“Y ya sabéis, cojones y españolía”. La frase es del general Zamalloa. La soltó en el vestuario de la selección española poco antes del inicio de segundo tiempo en un encuentro ante Suiza, en 1948, en pleno régimen franquista. Entre los presentes, se escuchó una ligera carcajada. Fue Pahíño, que ese día debutaba con la selección. Aquel estreno, con la guinda de ver portería, podría haber sido el preludio de muchos años gritando goles con el combinado nacional, pero la risilla picarona del delantero gallego se escapó de esas cuatro paredes y salió escupida directamente a las páginas de la prensa. La de aquella época, piensen. Que si es republicano, que si lee a los rusos Tolstoi y Dostoyevski, que si también se empapa de las letras de Hemingway. Se cebaron con él sobremanera, despotricaron contra sus hábitos ‘rojos’ -leía libros prohibidos que le conseguía un amigo propietario de una librería en las Ramblas de Barcelona- y, simple y tristemente por pensar cómo pensaba, desapareció de las listas de la selección. Jugó un partido más contra Bélgica y no volvería a hacerlo hasta 1955, poco antes de retirarse. Por ello, por ser diferente y salir del guion establecido en una dictadura, la selección no contó con Pahíño de cara a los Mundiales del 50 y del 54. En el primero, en Brasil, quién sabe si sus goles hubieran aupado al equipo nacional a una mejor posición que la tercera. El siguiente, en Suiza, España no llegó ni a clasificarse.

La historia de este ariete arrancó un 21 de enero de 1923 en la parroquia de San Paio de Navia, Vigo. Le pusieron de nombre Manuel, pero a la vez que llegaron sus primeros goles en la élite la gente olvidó cómo se llamaba. Sería, a partir de entonces, Pahíño, como el segundo apellido de su padre, aunque con un pequeño matiz. “La h se la agregó, porque le pareció que le sentaría muy bien, un célebre periodista vigués de la época, Manuel Castro”, apuntaba Alfredo Relaño en Memorias en blanco y negro, obra donde recoge, entre otras, la historia de goleador gallego. Y antes de jugar al más alto nivel, antes de llamarse Pahíño, en el fútbol amateur marcó goles para Arenas de Alcabre, Victoria, Deportivo de Coya, Rápido de Bouzas y Monforte, de donde dio el salto para debutar en Primera con 20 años vistiendo la camiseta del Celta de Vigo y pronto se erigiría en la figura del club ‘celeste’.

 

No era de alardes ni de jugadas imposibles. Él, sencillamente, marcaba todo lo que le cayera cerca. Le pegaba de lujo con ambas piernas, remataba lo imposible y de cabeza tenía una precisión casi quirúrgica

 

Tras un primer curso en la máxima categoría, el Celta bajaría a Segunda, pero solo duró un año en el infierno. Ahí, en la promoción de ascenso para regresar a Primera, Pahíño dejó claro qué tipo de futbolista era. Fuerte, robusto y comprometido, sobre todo eso último, pues se atrevió a jugar todo el segundo tiempo contra el Granada con el peroné roto. Ganaron por 4-1, con dos tantos suyos. El Celta estaba de nuevo entre los grandes. Jugó tres temporadas más para el equipo de su tierra, logrando en la última de ellas una meritoria cuarta plaza y una final de copa, gracias, en gran parte, a los 23 goles de un Pahíño que se llevaría su primer trofeo Pichichi. Aunque entonces sus relaciones con la directiva ya eran tirantes. Él no era de esos tipos que se callan, todo lo contrario. Si veía una injusticia, buscaba el camino para resolverla. Entonces, viendo la poca consideración que se le tenía a la hora de repartir sueldos, pidió un aumento. No le hicieron caso y apostó por moverse en busca de nuevos retos. “Escribió al Madrid, el Sevilla y el Valencia, tres clubes que sospechaba que tenían que reforzar la posición de delantero centro, ofreciéndose. El Valencia no le contestó, el Sevilla, sí, pidiéndole precio, el Madrid se dirigió al Celta… y se armó la marimorena. Le llamaron traidor y antigallego, le impidieron entrenarse con el equipo en la pretemporada, que se pasó haciendo ejercicios en la playa”, recordaba también Relaño acerca de su llegada a la capital para pasar a marcar goles en el recién estrenado Chamartín.

Fue en el Real Madrid donde Pahíño dejó sus mejores registros y demostró el tipo de futbolista que era. Su fútbol no presumía de ser vistoso. No era de alardes ni de jugadas imposibles. Él, sencillamente, marcaba todo lo que le cayera cerca. Le pegaba de lujo con ambas piernas, remataba lo imposible y de cabeza tenía una precisión casi quirúrgica. Su lástima fue no dejar una gran huella en su paso por Madrid. Quizá porque aterrizó en el club algo pronto, pues fue el ‘9’ antes de que Alfredo Di Stéfano llegase al club y lo llevara a otra dimensión. Sin títulos en su palmarés, al menos conquistó su segundo Pichichi, con 28 tantos, en su penúltimo año vistiendo de blanco. En su quinto curso en el Real Madrid, cuando acababa contrato, dejó una nada desdeñable cifra de 19 goles. Tocaba renegociarlo con Santiago Bernabéu. El problema era el presidente tenía una norma con los treintañeros: los contratos se firman año a año. No hubo acuerdo. Pahíño volvió a su tierra, esta vez al Dépor, siendo, por entonces, el máximo goleador histórico de un Real Madrid que viviría, precisamente a partir de su marcha, sus primeros años dorados.

Estuvo tres años en el Deportivo. Aquello, pese a las formas en las que se dio su marcha del Celta, no le privó de ser una leyenda en los dos grandes clubes gallegos. Y en ese periodo, le dio tiempo a consumar su particular revancha contra el Real Madrid. El Dépor visitaba la capital y Pahíño, que dejaría el club coruñés ese mismo año, fue la gran estrella del encuentro. 1-2, dos goles suyos y una ovación por parte de la grada mientras se retiraba del césped. Al acabar el curso, con 33 primaveras a sus espaldas, le llegó una última oferta.

El Granada, el mismo equipo al que hacía once años impidió que subiera a Primera con dos goles y un peroné a la virulé, quería contar con sus servicios para regresar a la máxima categoría. Y dicho y hecho. Marcó ocho tantos vitales en la lucha por el ascenso de los nazaríes, en los 15 partidos que disputó con su camiseta. Quizá la única mancha que impregnó su paso por el Granada fueran los ocho encuentros de sanción que le cayeron tras agredir a Felipe, central del Betis, después de que este le cosiera a patadas en un ataque granadino y los diversos rifirrafes que tuvo con el técnico Álvaro antes de que le relevara Pasarín en el banquillo, con quien se consumó el ascenso a Primera. Este fue el último servicio de Pahíño en el fútbol, en un fútbol, el español, que podría haber disfrutado aún más de un delantero letal de no ser por los tiempos que corrían, donde el veto y la censura al diferente, a tipos como Pahíño, estaba desgraciadamente a la orden del día.