Sonor, Barrata, Zappia o Kurbos. Parecen apellidos sacados de una película porno de clase Z pero corresponden al once del último equipo francés que eliminó al Barça en el Camp Nou. Hace casi tres décadas, un desconocido Metz dio la campanada en Barcelona: tras la primera media hora de aquella vuelta de los dieciseisavos de la Recopa, los blaugranas dominaban la eliminatoria por 5-2. Una hora más tarde, los Carrasco, Schuster, Rojo, Archibald, Víctor Muñoz y compañía estaban eliminados.

Corrían los primeros años 80: Barcelona aún no se intuía olímpica, las Ramblas todavía no se habían convertido en un Eurodisney para turistas cool -sólo había putas y marineros- y Jordi Pujol jr. apenas empezaba a trapichear con su cuenta de ahorro infantil. Todo estaba en orden, nada hacía presagiar una debacle. Pero aquel Barça era muy distinto al actual: los jugadores llevaban bigote, la segunda equipación era bonita y el culé se acostumbraba a una sesión continua de decepciones ligueras. En las anteriores 24 temporadas el Barça sólo había cantado un alirón. Durante aquel cuarto de siglo eterno, la entidad blaugrana engañó el hambre picoteando alguna Copa de vez en cuando, y llevándose un par de Recopas a la boca. Eso fue todo. La falta de títulos empujaría al club al discurso, a las brillantes metáforas de Vázquez Montalbán y al desencanto juguetón de la gauche divine. Durante mucho tiempo -como mantiene Ramon Besa- el Barça fue un club con más relato que títulos.

Justo ese Barça, tan diferente del de hoy, fue el que recibió al Metz el 3 de octubre de 1984. El equipo de Terry Venables venía de una agradable escapada a la región de Lorena (2-4 en el coqueto Saint-Symphorien); nada hacía pensar que el campeón de copa francés pudiera amargarle la tarde a los escasos 24.000 aficionados que retiraron su entrada en taquilla. El centrocampista francés Vicent Bracigliano recuerda el partido de vuelta con cierta displicencia entre los jugadores azulgrana: “Ellos nos tomaron verdaderamente por turistas y eso nos espoleó”, evoca. El portero, Michel Ettorre, lo explica de otra manera: “Incluso aunque no pensáramos en conseguir la remontada, nos conjuramos para saltar al campo con unas ganas locas de vengarnos y mostrar que éramos mejores que en la ida. De hecho creo que nuestro éxito se basó en cierto sentimiento de vejación previo”, ha declarado a los compañeros de SoFoot.

banderinesLa víspera, el equipo francés entrenó sobre el césped del Camp Nou. “En lugar de hacerlo suavemente durante 45 minutos, nos pegamos dos horas y media de partidillo siete contra siete, sólo por puro placer. Y luego nos fuimos a beber algo, hasta las dos de la madrugada”, recuerda Jean-Philippe Rohr, entonces centrocampista del Metz y hoy jugador profesional de póker. Al día siguiente, todo estaba planteado para penalizar a la defensa del Barça (Tente Sánchez, Migueli, Alexanco, Julio Alberto) con las internadas veloces de un yugoslavo que estaba a punto de vivir el partido de su vida: Zvonko ‘Tony’ Kurbos.

Nacido en Maribor, entonces Yugoslavia, y criado en Alemania, Kurbos ya había protagonizado la final de la Coupe de France unos meses antes: una asistencia y un gol suyo en la prolongación le habían dado al Metz el segundo trofeo de su historia. En cualquier caso, la primera media hora en el Camp Nou se ajustó al guión previsto -salvo por la equipación del Barça, que por coincidencia de colores hubo de vestir la de respeto-. El equipo local dominaba y creaba ocasiones, pero las fallaba como si se tratara de un entrenamiento contra juveniles. “Los discípulos de Venables se emborracharon de balón. Schuster les daba las copas y ellos las apuraban hasta el final en una bacanal de errores futbolísticos que hubiera puesto los pelos de punta al menos exigente de los aficionados. Para colmo, Carrasco marcó el primer gol y aquello llevaba camino de ser jauja”, escribía José María Sirvent en El País.

Entonces, en el 37, comenzó el festival de Kurbos. Primero un disparo que sorprende a Amador, el portero suplente aquel día titular; un minuto después con otro envío suyo que ‘Tente’ Sánchez introduce en su propia puerta. A los diez de la segunda mitad, nuevo tanto de Kurbos que, entonces sí, extiende el miedo desde la grada hasta el césped. “Lo podíamos ver en los ojos de sus futbolistas”, explica Rohr, “mientras que nosotros empezábamos a notar una especie de seguridad extraña: sabíamos que lo íbamos a lograr”. Y a falta de cinco minutos para el final, ante una inexplicable laxitud defensiva, el senegalés Bocandé sirve un pase al punto de penalti para que Kurbos -quién si no- remache al fondo de la red. La remontada se había completado: muchos años después, The Guardian la sigue considerando como “la mayor sorpresa en la historia de las competiciones europeas”.

Tres décadas después, Kurbos vive en la Costa Azul y se dedica a la importación de coches alemanes. Bocandé, el africano que le acompañó en la delantera aquella noche mítica del Camp Nou, falleció el año pasado en una complicada operación vascular. Rohr, el jugador de póker, viajó el pasado fin de semana precisamente a Barcelona para jugar un torneo de Texas Hold’em. Por su parte, Bracigliano cierra el recuerdo de aquel partido con una anécdota: “Cuando nos subíamos al autobús, saliendo del Camp Nou, vimos a los jugadores del Barça subiéndose a sus cochazos: Porsche, Ferrari… ¡Nosotros teníamos un ‘Dos caballos’, como mucho un Renault 8! En ese momento nos sentimos un poco amateurs, y vimos que había un mundo entre ellos y nosotros”.

Han pasado 29 años y ningún equipo del otro lado de los Pirineos ha vuelto a eliminar al FC Barcelona en su estadio. Esta noche, el Paris Saint Germain podría repetir la hazaña, pero no tendrá tanto glamour como aquel grupo de bigotudos que entró en el Camp Nou como un ‘Dos caballos’ y salió convertido en un Ferrari. El Metz, por cierto, sería eliminado en la siguiente ronda de la Recopa 84-85 por el Dynamo de Dresde. Y el Barça se conjuraría, a partir de la ignominiosa derrota ante los granates de la Lorena, para ganar esa misma temporada la décima liga de su historia.