Cuando se sienten perdidos, los grandes de Europa siempre recurren a lo mismo: a su glorioso pasado. Allí encuentran el origen de una leyenda que aún perdura, pues en el imaginario colectivo de todos, ya sean profesionales o aficionados, hay asentado una serie de conceptos que definen el leitmotiv de cada club. Para ellos no hay nada más poderoso que su sombra. Porque en el fútbol, un deporte jugado por seres humanos, algo que no está de más recordarlo porque se suele olvidar, antes de ser algo uno tiene que parecerlo.

El problema viene cuando “no fuiste nadie” para tus rivales, que es precisamente lo que le sucede a los clubes nacidos del petróleo. Estos tienen tanto o más dinero que los grandes clubes históricos, pero para entrar en la aristocracia del fútbol europeo se necesita más que un gran equipo. Desde luego ésta es condición indispensable, pero no es suficiente. Se necesita más. Se necesita un leitmotiv propio. La cuestión es: ¿cómo adquirirlo?

El Chelsea de Román Abramóvich encontró uno rápidamente con la llegada de José Mourinho. El técnico portugués impregnó cada rincón de Stamford Bridge con su potente personalidad. Les concedió ese orgullo altivo que caracteriza a los clubes más importantes de Europa. Al igual que Mourinho a los banquillos, el Chelsea había llegado hasta lo más alto por un camino diferente al resto. Sus aficionados lo sabían porque no paraban de repetírselo todos sus rivales. Y Mourinho lo aprovechó para prender la llama de un carácter competitivo que, además, resultaba coherente con su propuesta futbolística. Velocidad, transiciones, segunda jugada e intensidad para un Bridge aún más vertical y orgulloso de lo que acostumbran sus gradas. Al finalizar el primer paso de Mourinho por Londres el Chelsea ya tenía su qué, su por qué y su cómo. Era cuestión de tiempo que ganase su primera Copa de Europa.

Tras el Chelsea llegó el Manchester City. La idea era incluso más ambiciosa que la de los Blues. Pero la falta de una figura como la del portugués provocó que las primeras prisas no tuvieran ni orden ni concierto. El City ganaría una Premier con Roberto Mancini y otra con Manuel Pellegrini, pero ninguno de estos títulos les supuso nada para el futuro. El City era el mismo club a los ojos del resto, como se comprobó temporada tras temporada en la Champions. Pero entonces llegó Pep Guardiola. El catalán todavía no ha pisado ni siquiera las semifinales de la máxima competición continental, pero todos ya somos conscientes de que su presencia ha supuesto un punto y a parte para el club. El City ya tiene un motivo y una forma de aprovechar la potente inversión que realiza cada verano. Será cuestión de tiempo que gane la Copa de Europa.

 

El Chelsea y el Manchester City encontraron dos figuras muy potentes con las que mimetizarse. El PSG todavía no tiene la suya. Neymar y Mbappé han sido el tejado de una casa que está improvisando sus planos

 

Y luego está el Paris Saint-Germain. El conjunto parisino pareció el alumno aventajado en los primeros años. Otros habían dado los primeros pasos, habían cometido los primeros errores y habían derribado también varios tabús que le iban a permitir acceder a futbolistas que, en un principio, Chelsea o City no pudieron atraer. Los primeros en llegar fueron Zlatan Ibrahimovic y Thiago Silva. Con ellos los títulos nacionales estaban prácticamente asegurados. Sobre todo porque muy pronto el PSG pareció encontrar a su Mourinho, a su Guardiola. Con su porte presidencialista, Laurent Blanc representaba todo a lo que aspiraba el Paris Saint-Germain. Todo lo que soñaba ser. Su elegancia, su finura, su tranquilidad. Tras darle a Francia su primer Mundial, Blanc parecía destinado a darle a París su ansiado gigante europeo. Y ciertamente estuvo más cerca de conseguirlo de lo que en estos momentos pueda parecer. El PSG comenzó a tocar el balón como muy pocos equipos en Europa. Progresaba de manera ordenada, pulcra y segura. Era equilibrado y elegante. Y sus estrellas no sólo estaban bien acondicionadas dentro de la idea, sino que su talento se fundía de forma natural con el colectivo. El PSG tenía una forma con la que enfrentarse a los mejores. Tenía su cómo. Pero la Champions no la ratificó.

Y como en la actualidad todo parece jugarse en la Champions League, más si cabe para un PSG cuyo dominio en Francia se da por supuesto, el proyecto decidió girar hacia otra dirección. Primero Unai Emery, ahora Thomas Tuchel. Y por medio unos Neymar Junior y Kylian Mbappé a los que, evidentemente, si tienes acceso, debes tratar de incorporar. El fútbol es de los futbolistas. Así lo ha sido y así siempre lo será. Pero quizás no llegaron en el momento justo ni en el contexto indicado. Neymar y Mbappé no llegaron a un equipo formado, sino en formación. No llegaron a un club con cuerpo, cara ni ojos. Y ahora, quince meses más tarde, sigue sin serlo.

El Chelsea y el Manchester City encontraron dos figuras muy potentes con las que mimetizarse. En las que proyectarse. El PSG todavía no la ha encontrado. Neymar y Mbappé han sido el tejado de una casa que está improvisando sus planos con un central, un extremo y un mediapunta como arquitectos. Tuchel acaba de llegar pero, de momento, el PSG no puede transmitir menos con más. En Francia sigue arrasando y por medio de su calidad individual el triunfo en cualquier eliminatoria de Europa siempre va a estar a su alcance, como de hecho demostró en Anfield ante el Liverpool, pero para ganar la Copa de Europa, ahora o mañana, se necesita algo más que eso. Porque en cualquier momento la Champions League te va a poner delante al Barcelona, al Madrid, al Bayern o a la Juventus, y para superarles el PSG va a tener que ser insultantemente mejor que ellos. Porque ellos sí saben quienes son.