Si me pidieran que le contestara una carta a Francesco Totti, buscaría las cerillas en el bolsillo interior del abrigo, sacaría una y, lentamente, cuidando la pose, prendería fuego a la idea, muerto de miedo. Si tuviera que escribirle una carta a Francesco Totti, fallecería en el intento -ojos en blanco y gemelos tensos, gemelos de madera-, víctima de un frenazo cardiovascular provocado por un temor irracional a no estar a la altura. Si me viese obligado elaborar una carta para Francesco Totti, la escribiría en voz baja, a susurros, como si estuviera a mitad de un partido de tenis, para asegurarme al menos que mi calamidad jamás llegaría hasta sus oídos.

Nunca haría una carta para Francesco Totti. Nunca. Solo que si la hiciera, arrancaría con un “¿Qué hay, Francesco?”. Por puro placer. Por puro placer de leérselo a alguien, o de leérmelo a mí mismo, y así volver a escuchar cómo suena ese nombre, que algunas tardes pienso que es más bello que toda Roma entera, El Vaticano y sus sacras capillas incluidos. “¿Qué hay, Francesco?”. Me gusta, me gusta mucho como retumba ese nombre en el paladar, sobre todo esa ch de chesco, ese chispazo musical a medio camino, como de choque entre sables, que te deja abatido antes de acabar de pronunciarlo. Va, una vez más: “¿Qué hay, Francesco?”. La madre que me parió.

 

Totti es eso que quisiste ser y nunca pudiste. Totti es decidir adelgazar y cumplirlo. Totti es prometerte dejar de fumar y lograrlo. Totti es jurarte que vas a ser fiel a tus principios, y serlo

 

En mi vida me han presentado a varios Francescos, a tres o cuatro, como mucho a cinco, pero si esa palabra genera tal efecto de atracción en mí no es por ninguno de ellos. No. El culpable no tiene ni puta idea de que existo. Mejor así. No quisiera cometer el grave error de humanizar a un astro.

Porque a Francesco, a Francesco Totti, no debería estar permitido humanizarlo. Él es otra cosa. Otra cosa distinta de ti, quiero decir. Totti es eso que quisiste ser y nunca pudiste. Totti es decidir adelgazar y cumplirlo. Totti es prometerte dejar de fumar y lograrlo. Totti es jurarte que vas a ser fiel a tus principios, y serlo. Serlo hasta las últimas consecuencias. Totti es la versión imposible de uno mismo. Más bueno. Más guapo. Más rico. Más justo.

Totti, ahora que lo pienso bien, también es eterno en una época con demasiados finales. El entrenador, la estrella, la pareja, el ordenador, la lavadora… A cada poco tiempo, algo te abandona de nuevo. Pero Totti no. Totti sigue. Y viéndolo ahí, aguantando con su sonrisa metálica, resistiendo como excepción que confirma la regla, uno no puede parar de repetirse lo mucho que hubiera deseado ser hincha de su club, para admirarlo con más pureza. Imagina que Totti fuera el emblema de tu equipo. Imagina.

Nunca haría una carta para Francesco Totti. Nunca. Solo que si la hiciera, tengo bastante claro como la cerraría. Lo haría recuperando unas líneas que no son mías.

 

Roma es mi familia, mis amigos, la gente que amo. Roma es el mar, las montañas, los monumentos. Roma, por supuesto, son los romanos. Roma es el amarillo y el rojo. Roma, para mí, es el mundo. Este club, esta ciudad, han sido mi vida. Siempre.

 

Y, obviamente, al acabar el párrafo, no me olvidaría de citar a su autor. Sí, Francesco. Francesco pronunciado Franchesco. Con ruido de espadas.