En sus entrevistas grabadas o ruedas de prensa para medios audiovisuales, Ralph Hasenhüttl habla con la cabeza agachada, como si estuviera llegando constantemente a un sitio nuevo. Puede que sea metáfora de la carrera del entrenador, quien precisa de la oportunidad que supone para su profesión llegar con todo por hacer mientras nace esa incertidumbre por estar a la altura. En cierto modo, este austriaco de 53 años es pionero en lo suyo, siendo el primer técnico de su país en la historia de la Premier League, inventándose antes un ascenso y su posterior permanencia con el Ingolstadt, reclutado por Ralf Rangnick para el RB Leipzig y comandando actualmente a un equipo en plenitud con el ánimo de colarse en las mejores fiestas. Dentro de su cabeza almacena una serie de ideas que marcan el paso en el continente, sumándose al congreso de identidades futbolísticas que hace de la liga inglesa el campeonato donde más de la mitad de sus entrenadores son extranjeros, motor del cambio en el fútbol británico del último lustro.

Caminando hacia lo particular, el momento que atraviesa el Southampton esconde y muestra uno de esos procesos que reivindican la fuerza del colectivo, en los que se observa lo que está pasando en el fútbol actual. En él vienen primando una serie de conceptos que, superpuestos, conforman una identidad de juego dominante, muy acertadamente bautizada por el periodista Raphael Honigstein como ‘movimiento colectivo contra el balón’. Génesis y sello de una manera de entender el fútbol, y no porque esa nomenclatura no quiera el esférico, la corriente en la que cree y representa Ralph Hasenhüttl sirve para comprender los límites y márgenes del fútbol de élite y el campo de juego como espacio de interpretación. La rapidez con la que el fútbol se moldea para controlar al máximo el azar que tiene dentro parece arrinconar las posibilidades que aún quedan por explorar. Y es lo que han hecho técnicos como Hasenhüttl en los últimos años: manipular el espacio y el tiempo.

La sofisticación hacia la que se encamina su deporte viene implicando en funciones y relevancia a todos los futbolistas, en todas las tareas. En esa permanente mejora, la progresión con el balón hacia la portería contraria ha perseguido una mayor elaboración entre su primer pase y el último. Como réplica a estos procesos, la defensa de esta progresión se ha organizado de tal forma que los métodos de entrenamiento han enfocado sus objetivos en la creación de espacios y la ocupación de las zonas de remate una vez se lograra el primero de estos dos. Así lo explicaba Mauricio Pellegrino: “Casi siempre, la gente que espera atrás necesita salir rápido para sorprender. Cuando tu despliegas a tus futbolistas es porque el otro está replegado y es difícil ser profundo cuando hay poco espacio. Una de las cosas más complejas del fútbol moderno es atacar un equipo replegado y organizado. Hay poco espacio, los chicos tienen menos de un segundo para pensar. ¿Cómo eres profundo cuando el rival está parado en la puerta del área? Si sos profundo, te chocás con los carteles. Casi siempre uno tiene profundidad cuando está replegado y sale rápido”.

 

La rapidez con la que el fútbol se moldea para controlar al máximo el azar parece arrinconar las posibilidades que aún quedan por explorar. Y es lo que han hecho técnicos como Hasenhüttl en los últimos años: manipular el espacio y el tiempo

 

Meterse en campo contrario con el balón controlado comenzó a demandar en los equipos todo lo necesario para girar al rival, que no eran otra cosa que los mecanismos existentes para desbordarlo: el regate en el uno contra uno, el pase como vehículo para aumentar el ritmo, las sinergias entre los futbolistas y el momento elegido y preciso para crear la ventaja. Es aquí donde nos vamos a detener para explicar el éxito del Southampton y el cambio de mentalidad propio del modelo de Hasenhüttl.

Porque en un ejercicio de simplificación, todo el fútbol se encuentra en dos palabras: tiempo y espacio. Está todo ahí. Y sobre ellas vienen trabajando multitud de entrenadores para cambiar la dinámica del juego. Utilizando el tiempo de más -la retención- o el de menos -la agresividad en el envío-, el tiempo puede jugar en tu favor. Y es ahí donde entra el movimiento colectivo contra el balón, y su correspondiente forma de tratarlo cuando está en su poder. El Southampton está logrando un más que interesante equilibrio entre el momento de robar en campo contrario y el de profundizar con balón antes o después de ello. Modelos semejantes al de Hasenhüttl aumentan la frecuencia de sus ataques con el objeto de provocar desajustes constantes, sumando contactos rapidísimos con la pelota. De este modo sus ataques posicionales no se basan en una sucesión de pases que aumenten el control, sino de movimientos agresivos concatenados, perfectamente sincronizados, que provocan la aparición de espacios, incluso ante el error técnico.

Con un 53% de posesión y un 79% de acierto en el pase, los ‘Saints‘ pretenden amagar con un juego más elaborado, con mucha gente por delante del balón, salida rasa y posicionamiento avanzado desde sus centrales, para terminar ofreciendo un ataque agresivo y provocador desde la conducción, el envío frontal, la conexión rápida y los desmarques indirectos en tiempo y espacio justos para que el balón encuentre acomodo en el momento de ser arrojado contra el área. Esta forma de entender la creación de espacios, desde su extraordinaria presión tras pérdida, se relaciona bien con el carácter vertical del fútbol inglés, pero desde una perspectiva original llegada desde tierra firme, con la que dotar de sentido propio ideas o matices que ya se conocían. Tras justo dos años de trabajo, Hasenhüttl está cumpliendo con lo que viene prometiendo el fútbol alemán: crear un escenario de juego en el que se aseguren la iniciativa y el ritmo más reconocibles con su forma de jugar. Por norma general, el Southampton fuerza a jugar el mismo partido que ha entrenado durante la semana.

Esta carta ganadora enlaza, por último, con el tipo de jugador con el que cuenta el austriaco. Sin grandes talentos individuales, con puntas y hombres de banda más cómodos con espacios que atacar, son el ritmo alto, la presión adelantada y la agresividad con balón los que potencian la mejor versión del primero al último integrante del once inicial. Incluso habiendo perdido al gran Pierre Emile-Hojbjerg, las señas de identidad integran las diferencias, complementarias, de sus dos mediocentros, el racional Oriol Romeu y el más apasionado James Ward-Prowse, determinante por golpeo y desplazamiento; finos en el pase pero aún más en su activación pospérdida, ambos vienen escoltados por el formidable momento del danés Vestergaard, importantísimo en sus envíos hacia la siguientes línea. Por delante, dos laterales muy agresivos, de amplios movimientos y constantes conducciones y una serie de atacantes que descienden primero y atacan espacios en carrera después para sacar partido a su carrocería, caso de Walcott, Ings o Adams.

Como hiciera en Leipzig, y partiendo de un contexto de descenso en diciembre de 2018, Ralph Hasenhüttl ha logrado implementar un modelo de juego, muy presente en la actualidad, que crea espacios y es profundo bajo la paradoja de atacar defensas replegadas, en espacios pequeños, sin grandes regateadores ni una cultura de pase asentada. El movimiento colectivo contra el balón y su agresividad con él se propagan multiplicando las opciones de aquellos proyectos que confían en esta teoría. Ralph lo está volviendo a lograr.

 


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Fotografía de Getty Images.