El chándal no es una prenda de ropa, es una filosofía. Es la prórroga del pijama. Te sirve para pasear al perro, para fumar en el parque, para ir al super a por el tomate triturado de última hora. Con el chándal puedes teletrabajar, que es como reírte un poquito del capitalismo. Te vale hasta para una Nochevieja viendo Cachitos, tal y como están las cosas. Desde el de Chenoa, el chándal con más dignidad de la historia, hasta el de El juego del calamar. Los hay acampanados o que se agarran al tobillo. De terciopelo, de algodón, de lana o de licra, con los que traspasas más electricidad que Tormenta, de X-Men. El triunfo del chándal, una prenda a veces estigmatizada, es el triunfo del sudapollismo, de la comodidad por encima de la elegancia. Si el chándal vive, la lucha sigue.

José Luis Mendilibar, como el chándal, sobrevive al paso del tiempo. Nos recuerda a un fútbol de otra época, ahora que está cada vez más pautado y estudiado, en gran parte gracias a la tecnología. Y eso, que quede claro, es muy bueno. Anquilosarse al pasado y vivir de la nostalgia es tan tramposo como dañino. Solo tenemos que vigilar con una cosa: a ver si por enfocar el fútbol hacia las tablets perdemos el fútbol de la calle.

El nuevo técnico del Alavés, que dijo en una entrevista en El País que ni en el paro se iba a comprar una tablet, tiene sus propios métodos. “Prefiero hablar con gente de fútbol, es lo que más me gusta”, le dijo a Enrique Ortego. Utiliza un diccionario de bolsillo, en el que caben unas pocas palabras, pero que no necesitan traducción. Nada de lado débil o lado fuerte. Nada de llamar sujetos a los futbolistas.

 

Su estilo de juego también está en peligro de extinción. Quiere jugar a calambres, a recuperar rápido la pelota y a cargar el área, como si sus laterales y extremos fueran arqueros en una muralla

 

Mendilibar recuerda a ese profesor del colegio que no sabía usar el proyector. Que, mientras te explicaba la sintaxis o las formaciones geológicas, te enseñaba más de la vida, una asignatura que con los años ves que siempre necesitas recuperar. Mendilibar es el único que se camela a los díscolos. De Orellana, que en ningún equipo rindió como en el Eibar, Mendilibar dijo: “Le tienes que entender porque si no te puede mandar a tomar por saco y le pierdes y entonces es peor porque le pierdes”. Sus jugadores sabían que iba de cara y le compraban el discurso. La mejor frase para definir a Mendilibar la pronunció Pedro León: “Es como si fuese mi padre, aunque habría momentos que tendría ganas de matarlo”.

Su estilo de juego también está en peligro de extinción. Quiere jugar a calambres, a recuperar rápido la pelota y a cargar el área, como si sus laterales y extremos fueran arqueros en una muralla. Es un sistema sencillo pero no simple. Trabajado pero no sofisticado porque sí. Como él. Un extraterrestre en la sociedad de las fachadas. Para qué aparentar si ya vale con lo que somos. Para qué brillibrilli. Para qué filtros de Instagram. Para qué ponerme un vaquero si lo que me apetece es ponerme un chándal.


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.