A principio del siglo XX, Albert Einstein formuló la teoría de la relatividad, uno de los mayores avances de la historia de la física. Según esta teoría el espacio y el tiempo se encuentran en estrecha relación. La estructura de ambos es dinámica y no estática como se creía hasta entonces. En síntesis, la teoría de la relatividad explica que la curvatura del espacio-tiempo está determinada por la cantidad y tipo de energía que esté encerrada en él. Lo que no supo predecir el físico alemán es que podría haber personas que dominaran tanto el espacio-tiempo que lo pudieran alterar a su antojo. Un siglo después, Andrés Iniesta lo demostró jugando al fútbol: su capacidad para detener el tiempo y gobernar el espacio, con el balón pegado a los pies, no está al alcance de la ciencia. Probablemente, su despedida también responde a ese don para manejar la teoría de la relatividad: nadie mejor que él para escoger el tiempo y el espacio adecuados para dar una asistencia… o para decidir su futuro. El resto de mortales somos incapaces de verlo.

Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Una máxima que se repite en la vida y en el fútbol. En cambio, la unanimidad para venerar a Iniesta ha estado patente desde el primer día. Los aplausos de cada domingo, en cada estadio, parecen hoy simbolizar el mayor adiós por fascículos de la historia del deporte. Un homenaje interminable que, aun así, jamás servirá para acostumbrarnos a su ausencia. Es cierto que ayuda el hecho de que la despedida no haya sido repentina y de que hayamos tenido meses para digerirla. Pero hubiera ayudado más, para asimilarla, ver un declive en su fútbol que nunca se ha producido. Hubiera ayudado dejar de sentir un cosquilleo indescriptible en cada cambio de pie, en cada finta, en cada pase filtrado. Cómo quieres que nos hagamos a la idea, Andrés, si sigues deslizándote con la pelota como un patinador artístico antes de una pirueta. Cómo te vamos a decir adiós, Andrés, si sigues bailando entre defensas que nunca averiguarán dónde escondes lo que buscan. Cómo nos vamos a acostumbrar al fútbol sin ti, Andrés, si sigues flotando por la frontal, en silencio, mirando los ojos de tus rivales como un encantador mira los de las serpientes. Cómo vamos a volver sin miedo al Camp Nou, Andrés, si siempre nos acompañarán las sicofonías de tus clases maestras. Es una despedida imposible.

 

Un trazo de Monet, una nota de Miles Davis, una rima de Benedetti o un control orientado de Iniesta son, estéticamente, la misma cosa

 

Siete meses después de la mayoría de edad, un chico de Fuentealbilla se presentó en nuestras vidas en Son Moix. Níveo. Estilista. Circunspecto. Con una finura que nos prendó desde el primer gesto. El debut terminó cero a cuatro y desde ese día ya le empezamos a echar de menos, con aquel nudo en el estómago que uno siente cuando es plenamente feliz, sabiendo que algún día se va a terminar. Más que los goles de Johannesburgo o Stamford Bridge, lo que de verdad nos estremece, lo que más vamos a añorar, es ese pasito atrás antes de recibir la pelota para cambiar el ritmo, encauzando la conducción con un mimo insoportablemente estilista. A menudo se discute si el fútbol merece ser considerado un arte. Si la respuesta no merece duda es -sobre todo- gracias a Andrés: Un trazo de Monet, una nota de Miles Davis, una rima de Benedetti o un control orientado de Iniesta son, estéticamente, la misma cosa. Hay futbolistas decisivos, goleadores, malabaristas o virtuosos. Pero existen muy pocos artistas. Muy pocos que amen tanto a la pelota como la pelota los ama a ellos. Lo de Iniesta con el balón es un amor mucho más que correspondido. Dos enamorados que uno no osaría importunar cuando pasean su idilio por el campo. Las líneas imaginarias que trazan juntos sobre el verde son como el corazón que dibujan dos tortolitos en la arena de la playa. Impredecible con el cuero como una marioneta fuera de control, pero con la estabilidad propia de un funámbulo, los oponentes parecen achantarse al verlos pasar por su lado. Probablemente por admiración: Qué difícil ha de ser tener la misión de interferir en tan noble presencia de cariño.

Deja el Barça el último reducto del juego hiptónico, el último refugio para la posesión. Su hueco emocional será imposible de cubrir. Pero su pérdida no es solo intangible: también será difícil encontrarle una alternativa futbolística que sirva de ancla para el ‘estilo’. Tras la marcha de Xavi, las transiciones rápidas y la verticalidad se presentaron demasiadas veces, en Can Barça, como fórmula en lugar de como alternativa. Pero la sola presencia del manchego ha servido siempre de brújula para un equipo en fase de conversión. Sin él, el tiempo estará condenado a correr más deprisa. Sin él, el espacio estará un poco más triste. Tras dieciséis temporadas de blaugrana, don Andrés Iniesta Luján, ese español corriente que, desempolvado, bien podría parecer un comercial de seguros, se nos escapa. Pero nunca te vamos a despedir, Andrés. No estamos preparados. Veremos a nuevos futbolistas, nos haremos viejos y el deporte que nos cautivó se alejará de su esencia. Sin embargo, en el interior de nuestras almas nostálgicas, tú seguirás bailando sigiloso con un balón pegado a la bota, con la cabeza levantada, buscando el hueco para colar un pase hacia la eternidad.