Recuerdo aquella calurosa noche de verano del 2015. Estirado en mi cama, preparado para conciliar el sueño, vi por el televisor anticuado de mi habitación un extracto de los partidos de la previa de Champions recientemente disputados. Aquella noche del 18 de agosto descubrí a un joven del que había oído hablar alguna vez, un neerlandés del que se decían maravillas, formado en la cantera del PSV Eindhoven y que justo acababa de fichar por el Manchester United. Apareció en la pequeña pantalla que iluminaba mi cuarto el mítico estadio de Old Trafford y allí estaba el prometedor atleta con la camiseta roja de su nuevo equipo. La primera imagen que tengo de él fue aquel momento, el momento en el que recibe un balón aéreo que mata con el pecho y, zafándose de su defensor con un sombrero, encara hacia portería. Traza una línea diagonal mientras deja atrás a uno, dos y tres defensores para acabar enviando el balón a la red, rasa al lado izquierdo del cancerbero. Luego vendría otro tanto desde el vértice izquierdo del área, pegándole con rosca hacia el palo largo del guardameta y finalizando el encuentro con una exhibición memorable. Aquel tipo me había enamorado desde el primer instante, tal vez por sus detalles técnicos, por su descaro o simplemente por la sensación que tuve de que era especial, diferente al resto. Ese chico holandés era Memphis Depay y desde ese día, en una victoria de los ‘Red Devils’  por 3-1 contra el Brujas, se convirtió en uno de mis jugadores preferidos, independientemente de lo que viniera después.

El padre de Memphis abandonó a la familia cuando él apenas tenía cuatro años. Esta situación provocó que el pequeño renegara de sus raíces y decidiera lucir su nombre en la elástica antes que su apellido —así que por respeto evitaré utilizarlo—. Empezó su andadura futbolística en el Sparta de Rotterdam, donde estuvo de los nueve a los 12 años, momento en el que fue captado por el PSV para formarlo y convertirlo en una de sus joyas más preciadas. El verano antes de salir rumbo a Mánchester se consagró en Eindhoven ganando la Eredivisie bajo el mandato de Phillip Cocu, llegando a marcar 22 tantos en el campeonato doméstico —nada mal para un extremo izquierdo con solamente 21 primaveras en sus piernas—. Aterrizó en las islas británicas destinado a ser uno de los futuros magos de la Premier, el guía que resucitara a un United que llevaba un par de años muerto, lejos de aquella máquina de ganar que fue el equipo durante la era de Sir Alex Ferguson. Las expectativas eran altas, aún con más razón tras la exhibición que dio frente al Brujas, pero el talento que tenía nunca acabó de explotar, ya sea por su polémica actitud fuera de los terrenos de juego o por la falta de fortuna y de oportunidades. Ni con un Van Gaal que fue destituido al final de su primera temporada, ni con un Mourinho que le privó de suficientes minutos logró cosechar grandes números en Inglaterra. En su recién estrenada autobiografía, titulada Heart of a Lion, ha dejado muestras de la difícil situación que vivió con el técnico luso: “Mourinho me decía que estaba muy satisfecho con mi trabajo y mi actitud, pero nunca me dio opciones de jugar. En ese momento me hizo perder la cabeza”. Media temporada con el portugués, en la que disputó una ínfima cantidad de 20 minutos en liga, empujó al jugador a salir del club en enero de 2017. Tocaba volar hacia Lyon con las energías renovadas.

 

“Mourinho me decía que estaba muy satisfecho con mi trabajo y mi actitud, pero nunca me dio opciones de jugar. En ese momento me hizo perder la cabeza”

 

Francia, la tierra de los cruasanes, de las baguettes y de las cenas de picoteo —según insinuaba un famoso queso francés—. Ubicada a las orillas del Ródano, la ciudad de Lyon supuso un punto de inflexión para Memphis. Llegó siendo todavía una joven promesa que había perdido parte de su reputación, pero consiguió recuperar su mejor nivel bajo el mandato de Bruno Génésio, quien decidió situarle en la punta del ataque tras sus primeros encuentros con ‘Les Gones’. Aun así, tampoco se ha alejado demasiado de la banda, puesto que su rol hasta ahora ha sido actuar de falso nueve y caer a diferentes costados para recibir el balón. Arrastra defensores, gambetea por la zona de tres cuartos desquiciando a los rivales con bicicletas y amagos, les deja atrás con sus cambios de ritmo… Es un artista, pocos hay como él. A día de hoy, puede presumir de haber obtenido 39 goles y 41 asistencias con el Olympique —12 y 16, respectivamente, en el último curso—. A veces me pregunto cómo puede ser que un jugador dotado de una técnica impoluta no haya podido convertirse en una referencia del fútbol mundial. Tiene todas las cualidades necesarias para serlo, un tren inferior del que muy pocos pueden presumir y una calidad pasmosa.

