi carrera como jugador, marcada por la responsabilidad. Fui chico de oro del fútbol inglés. La promesa de un Chelsea renacido -debut a los 17 años y capitán a los 18-, fichaje estrella del Manchester United, un traspaso millonario al Milan, una aventura en el PSG, regreso a las islas con el Rangers y una carrera alargada hasta los 41.

Un peso que me impidió ser un jugador más espectacular, prefiriendo aguantar la posición y apostar por el pase seguro lateral. Mejor ser llamado ‘cangrejo’ que hacer locuras, controlar el partido en la posesión.

La presión pudo conmigo. Desde que me dieron el brazalete de capitán en el Chelsea entré en una depresión, incluso medicándome. De nada servía estar bendecido con el mejor regalo del mundo: ser futbolista. La frustración iba de mi mano, arrastrando una especie de maldición.

La mancha de México’86 fue la única mácula que quise que quedara en mi carrera. Yo, que siempre ayudaba al compañero, especialmente a jóvenes promesas. Esos que cada vez más viven en una burbuja artificial. Sí, es lo más bello del mundo, pero ser futbolista no tiene nada especial. El deportista que crea lo contrario comete un grave error.

Mi caballerosidad ocultaba mi realidad interior, un tormento que se inició el día que me retiré. La presión volvía a mi vida -¿qué hacer, cómo seguir?-.

Qué mundo tan bipolar: a la vez que me despertaba agradecido de haber sido futbolista, una vida difícilmente superable, me costó horrores aceptar que ya no patearía más un balón. Es una pérdida fatal, una pelea interna que estoy seguro que sufren la mayoría de deportistas al final de su carrera.

Pasé a entrenar, gestionar vestuarios, analizar partidos en televisión. Volver a soportar la presión. Cóctel explosivo que volvió a afectarme.

Toqué lo más oscuro después de que me despidieran del Chelsea, donde estaba de asistente técnico, tras una derrota contra el Inter de Mourinho. Una noche aciaga, donde volvió el Wilkins del Mundial’86, frustrado y encolerizado. Esta vez no crucé ningún límite. Igualmente fui expulsado por el jeque ruso. A mí, que, como dijo Ancelotti, tenía la sangre azul del Chelsea.

La bebida fue el refugio. Tres o cuatro delitos por conducir borracho me hicieron aceptar el problema y buscar ayuda. Estuve cinco semanas fuera de circulación.

Como una metáfora de la vida, y, tras un ataque al maltrecho corazón, mi última caída, de la que ya nunca me recuperé. Tras una semana en coma, el ídolo que podía haber sido se evaporó por completo.


Este texto está extraído del #Panenka74. Un número que puedes conseguir aquí.