Es bien sabido que llegar al cénit del fútbol profesional no es tarea fácil. Pero si a las dificultades que ya presenta por sí mismo el mundo balompédico, añadimos los petrodólares, asentarse en un equipo parece una quimera. Solo los elegidos por el Zeus futbolístico son los que pueden lograrlo. Y si además de ser un elegido, tienes un motivo de peso para llevar a cabo tu odisea, es posible que acabes cumpliendo tu sueño. Y eso es precisamente lo que le pasó a Adrien Rabiot.

Se podría decir que Adrien no es un jugador común. Ni por sus características en el juego ni por su trayectoria profesional (corta, de momento). Su vida se ha basado en nadar a contracorriente, contra las dificultades y las adversidades, hechos que lo han curtido y han servido para amueblar su cabeza. Nacido en Saint-Maurice, comenzó su andadura futbolística en los equipos de su distrito, el US Créteil-Lusitanos y el Anfortville, donde creció junto a futbolistas portugueses y armenios. Desde pequeño destacó tanto que, con trece años, el Manchester City llamó a su puerta para llevárselo. Sin embargo, los problemas de Thaksin Sinawatra, el por entonces dueño de la entidad ‘citizen’, provocaron la pronta vuelta a casa de Rabiot.

La enfermedad de su padre marcó un antes y un después en la vida de Rabiot: quería ser futbolista a toda costa y seguiría trabajando en silencio para llegar al primer equipo

Ahí anduvo muy listo el París Saint-Germain, que ató en corto a la joven promesa francesa. Sin embargo, todo se iba a torcer: a su padre, Michael Rabiot, le diagnosticaron ‘Síndrome de Desaferenciación’. Esta es una enfermedad en la que el paciente padece una completa parálisis de casi todos los músculos voluntarios de su cuerpo excepto los ojos. Es decir, puede ver y oír todo lo que pasa a su alrededor, pero no puede comunicarse con nadie.

Visto que el único objetivo de Michael era el de ver a su hijo jugando al más alto nivel del fútbol, el zagal se puso manos a la obra para cumplir el sueño de su padre. El suceso marcó un antes y un después en la vida de Rabiot: quería ser futbolista a toda costa y seguiría trabajando en silencio para llegar al primer equipo parisino.

Pero como a toda joven promesa, alguien tiene que dejarlos solos ante los leones y ese fue Carlo Ancelotti. Un hombre clave en su vida que le dio la titularidad en la Ligue 1 un 26 de agosto de 2012 ante el Girondins de Burdeos, donde jugó 61 minutos y cuajó una actuación más que correcta.

Ancelotti vio en él la capacidad de ocupar cualquier posición del medio campo, aunque Adrien prefiera la de pivote o medio-centro. 189 centímetros de altura que concentran una calidad y una visión de juego en una zurda técnica y capaz de resguardar los balones más rebeldes. Apoyado por el buen juego de espalda que ofrece (no es para menos, viendo la altura), el joven jugador galo llama la atención por la manera de resolver las presiones más asfixiantes. Es lo más parecido a Sergio Busquets, aunque un punto más veloz y con un gran chute exterior, que nos podemos encontrar en el panorama futbolístico actual: alto, espigado y con una velocidad mental que va diez veces por delante que la del resto de los mortales pero que la transmite con una pausa impropia para los chicos de su edad. Ya lo decía Michael Caine: “sé como un pato, calmado en la superficie pero batiendo como un demonio por debajo del agua”. Y eso es lo que hacen los jugadores “pato” como Sergio Busquets, Luka Modric, Andrés Iniesta o Toni Kroos: su cabeza va a mil revoluciones por minuto y, sin embargo, su juego es pausado, sosegado pero muy evasivo. 

Sin embargo, todos los jugadores jóvenes, para crecer, deben jugar cuantos más minutos mejor. Eso lo entendió Carletto y también Adrien, que aceptó irse cedido en el mercado de invierno al Toulouse para desfogarse. Y lo hizo. Sus números así lo indican: 13 partidos en los que anotó un gol, dio tres asistencias y recibió tan solo una tarjeta amarilla en el equipo de Les Pitchounes.

Era hora de dejar el equipo violeta y volver a París. Empezaba la temporada 2013/14 con un cambio de entrenador: Carlo Ancelotti dejaba el club parisino para sustituir a José Mourinho en el Real Madrid y Laurent Blanc se hacía con el banquillo del Parque de los Príncipes. Aunque no iba a ser titular cada fin de semana, empezaba a asomar la cabeza entre jugadores como Thiago Motta, Verratti, Cabaye o Matuidi. Pero primero una lesión en el tobillo y después su baja forma por no haberse recuperado correctamente, hizo que perdiera presencia en el equipo y dejara de entrar en las convocatorias. Este hecho supuso que el jugador pensara sobre su futuro. Y ahí aparecieron los grandes equipos europeos para hacerse con la última promesa del fútbol francés. Al interés de Juventus, Arsenal y Bayern de Múnich se sumaba el Barcelona también. Su madre y representante, Valerie, confirmó que hubo conversaciones con el club catalán pero que Luis Enrique desestimó su fichaje finalmente tras la llegada de Ivan Rakitic al conjunto azulgrana. Adrien se quedaba en la ciudad del amor tras rechazar cualquier tipo de traspaso: quería triunfar en París por su padre. Tocaba remar.

La temporada siguiente comenzó de la misma manera que acabó. Sin ir convocado y con pocos minutos, se esforzaba por entrar en los planes de un Laurent Blanc que prefería la experiencia en el centro del campo. Pero antes de acabar la primera vuelta, Rabiot volvía a entrar en los planes de Blanc, que lo mantuvo en las convocatorias y le daba minutos sueltos. Minutos sueltos que, tras mucho trabajo y a causa de las continuas lesiones de Motta, Pastore y Cabaye, se convirtieron en titularidades. Ese mismo verano, en 2015, Yohan Cabaye ponía rumbo a Selhurst Park, hecho que daba un punto de optimismo a Adrien, que completaba una temporada muy completa acumulando muchos minutos. Pero andaba falto de confianza, tocaba recuperar al mejor Rabiot.

Y eso iba a hacer Unai Emery, confiando en Adrien desde el principio. Incluso habiendo fichado a Grzegorz Krychowiak, que siendo central podía desenvolverse con soltura en el medio del campo, Rabiot se hizo con un hueco en el once inicial. Y no solo eso, sino que además el juego dependía de él. Es curioso que, a pesar de la mala temporada que lleva realizando el equipo en la Ligue 1, la peor racha fuera con el de Saint-Maurice en la enfermería. Tras el parón navideño, Rabiot volvía a vestirse de corto y era de nuevo el generador de juego de su equipo. Desde su vuelta, los de Unai cuentan todos los partidos por victoria a excepción del empate ante el líder, el Mónaco. El París Saint-Germain ha iniciado su persecución al conjunto monegasco con un juego que asombra a Europa entera.

Sin embargo, todos sabemos que nada es definitivo hasta que un rival de altura te pone a prueba. No obstante, el hombre pato y sus secuaces arrasaron al Barcelona en un partido para la historia. Se anteponía a todos, driblaba, robaba, hacía caños antológicos a alguien como Leo Messi y de sus botas nacieron dos de los cuatro goles.

Este partido fue la confirmación de un jugador que empezó en el fútbol haciendo una promesa a su padre y que esperemos que se quede por el bien del espectáculo.