Crecí con la idea de que los defensas centrales debían coleccionar tarjetas rojas, alimentarse de tibias y peronés, además de poseer un aspecto tétrico. Esa clase de persona a la cual no te gustaría encontrarte en un callejón a las cinco de la madrugada. Los había de dos tipos. Aquellos que no tenían pelo o se rapaban al cero para tener un aspecto de exmilitares pasados de rosca y curtidos en mil batallas, o esos de pelo largo grasiento que jamás jugaban con coleta. Defensas centrales de toda la vida, sin gomina ni con las cejas perfiladas. Llenos de heridas de guerra, sangre del rival y unos cuantos trucos que iban desde codazos en las costillas en los córners hasta cómo cagarse en la madre del delantero rival para que este perdiera su cordura. A mediados de los 90 emergió la figura de un futbolista que rompió con todos esos moldes, un defensa que sería considerado como uno de los más elegantes que jamás habían pisado un terreno de juego: Alessandro Nesta.

Romano pero no romanista, Nesta se crió en un suburbio de la capital italiana. Su padre era un hincha de la Lazio, de profesión ferroviario, y decidió que su hijo comenzara su andadura futbolística en las categorías inferiores del club ‘biancocelesti‘. Su ascenso fue meteórico, debutó a los 18 años y en unos años ya lucía el brazalete de capitán. Amo y señor de una Lazio histórica, repleta de futbolistas magníficos como Mihajlovic, Nedved, Almeyda, Stankovic, Mancini, Marcelo Salas, Vieri, Couto, Lombardo, Boksic, Jugovic, Simeone, Verón, Ravanelli y una pléyade de magníficos jugadores. Con el ’13’ a su espalda, no era supersticioso, llevó al equipo de su infancia a lograr dos Scudettos, dos Coppas Italia, una Recopa de Europa y una Supercopa de Europa. Sin duda una de sus peores noches fue cuando no pudo parar a Ronaldo en la final de la Copa de la UEFA de 1998, ese día el brasileño se convirtió en todo un búfalo que no pudo detener ni el mejor defensa del momento.

Su paso por el Milan le haría eterno y seguiría levantado trofeos, uno tras otro, hasta llegar a la ansiada Champions League, la cual conquistó dos veces. Los 30 millones que pagaron por él pronto se quedaron en anécdota, no quiero ni imaginar cuál sería su valor en el mercado actual. A todo ello debemos sumar el Mundial que logró con Italia, aunque no pudo jugar demasiado por lesión. Durante dos décadas se midió a los mejores delanteros del mundo, con el gran mérito que la mayoría de ellos residían en el calcio y se peleaba contra ellos cada siete días. Además, en competiciones europeas o con su selección hacía lo propio. Casi siempre salía victorioso, daba igual las características que tuvieran delante. Si era rápido, lo frenaba gracias a su velocidad e inteligencia, si era un delantero más físico se lo comía gracias a su brillante posicionamiento. No solo les quitaba el balón, trataba de jugarlo siempre sin pegarle una patada que lo mandara hasta el aparcamiento fuera del estadio.

Pese a todo esto, una carrera ejemplar, condiciones magníficas, gran lectura defensiva y una trayectoria llena de títulos, creo que la memoria colectiva de los aficionados tiene bastante en segundo plano lo que ha sido Nesta como defensa. Cuando se elaboran listas con los mejores centrales de la historia emergen nombres como Beckenbauer, Passarella, Baresi, Elías Figueroa, Puyol, Bobby Moore o Maldini, este último compañero en la zaga del bueno de Alessandro. Por condiciones, trayectoria y legado, ¿ha estado Nesta lejos de esos defensas de época? No lo creo, de hecho considero que podría mirarles a los ojos a todos ellos. En su caso, compartió línea defensiva con Maldini durante prácticamente toda su carrera, yendo casi todas las miradas al eterno capitán del Milan y en absoluto Nesta era peor defensa. Al hablar de futbolistas elegantes tendemos a imaginar a los Bergkamp, Zidane, Iniesta, etc. No olvidemos que este señor hacía lo propio cerca de su área, siendo el peligro aún mayor. 

Nesta convirtió en arte evitar el aspecto más lúdico de este deporte: el gol.

 


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