“En el olimpo de las asistencias habitan pases tan célebres como para dejar en segundo plano lo que sucedió después de tan altruista genialidad”, escribía Alejandro Mendo bajo esta misma cabecera. Y, probablemente, no haya gesto más definitorio de estas palabras que aquella asistencia eterna de José María Gutiérrez a Karim Benzema en el estadio de Riazor hace ya una década. Y, probablemente, no se me ocurran ahora futbolistas que entendieran y amaran este arte del modo en que lo hacía el ’14’ del Real Madrid. Un futbolista diferente. De otro tiempo. Tanto por lo que demostraba sobre el terreno de juego como por su manera de entender este deporte, y la vida, de paso, lejos del césped.

Podía tener días malos, acumularlos uno detrás de otro, como quien amontona camisetas y pantalones sobre la silla del dormitorio esperando que, en un fogonazo de inspiración, todo ese cúmulo de mierda pase por la lavadora y reluzca en perfecto estado después de unos cuantos minutos de centrifugado. A Guti le pasaba un poco esto. Unas cuantas suplencias, algún partido entero en el banquillo, a ratos titular. Y de repente, cuando le venía la inspiración, ese estímulo al que Picasso reclamaba que le pillara trabajando, un fútbol de orfebrería. Infinidad de recursos para pasar el balón; de tacón, con el exterior, con el interior, con cualquier superficie del botín. Una visión de juego de alta graduación, como si llevara unas lentes de culo de botella para detectar pases imposibles, invisibles para el resto. Y por si todo lo anterior fuera poco, a veces, cuando los ‘galácticos’ que le rodeaban no tenían el día, también le daba por echarse a su Real Madrid a la espalda y era el capitán que reconducía la nave nodriza hacia la victoria. Como en aquella noche en la que nadie, más que él, vio un hueco para enviarle un balón a Ruud van Nistelrooy y otro a Robinho para que acercasen al Real Madrid al triunfo ante el Sevilla. O como aquella exhibición en el segundo tiempo también contra los hispalenses. O como tantas otras noches en las que el Santiago Bernabéu disfrutó de aquel chaval de Torrejón de Ardoz tan exquisito con el balón en los pies como irregular y excéntrico en su forma de comprender la profesión.

 

Probablemente nunca vuelvan este tipo de futbolistas y solo la nostalgia nos permitirá disfrutar de ese fútbol de antaño. El de los especialistas y los excéntricos, con todo lo que conlleven

 

Y es que José María Gutiérrez, como futbolista, nunca fue lo que se entiende como un alumno ejemplar o un yerno perfecto. Porque decía lo que pensaba. Si por su cabeza pululaba la idea de querer ver al Barcelona perder hasta en los entrenamientos, él lo soltaba. Si creía que un periodista tenía que irse al campo a por amapolas, le instaba a hacerlo. Si sentía que con 40 años no tendría lógica perderse por la noche madrileña, decía que lo haría en la veintena. A quien no le gustara aquello, pues eso, a por amapolas. Y, sinceramente, creo que el fútbol de hoy, aunque le cueste reconocerlo, echa un poco de menos esta clase de tipos.

¿Por qué ya casi nadie demuestra su antipatía por el equipo rival? Si a todos nos encanta gritar los goles que encajan, las derrotas que los hunden, sus días pésimos. ¿Qué es esto de querer hiperprofesionalizar a los futbolistas, mirando con lupa cada movimiento que ejecutan lejos de sus puestos de trabajo? Critiquémosles cuando no metan un gol en diez partidos, encadenen semanas sin dar un pase decente o sea más fácil regatearles a ellos que a un prebenjamín. Pero si necesitan pernoctar para luego meter un hat-trick, a lo Romário, pues adelante. ¿Y por qué ya no hay especialistas? ¿Por qué no existen tipos que se dediquen a regatear y regatear sin cesar? ¿Dónde están esos extremos o laterales que metían centro milimétrico tras centro milimétrico? ¿Y los artistas del último pase? ¿Alguien sabe dónde carajos se han metido? Probablemente nunca vuelvan y solo la nostalgia nos permitirá disfrutar de ese fútbol de antaño. El de los especialistas y los excéntricos, con todo lo que conllevaban. Y mientras, desgraciadamente, cada día que pasa, por tantas y tantas cosas, este juego nos vuelve un poco menos locos que antes.

 


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Fotografía de Getty Images.