Reconozco sentir no poca incomodidad cada vez que un esmerado dependiente me aborda en una tienda con un espeluznante, aunque educadísimo “cómo puedo ayudarte”. Mi instintivo respingo es una mezcla de susto puntual y rechazo general a un saludo que, lejos de acogerme, me hace sentir invadido cual portero en su área pequeña. Y es que en la vida nadie nos pregunta cómo o si puede echar una mano, con suerte arrima el hombro si se lo pedimos. Desconfío, por tanto, del altruismo protocolario de los pobres vendedores y, para minimizar sobresaltos e interacciones, salgo a pasear —por dentro de mí— con los cascos puestos, a menudo sin escuchar nada. La amabilidad desinteresada es otra cosa, me digo.

Tampoco es sencillo que alguien te asista en un campo de fútbol. Conviven en él centros por compromiso desde la banda, pelotazos por necesidad desde la zaga y aleatorios rechazos que antaño llamábamos rechaces y sonaban más dulces. “Hoy día nadie regala nada”, repiten los entrenadores tras los partidos. Quizá por eso las asistencias se hayan convertido en el último reducto de romanticismo futbolero, una expresión de generosidad genuina en la vorágine individual(ista) que envuelve el otrora colectivo deporte rey, el de once contra once. Si goles son amores, no debe ser casualidad que un magistral pase de gol sea una asistencia al bacio en italiano. La antesala del todo, los famosos preliminares.

Como el amor, el noble arte de asistir se cimenta en la empatía y requiere reciprocidad entre pasador y receptor. Y como en toda pareja, a veces flota la sensación de que uno pone más de su parte que el otro —la imperial volea de Zizou en Glasgow haciendo bueno un patadón sin rumbo de Roberto Carlos—, si bien en alguna ocasión se alinean los planetas y el cariño es correspondido —Crespo depositando el balón en la red con ternura en Estambul tras un poético pase de Kaká—. Hay amantes en eterna espera de un tren esférico que nunca llega, como Barone intentando ser visto por el maquinista Inzaghi en aquel contraataque en 2006 en el que Pippo solo tuvo ojos para batir a Cech.

Incluso el gol del siglo, explosión de creatividad y belleza individual(ista), vino precedido de una asistencia. Quiero decir, alguien tuvo que entregar la bola a Maradona en campo propio y que se las apañase contra toda Inglaterra. “Con el pase que le di, si no hacía el gol era para matarlo. Lo dejé solo”, dijo ‘El Negro’ Enrique reclamando entre risas su parte del mérito. Pero los pases de gol son un tema bien serio. Los slaloms arrasan con todo lo anterior; a duras penas recordamos a Busquets evaporándose para que Messi surcase las aguas del Bernabéu en 2011, pero ¿quién asistió a Leo en su maradoniano gol ante el Getafe?, ¿quién le dejó solo antes de quebrar a medio Athletic?, ¿y de crujir a Boateng?

 

Si goles son amores, no debe ser casualidad que un magistral pase de gol sea una asistencia al bacio en italiano. La antesala del todo, los famosos preliminares

 

Aunque la plasticidad o relevancia de un tanto suelan eclipsar al generoso benefactor, muy de vez en cuando el gol es lo de menos por culpa de —gracias a— la belleza que lo precede. Así, en el olimpo de las asistencias habitan pases tan célebres como para dejar en segundo plano lo que sucedió después de tan altruista genialidad. Lo sabe bien un delantero más ducho en penúltimos que en últimos toques como Benzema, quien no contento con haber completado el tacón de Dios ingeniado por Guti, revisitó la obra original desde el otro lado preguntando a Casemiro aquello de “cómo puedo ayudarte”. Como Karim en Riazor o yo de tiendas, el brasileño dio un respingo y finalizó el trabajo sin estridencias.

Existe un modo infalible para detectar esos deliciosos pases con mensaje que son el post-it en la nevera del mundo del fútbol: las celebraciones de dedo índice. Fijaos. Asegurarme tu sonrisa es mi rutina preferida, canturrean los mejores mediapuntas flotando desde la trequarti mientras esperan su cálido reconocimiento. Tardamos décimas de segundo en olvidar el nombre de quien nos acaban de presentar, pero qué importante debe ser un pase de gol para que hasta el atacante más voraz no titubee un instante al festejar: pointing finger y sonrisa de las de “quédate con quien te mire como”. Finalizador y facilitador se funden entonces en un emotivo abrazo que no desentonaría en una campaña de desescalada.

Ante el reinante individualismo estadístico, caramelos con sabor a mano a mano con el portero; ante la frialdad impepinable de los registros goleadores, asistencias que son expected sonrisas sobre el verde. En la era del yo, tú. En la dictadura del último toque, arte desinteresado en la penúltima estrofa. Lo tengo decidido: la próxima vez que un impecable dependiente me asuste al preguntarme si necesito algo contestaré que sí, que me diga quién asistió a Van Persie antes de batir a Casillas en 2014, quién dejó solo a Baggio contra Zubi en el 94, quién susurró a Owen que se las apañase contra Argentina en el 98. Llegó la hora de rascar las imágenes que consumimos sin cesar para ir más allá del highlight.

Traspasemos la superficie de ese producto llamado fútbol y fundámonos en un abrazo con las causas de las consecuencias. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que, tras haber escrito versos sinceros midiendo cada estrofa como un pase al hueco de Özil, el receptor responda solo a lo último. Detengámonos en lo penúltimo. Que empiece la revolución entre líneas.

 


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Fotografía de Getty Images.