Ranieri es como Twitter: cuando los demás se caen, él siempre está ahí. Es uno de esos técnicos que resucitan como tú bajas a por mandarinas. La vida es lo que pasa entre los titulares “Ranieri acude al rescate” y “Ranieri es despedido”. Hunde el barco y lo salva, apaga el incendio y lo provoca. Si en España suena Míchel, en el mundo suena Ranieri. Dijo Borges que el éxito y el fracaso son dos impostores. El italiano parece que necesita a los dos, o mejor aún: exprime el éxito de los fracasos.

Necesita un currículum de cinco hojas para escribir los 19 equipos en los que ha estado. El italiano tiene algo de profesor interino. Sabe que mañana puede ser su último día, no le teme al director porque la semana que viene ya no será su jefe y no se casa con los alumnos. La palabra futuro no existe. Mañana es hoy. Ganó, perdió, se levantó. Ganó, perdió, se levantó. Uno no sabe si Ranieri es el máximo exponente de Mr. Wonderful o el líder de la working class. “En una época en la que el dinero parece ser lo que más cuenta, ofrecemos esperanza a todo el mundo”, dijo en Leicester. Ni el partido comunista firma un lema de campaña así.

Nápoles, Fiorentina, Valencia. Allí dijo que al ‘Burrito’ Ortega no le gustaba entrenar y estaba siempre cansado. También que Aimar no podía jugar tres partidos seguidos porque pesaba 60 kilos. Chelsea, Parma, Atlético. Allí dijo: “Ni Dios ni Gil me imponen una alineación”. Juve, Mónaco e Inter. Allí Moratti lo echó solo unas horas después de ratificarlo. “El deporte trata de gente que pierde, vuelve a perder y pierde una vez más”, escribió Gay Talese. Parecía el epitafio de Ranieri.

 

El italiano tiene algo de profesor interino. Sabe que mañana puede ser su último día, no le teme al director porque la semana que viene ya no será su jefe y no se casa con los alumnos

 

Hasta que llegó a Leicester, donde había una panda de mindundis. Unos don nadies que tenían que pelear por salvarse en la Premier League. “El día de hoy no se volverá a repetir, vive intensamente cada día”, podría haber dicho Ranieri a lo Robin Williams en El club de los poetas muertos. Convenció a Vardy de que era el deportista más rápido del planeta, a Morgan de que no hacía falta parecer futbolista, bastaba con serlo, y a Mahrez le dijo que ya no iban a llamarle el Messi argelino, sino que a Messi iban a llamarle el Mahrez argentino. Ganar el título no fue su gran éxito. El verdadero logro de su currículum fue que lo echaran unos meses después. “Ayer mi sueño murió”, dijo en la despedida. Claro, Claudio, tú eres de los que mueres y vas a tu entierro.

La trayectoria del italiano es una noria. Ahora arriba, ahora abajo. Ha rebotado entre los topes que puso Preciado: ni el Bayer Leverkusen ni la última mierda que cagó Pilatos. Nantes, Fulham, Roma y Sampdoria fueron sus equipos después del Leicester. Ahora, al filo de los 70, cuando tu madre va a clases de informática y tu padre se ha enganchado al Candy Crash, ha fichado por el Watford. A volver a ganar, a volver a perder. Pase lo que pase, desde aquella Premier League, Ranieri se ha situado en el lado bueno de la historia. Como aquel profesor de educación física que solo estuvo tres meses pero se ganó la simpatía de toda la clase.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.