Mucho antes de que Joaquín Sánchez se convirtiera en ídolo, capitán y referente del beticismo del siglo XXI, otro Joaquín maravilló a las gradas del Benito Villamarín durante la década de los 60. Quizá no tenía ese arte y chispa que caracterizan al actual ’17’ del Real Betis, pero de alguna manera también caló hondo en los corazones de los aficionados verdiblancos. A Joaquín Sierra Vallejo se le conocía como ‘Quino’, jugaba de delantero y su relación con el club de su vida tuvo capítulos de todos los géneros. Alegrías, enfados, rebeliones, ascensos a Primera y descensos a Segunda. Los del Betis y Quino fue un ‘quien te quiere te hará llorar’ que puso su punto y final sobre el terreno de juego cuando el futbolista dejó las filas del Betis para iniciar una nueva etapa deportiva en el Valencia en 1971.

Nacido el 7 de septiembre de 1945 en el barrio de Triana sevillano, creció en el seno de una familia donde el balón era el centro de atención de los jóvenes de la casa, aunque los colores dividían los gustos fraternales en el hogar de los Sierra Vallejo. Los tres hijos del poeta Juan Sierra -uno de los escritores de la generación del 27- destacaron en las categorías inferiores de los dos poderosos clubes de la capital andaluza. El mayor, de igual nombre que su padre, vistió la camiseta del Sevilla hasta la edad de juvenil, mientras que Ignacio y Quino se decantaron por las rayas verdiblancas. Al final, el único que llegó a la élite fue el pequeño de la saga, que debutó con el primer equipo del Real Betis un 22 de marzo de 1964 ante el Pontevedra en el Benito Villamarín, en un encuentro que acabó con victoria local por 3-0 con un doblete de Andrés Molina y otro tanto de Antonio Pallarés.

 

Sus registros llamaron la atención de Ladislao Kubala, por aquel entonces seleccionador español, y poco le importó que aquel chaval no jugase en la máxima categoría

 

Quino era un futbolista diferente, no respondía al paradigma de jugador clásico poco dado al estudio y al interés por otras artes lejanas al mundo del balón. Intelectual, con una carrera universitaria y curioso acerca de los problemas de la sociedad de entonces, lo que le valió ser visto como un rebelde a diferencia los futbolistas de la época. Si fuera del césped destacaba por ser una rara avis entre sus compañeros, dentro del rectángulo de juego sobresalía la manera que tenía de conducir el balón. Pausado, con movimientos armónicos y destilando clase por los cuatro costados, reunía el gol y la visión de juego entre sus mejores armas cuando se calzaba las botas.

Su etapa en el Betis estuvo marcada por los constantes ascensos y descensos del club en la segunda mitad de la década de los 60. En el ’66 bajó a los infiernos. Un año después volvió a Primera, aunque solo duró un curso en la máxima categoría. La 68-69, en Segunda, fue la mejor temporada de Quino vestido de verdiblanco. Hasta en 33 ocasiones cantó gol la afición bética gracias al delantero de Triana, aunque esos números fueron innecesarios para volver a Primera. Sus registros llamaron la atención de Ladislao Kubala, por aquel entonces seleccionador español, y poco le importó que aquel chaval no jugase en la máxima categoría. Llevaba el gol en las venas y el legendario exfutbolista húngaro le dio la alternativa con el combinado nacional en un España-Finlandia. Después tendría otras siete apariciones con la ‘Roja’, pero ya como jugador del Valencia.

Antes de llegar al club valenciano, Quino tuvo diversos problemas con la directiva del Real Betis a causa de una ley que desfavorecía en exceso los derechos de los jugadores. Desde 1966 hasta 1979, en el fútbol español existía el derecho de retención, una norma por la cual un contrato podía renovarse automáticamente de manera unilateral. Con el simple hecho de subir un 10% del salario del futbolista, el club podía hacer efectiva la prolongación del contrato sin que el jugador pudiera dar voz a sus pretensiones. Así, el Real Betis jugó esta baza para que Quino no pudiera marchar del club para fichar por el Real Madrid un año antes de aterrizar en la capital del Turia. Un gesto que no gustó al futbolista, que en su última temporada en el Benito Villamarín se declaró en rebeldía y estuvo varios meses lejos de los terrenos de juego. No aceptaba el derecho de retención que ‘esclavizaba’ a los jugadores a merced de los intereses de los clubes y se negó a vestirse de corto hasta que se le permitiera decidir su futuro. Lo consiguió, y al término de la 70-71 el Betis le dejó marchar rumbo al Valencia, comandado desde el banquillo por Alfredo Di Stéfano y vigente campeón de liga, a cambio de 18 millones de pesetas.

En Valencia permaneció durante cinco años y, pese a ser un fijo en el césped, sus números cara a puerta nunca fueron los mismos que le auparon hasta ser convocado con la selección española. Si bien el primer curso en Valencia acabó como máximo goleador de una plantilla subcampeona de liga, en los años posteriores sus registros bajaron en exceso hasta que en 1976 abandonó la entidad valenciana para pasar sus últimos días como futbolista en Cádiz en Segunda División. Ahí, después de un buen primer año con 15 tantos en 31 encuentros, se despidió de los terrenos de juego con 32 años y una última temporada con apenas dos goles. La suya fue una carrera marcada por la rebeldía en contra de la dictadura de los clubes, por ser un futbolista distinto tanto dentro como fuera del terreno de juego, reivindicando los derechos de los que hacen de este deporte un arte.