Sin que muchos apostasen por ella, la selección de Portugal se consagró campeona de Europa ante los anfitriones del torneo en una noche épica. Tras décadas de espera, que van desde la semifinal perdida en 1984 hasta la frustración por la derrota en la final del 2004, y cuando una maldición parecía haberse abatido sobre nuestra selección, ahí nos tienen recogiendo el trofeo de campeones en nuestro torneo predilecto. Y es que esta victoria tiene un significado especial para toda una generación: la generación Naranjito.

La generación Naranjito la forman aquellos niños que descubrieron la magia de las fases finales de los grandes torneos internacionales de fútbol -Eurocopa y Copa del Mundo- en el Mundial de España del 82. Para la generación nacida en Portugal en la primera mitad de los años 70 del siglo pasado, en la que me incluyo, el  Mundial del 82 representó el primer contacto con un gran torneo, más aún con el atractivo de una mascota, el inolvidable Naranjito, muy apelativo para los niños que en la época contaban entre los 8 y los 12 años. Fue sin duda la serie de dibujos animados de la mascota la que encandiló a muchos de nosotros, en un Portugal que comenzaba abrirse al mundo y liberarse de las estrecheces de una dictadura que había durado demasiado. A todos los que éramos niños entonces, Naranjito nos sumergió en los encantos de un torneo planetario.  El fútbol, más que deporte, pasó a ser pasión. Y, como sabemos, no hay amor como el primero.

 

Si histórica ha sido para el país, para la generación Naranjito la victoria de Portugal tiene un significado especial y probablemente más prosaico pues nos devuelve a la fascinación iniciática del juego. Y eso no es poco

 

El Mundial del 82 no defraudó a la generación que acababa de descubrir las grandes competiciones de fútbol. Jugadores extraordinarios como Zico, Falcão, Sócrates, Maradona, Ardiles, Pasarela, Giresse, Tigana, Platini, Rummenigge Littbarski, Breitner, Scirea, Conti  y Rossi, sembraron en esos niños la fascinación por un arte que se entrañó para siempre. El campeón de ese torneo, una Italia en la que pocos creían al inicio, con un comienzo flojo pero que fue in crescendo y con una consistencia de juego notable a partir de la segunda ronda de grupos, alimentó aún más el áurea de un juego que tanto vive de la genialidad de un artista como de la superación de un colectivo. Muchos de nosotros, los chicos lusos de la generación Naranjito,  sin ni siquiera ver a nuestra selección jugar, fuimos indeleblemente marcados para siempre por el áurea de las grandes contiendas futbolísticas.

La suerte acompañó a la generación Naranjito, que dos años más tarde tuvo el privilegio de ver a la selección portuguesa llegar, por primera vez, a la final de un  campeonato europeo, el de Francia’84. Pontificaban en ese equipo grandes e inolvidables jugadores: Bento Eurico, Sousa, Carlos Manuel, Diamantino, Jordão y Chalana -éste sería incluso consagrado como jugador mítico fruto de su actuación superlativa durante el torneo. La generación Naranjito no sólo tuvo la fortuna de ver al equipo disputar por primera vez una Eurocopa, sino de asistir a las extraordinarias prestaciones que la llevaron a avanzar hasta las semifinales. Después de los míticos magriços del Mundial del 66, los patrícios del 84 hicieron al país soñar con la presencia en la final de un gran torneo internacional. Y a punto estuvo de hacerse realidad esa ambición el 23 de junio de 1984, si no hubiese sido porque Platini sentenció nuestra eliminación, ya en la prórroga, en aquel fatídico minuto 119. En aquel momento la generación Naranjito se enfrentaba, tras la fascinación de su periodo inicial, a la crueldad de fútbol.

Tras el Eurocopa de Francia, los Naranjitos volvieron a vivir momentos de felicidad y desilusión, pero solo fue a partir de 1996 cuando Portugal comenzó a tener una participación regular en las fases finales de los grandes torneos, con la excepción del Mundial de Francia de 1998 derivada de nuestra traumática eliminación traumática por la expulsión inédita de Rui Costa por el Sr. Batta. No cabe duda de que las fases finales de los campeonatos europeos nos ofrecieron los mayores momentos de felicidad y también de desilusión, siendo el mayor de todo ellos la final del 2004. Por la constancia de nuestras participaciones y la cualidad de nuestros jugadores, algunos de los cuales aupados a la categoría de estrellas del fútbol mundial, comenzamos a alimentar el sueño de ser campeones europeos. Tanta ilusión acumulada y nos faltaba siempre tan poco.

