Apenas un mes bastó para que comenzásemos a criticar a Mohamed Salah. El egipcio venía de protagonizar una temporada espléndida, espectacular, sólo empañada por aquella fatídica lesión en Kiev que no sólo le sacó de dicha final sino que, como consecuencia, también le privó de disfrutar al máximo de la posterior Copa del Mundo. Pero dio igual. Ni sus problemas físicos ni el entendible bajón emocional sirvieron como atenuante. Estábamos agazapados esperando, y ya era oficial: Salah no había comenzado del todo bien el curso 2018-19, así que ya podíamos dudar de él.

Evidentemente dudar es muy sano. Sanísimo. Pero igual nos estamos pasando por mucho en la sociedad actual. Ahora se duda por defecto y se critica por concepto, porque la crítica es más sencilla y más viral que el elogio. Por eso -y por la sobreinformación-, en la actualidad, cuando un joven futbolista despunta, ya no nos dejamos llevar por la emoción de antaño. Ya no perdemos la cabeza como lo hicimos con Ronaldo Nazário. Ya no nos dejamos sorprender como sucedió con Ronaldinho o Zidane. Porque antes de disfrutar hay que enjuiciar. Y cuanto antes mejor. ‘Pero’ por aquí, ‘pero’ por allá. Todo son ‘peros’.

 

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De Salah primero se dudó utilizando el argumento más ilógico de todos los que los futboleros tenemos a nuestro alcance: “es muy bueno, pero no tanto como Cristiano Ronaldo o Leo Messi”. Luego recurrimos al que hemos utilizado con prácticamente todos los cracks, incluidos los dos anteriores: “es muy bueno, pero gracias a Roberto Firmino y Jürgen Klopp”. Y finalmente, tras el verano, incidimos en el concepto que ya habíamos utilizado sin mucha suerte con Kane: “es muy bueno, pero lo suyo ha sido cosa de un año…”.

Y es posible que en realidad todas estas dudas tengan su parte de verdad. La primera, desde luego. Pero lo cierto es que en el fondo no significa nada. Lo segundo tiene sentido, obvio, pero es lo que tiene que el fútbol sea un deporte de equipo. Todo y todos siempre dependen del contexto. Y lo tercero también tiene su aquel, pues el nivel de inspiración que alcanzó Salah durante la primavera pasada es algo muy difícil de igualar y casi imposible de superar. Pero lo cierto es que sólo tiene 26 años. Hay que darle el beneficio de la duda, más si cabe cuando sabemos que lo normal es que los mejores jugadores del mundo –que no de la historia- comiencen a explotar entre los 26 y los 28 años.

Además, hay razones futbolísticas que ya en septiembre insinuaban que, una vez llegase febrero, la estrella egipcia iba a volver a brillar como lo había hecho el año pasado, pues la clave de su evolución no estuvo relacionada exactamente con la inspiración. Ésta fue la guinda, como lo es siempre. Pero la razón de que Salah explotase fue el contexto táctico que le creó Klopp a partir de su receta clásica: ritmo, velocidad, presión y transiciones.

Los equipos del técnico alemán son el Jardín del Edén de los atacantes modernos. Raro es el caso de mediapunta, extremo o delantero que no mejora bajo su dirección. Sobre todo porque Klopp prima la cantidad sobre la calidad, y eso siempre está más al alcance de todos los futbolistas. A los atacantes se les permite arriesgar, se les pide pensar poco y se les concede toda la libertad del mundo para atacar. Da igual perderla una vez. Dos. Tres. O cuatro. Les va a llegar un quinto y hasta un sexto balón para que vuelvan a intentarlo, pues con una de esas acciones a Klopp le basta para alterar el sino de un encuentro.

 

Aunque comience por fuera, ya no es un extremo. Es un delantero. Escorado, pero delantero. El Liverpool desea que el último toque de cada jugada sea suyo

 

 

Y ya no es sólo el qué o el cómo, sino también el dónde. Antes de llegar a Liverpool, Mo Salah estaba acostumbrado a iniciar los ataques en campo propio. Tenía que recibir bajo presión, tenía que conducir, desbordar a dos, correr cuarenta metros y, en ese momento, tomar la mejor decisión. Un imposible. Su eliminatoria con la Roma ante el Real Madrid fue bastante paradigmática de todo esto. Salah podía llegar a la meta, pero no podía garantizar un mínimo de acierto en la última decisión, en el último gesto. Sin embargo, en Anfield, en el peor de los casos el egipcio comienza los ataques a veinte metros de la zona de finalización. El desgaste es menor, el peligro es mayor y el resultado es mejor.

A todo esto hay que sumarle la amenaza de Sadio Mané en el otro perfil, la influencia de Roberto Firmino y, por último, la gran decisión individual de Klopp: convertir a Salah en un delantero. Porque el egipcio, aunque comience por fuera, ya no es un extremo. Es un delantero. Escorado, pero delantero. El Liverpool desea que el último toque de cada jugada sea suyo. Y así lo lleva siendo en los últimos 15 meses. De ahí que Klopp este año le está probando directamente arriba, unos metros por delante de Firmino en un 4-2-3-1, extremando así el camino que ya había comenzado a tomar el año pasado.

Por eso, en cuanto su inspiración se estabilizó, Mohamed Salah ha vuelto a recuperar ese olfato goleador (20 goles y 7 asistencias en 32 partidos) que ya le ha permitido ser determinante en el decisivo partido ante el Nápoles de la fase de grupos y que le ha hecho ser protagonista en el asalto del Liverpool al liderato de la Premier League. Y lo que está por llegar. Porque una vez hemos llegado a ese tramo del año en el que arrancamos los martes y miércoles con una estúpida sonrisa dibujada en la cara, Mo Salah vuelve a erigirse en una de las principales amenazas de la Copa de Europa.

 

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Leo Messi y Cristiano Ronaldo llevan años haciéndonos recalibrar nuestros recuerdos del pasado y destrozando nuestras futuras expectativas. Pero esto es un error de principiante. Su constancia decidiendo encuentros, desde los más sencillos hasta los más complejos, no tiene comparación en el fútbol moderno. Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Zidane, Rivaldo, Shevchenko, Figo… Ni se acercan. Y no pasaba nada.

Precisamente por eso, son ellos los que deben recordarnos que para ser uno de los mejores futbolistas del mundo –que no de la historia- no hace falta estar a un nivel sobresaliente en cada partido de cada semana de cada competición. Que los mejores, por encima de todo, se distinguen por tener la capacidad de decidir y protagonizar los momentos más importantes de una temporada. Y Mohamed Salah tiene esa capacidad. Su calidad, talento y determinación pueden llevarle a decidir cualquier partido y cualquier eliminatoria ante cualquier rival. Ese es su nivel. Esa es su categoría. Y lo es por segundo año consecutivo. Porque Mohamed Salah llegó para quedarse.