Infancia fugaz, entorno volátil. Quemar etapas a la velocidad del rayo. Edad de niño, obligaciones de adulto. Un punto de conexión entre el fútbol y la realidad del continente olvidado. Como Maxwell Simba descubriendo el molino para alimentar a su familia, que en tiempos de hambruna no deja de ser todo el pueblo, Patson Daka aprendió a poner el viento a su favor a la edad de quien sufre por el acné, aplazando un tiempo el hallazgo de su primer amor. Disney, no obstante, nos convence de que una buena historia siempre termina con un final feliz. Y qué trata de ser la realidad sino un burdo espejo del cine.

El relato del joven Daka encuentra su nudo en 2012, cuando el proyecto panafricano de captación Airtel Rising Stars aterrizó en Chingola, su ciudad natal, en busca de jugadores que pudieran representar a la provincia. La escena, como no podía ser de otra forma, terminó siendo de película: al acabar un examen para la escuela, uno de sus compañeros le informó de lo que estaba sucediendo a unos minutos andando. Patson se presentó a las pruebas sin ropa deportiva, y uno de los entrenadores le mandó a casa a cambiarse justo antes de dar comienzo a la sesión. El joven corrió de ida, corrió de vuelta, y a los diez minutos de juego ya había sido apartado del resto. Estaba siendo seleccionado, dando comienzo a lo que rápidamente se convertiría en su carrera profesional.

Dicen que la niñez dura para toda la vida. “La única patria decente es la infancia”, escribía con atino el poeta Rainer Maria Rilke, aunque cada vez más fugaz y siempre idealizada. Patson Daka tomó responsabilidades de adulto a una muy temprana edad. En esencia, al debutar con 16 años en la selección absoluta de su país, fue forzosamente privado del divino tesoro de Darío. Las expectativas crecieron como la espuma, los entrenadores de cada categoría peleaban por ver quién se llevaba al joven y prometedor ariete a su torneo… Y las gradas, tan gentiles y condescendientes como los ingleses las trajeron al mundo, empezaron con el habitual runrún. ¡Un chico de 16 años no estaba marcando goles con la absoluta! En su eterna sabiduría, el público empezó a pitar.

 

Su pacto con el viento, que lo convierte en un tornado cuando se lanza en carrera, le permite superar defensores y cogerles la espalda aun partiendo estos últimos con ventaja

 

Ese mismo año, no obstante, el destino o la casualidad quisieron que su camino se mezclara con el de Frédéric Kanouté, cuya agencia de representación mantenía una relación estrecha con el proyecto deportivo del Red Bull Salzburg. El ídolo de Nervión asistió a la Copa África sub-20 de Senegal, pero Daka acudiría a la sub-17 de Níger. Casi 2.000 kilómetros de distancia separaban al jugador de su futuro, de un espacio que le ganaba una vez más la partida al tiempo, porque el único criterio infalible que guía la acción humana es la coincidencia, que lejos de ser azarosa también puede ser examinada y provocada. El juego de la vida, o al menos su parte más entretenida, empieza cuando se acepta esta premisa. La narrativa, en este caso, parecía condenada a un soporífero Deus ex machina: el guion dictaba que los caminos se terminarían uniendo, pero en el presente Kanouté ni siquiera conocía la existencia de ese ilusionante delantero.

Sucedió entonces, con el acierto de Bilbo Bolsón en la cueva de las Montañas Nubladas, que el exfutbolista se acercó un día a Lee Kawanu, propietario del Kafue Celtics, a preguntarle por un jugador, y este no puvo más que sincerarse y presentarle a su estrella. Una estrella que, claro, tendría que ver por una serie de vídeos que tenía guardados en su teléfono móvil. “¿Sabes? He visto las imágenes y tiene algo especial. Creo que podríamos hacer algo”, le respondió Kanouté unas semanas más tarde. Un verano después, Patson Daka y su compañero Enock Mwepu abandonaron Zambia para recabar en el Liefering austriaco, club satélite del Red Bull Salzburg. La siguiente temporada se pondrían ambos a las órdenes de Marco Rose en la ciudad de Wolfgang Amadeus. El ascenso a la élite era ya imparable.

Domador de vientos

El ser humano es cambiante por naturaleza, principalmente porque pertenece a ella y no tiene forma de escapar a sus garras. Por esto, Patson Daka ha experimentado una evolución lógica a nivel futbolístico y personal desde su llegada a Europa. Una evolución muy positiva, cabe apuntar. Su crecimiento a nivel técnico, principalmente en sus descargas de espaldas, es innegable: durante su temporada en el Liefering empleaba más de dos controles para apoyar, pero actualmente es mucho menos ansioso con balón y parece entender mejor lo que provoca con su primer toque. El desbarajuste en la defensa, el compañero puesto de cara, la forma de beneficiarse a sí mismo y al propio colectivo. Con sus imprecisiones, dignas y justas dentro de un deporte cocinado a base de errores, pero también con una variedad de desmarques muy rica y unas facultades técnicas y físicas bastante moldeables.

Pero este no es realmente el gran pilar que sustenta su esencia como delantero. Su pacto con el viento, que lo convierte en un tornado cuando se lanza en carrera, le permite superar defensores y cogerles la espalda aun partiendo estos últimos con ventaja. El espacio ya nunca más le podría ganar una batalla al tiempo. Su velocidad de piernas, la agresividad al espacio, esa arrogancia de quien se siente superior y le cede ventaja a su rival. La prepotencia de un hermano mayor: en este caso no tanto de edad, sino de experiencia. Porque ser mejor no significa saberse mejor, pero resulta que el zambiano es más rápido y se siente más rápido que sus rivales, y eso le permite ser más astuto, más incisivo, más dominador. No solo lejos del área: también dentro. 38 goles en 43 partidos durante la temporada 2020-21, en muchos de ellos sumándole una lectura valiosísima a su velocidad de atleta.

Quiso el destino, la -poco azarosa- casualidad o un trabajo impecable de scouting en el Leicester City, o quizá la suma de todo lo anterior, que Patson Daka fuese a coincidir en tiempo y espacio con Jaimie Vardy, huracán y goleador. El futuro, un presente que todavía no conocemos, decidirá si el inglés se convierte en su alma máter.

 


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Fotografía de Imago.