Génésio le posicionó de falso nueve en el Lyon y Koeman ha hecho lo propio en el combinado nacional, una selección holandesa que llevaba tiempo en el barro estancada y empieza a resurgir a base de juventud y talento descarado. Jugadores como De Ligt, De Jong o Bergwijn contrastan con los más experimentados Van Dijk, Cillessen o Blind. Memphis se encarga de darle verticalidad y goles a una plantilla que madura a pasos agigantados para volver a ser la ‘Naranja Mecánica’. Es uno de los líderes de la nueva Holanda. Debutó a los 19 años con el mismo entrenador que años después lo llevaría a Mánchester, Louis van Gaal, quien siete meses más tarde le convocó para su primera Copa del Mundo, Brasil 2014. Jugó cuatro partidos y anotó en dos ocasiones para una selección que acabó cayendo agónicamente en una tanda de penales contra la Argentina de Messi; en un torneo que fue el preludio de una época oscura para los ‘tulipanes’, quedando fuera de los siguientes campeonatos internacionales —Eurocopa 2016 y Mundial 2018—. Aunque, ahora que vuelven a levantar cabeza, tendremos que observar atentos a ver cómo dibujan el futuro los discípulos de Koeman, un equipo con Memphis como referencia de ataque, un tipo extraño a quien no le gusta demasiado subirse las medias más allá de los tobillos, una más de sus excentricidades.

Podríamos catalogar a Memphis como una persona singular o extravagante porque es diferente a cualquier otro, tiene su propia identidad marcada que le caracteriza dentro del mundo del fútbol. Desde decenas de tatuajes que marcan su cuerpo a varias canciones de rap que ha lanzado últimamente. Sí, habéis leído bien, Memphis ha lanzado cinco sencillos que han hecho aumentar su notoriedad; es una persona bastante peculiar que se aleja de las pautas preestablecidas, quizá por este motivo consigue levantar pasiones. Entre toda la cantidad de tinta que recorre su piel podemos encontrar diferentes dibujos, cada cual con su correspondiente significado e importancia. Su dorso está cubierto al completo por un león, un animal simbólico con el que se compara nuestro protagonista, llegando incluso a declarar para The Sun en una ocasión: “Tengo el corazón de un león”. Otro tatuaje distintivo lo encontramos en el interior del labio, donde se puede leer, en inglés, ‘Cazador de sueños’, un detalle más de un individuo muy particular que celebra las dianas llevándose ambos índices a los oídos. Esto último no se debe a una especie de descontento con un sector del público, sino a un mensaje para todos aquellos que le tachan de arrogante. El diez de la ‘Oranje’  trata de hacer oídos sordos a los medios que critican su actitud, aunque viejas glorias de la profesión, como Ryan Giggs o Ruud Gullit, hayan cuestionado su estilo de vida alguna vez. Su comportamiento ha estado en tela de juicio en numerosas ocasiones, afectándole a nivel profesional e impidiéndole mostrar sobre el verde los trucos que esconde en la chistera.

Casi cuatro años después del verano de 2015, me siento en el sofá de casa y enciendo de nuevo el televisor, esta vez uno más grande y moderno en el que puedo ver los partidos en alta definición. Tras ver la final de la Nations League entre los Países Bajos y Portugal, vuelvo a recordar aquel 18 de agosto en el que descubrí a Memphis en una previa de la Liga de Campeones. Han pasado muchas cosas desde ese día, pero sigo manteniendo la ilusión cada vez que veo un partido suyo. Tal vez la regularidad, la fortuna u otras cuestiones más personales hayan impedido que se convirtiera en uno de los mejores, aunque para mí siempre será uno de los alicientes para seguir viviendo este maravilloso deporte. Memphis, cuyo apellido no quiero nombrar, es un tipo especial.