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La Eurocopa de 2016 surgía cargada de simbolismo, a menudo desapercibida, pues la selección volvía a jugar una fase final en el país en el que había sucumbido en el 84 y en el que la generación Naranjito había sentido por primera vez la crudeza del fútbol. La prestación inicial de la selección de 2016 en la fase de grupos traía a la memoria la prestación de la campeona del mundo del 82: tal como la Italia de entonces, Portugal no pasó de tres empates en esa fase.  Con un fútbol lento en la transición, puntuado con errores tácticos como el sistema de juego escogido contra Hungría, permitiendo a ésta organizarse y salir de la defensa sin presión, Portugal parecía condenado a arrastrase a partir de los octavos y con pocas probabilidades ante una Croacia dinámica, veloz en las transiciones y con mucha cualidad individual.  Pero ante los croatas, Portugal cambia de piel, y a partir de ese punto emerge una selección de gran rigor táctico, con una organización en campo irreprensible a través de la ocupación efectiva de los espacios interiores y, sobre todo, con una rotación de jugadores extremadamente eficaz que permite a Portugal corregir las debilidades reveladas en la fase de grupos.

A partir de los octavos, Portugal muestra una organización defensiva conjugada con una resistencia y superación impares que culmina con una victoria épica en la final. Donde muchos vieron un equipo defensivo, siempre se podrá contraponer el poder de la estadística para cuestionar esta percepción: Portugal figura en el lote de las selecciones con más tiros a portería por partido (18.8 a la par con Alemania, sólo superado por Inglaterra y Bélgica), habiendo acabado Ronaldo con la media más alta de remates por partido (7.5). Para aquellos que sintieron tedio en el juego de la selección, conviene recordar que el caudal rematador se hizo renunciando a la posesión de balón. De hecho, la media de posesión de balón portuguesa (52%) fue muy modesta en comparación con Alemania (64%) y España (62%) -curiosamente, Francia también registró un 52%. Se privilegió así la eficacia y la neutralización de los espacios combinados con el espíritu de resistencia. El juego no fue, tal vez, bonito, pero el fútbol es también el arte de la defensa. Sin defender bien, difícilmente se puede triunfar. Y por ello fue hermosa la victoria.

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Razón tendrá probablemente Santiago Segurola cuando nota que el juego del campeón europeo no marcará tendencia. Sin embargo, el mismo autor no deja de destacar la justicia de la victoria por el torneo que la selección realizó y por lo mucho que nuestro país ha aportado al fútbol. Portugal merecía indiscutiblemente hace mucho tiempo este título: por el legado que ya dio al fútbol mundial a través de un conjunto de jugadores emblemáticos; por la escuela de entrenadores cada vez más competentes e influyentes a nivel europeo; por sus actuaciones en las etapas finales de los europeos a partir de 1996; pero en particular por la pasión genuina que Portugal siente por el fútbol. La recepción multitudinaria de la selección en Lisboa el día después de la victoria en Paris fue la máxima expresión de ese sentimiento.

El fútbol tiene un significado que va más allá del terreno de juego y de los estadios. Las selecciones nacionales tienden a ser la máxima expresión de esa trascendencia. No sorprende que el historiador Joachim Fest haya atribuido a la victoria alemana en la heroica final de Berna del 54, una importancia fundamental para la República Federal de  la posguerra. Wir sind wieder wer!” (¡Somos alguien de nuevo!) fue el sentimiento generado por la victoria en esa final sobre el homólogo húngaro –y considerada la mejor selección de entonces. La victoria de Portugal en la Euro de 2016 ciertamente no es la panacea para los problemas económicos y sociales actuales de los portugueses pero alivia el dolor existencial del país en esta etapa crítica de su historia.  Y no será sólo por el sentimiento incontenible de orgullo patriótico que despierta en muchos portugueses, sino porque a tantos otros les rescata de esa sensación fatalista que tantas veces, aunque erradamente, parece congénita al espíritu portugués. ¡Y eso ya es mucho!

Si histórica ha sido para el país, para la generación Naranjito la victoria de Portugal tiene un significado especial y probablemente más prosaico pues nos devuelve a la fascinación iniciática del juego. Y eso no es poco. O mejor, es mucho: recuperar la infancia es la más genuina y pura de las ambiciones. Al final, el fútbol sí que es bello.