Nunca he llegado a descifrar la ciencia que permite determinar la calidad de un melón sólo con presionar sus extremos o golpearlo. Quizá se deba a que detesto los melones, en buena parte por culpa de ese plato tan en boga en los 80 que trataba de maridar un generoso tajo de huerta con unas groseras lonchas de jamón curado. Pero algún misterio debe de haber cuando los consumidores de esta cucurbitácea llevan generaciones asegurando sus adquisiciones con insultante rotundidad: tanto que a veces al verlos ahí, en mitad la frutería, emitiendo sus diagnósticos meloneros como si fueran críticos de arte moderno –“fíjate qué tacto”-, no puedes por menos que desear que a tus vecinos les salga un Overmars o un Kaká a la hora del postre.

Los jugadores de fútbol son tan impredecibles como los melones. Algunos parecen maduros para la cita, y efectivamente lo están; otros, en cambio, engañan hasta al analista más avezado, que sólo al abrirlo descubrirá como su adquisición fue en realidad arrancada demasiado pronto -o demasiado tarde- de su mata. Es muy difícil acertar con la mejor pieza del mercado. Y más aún hacerlo a buen precio. Pero a veces ocurre, claro. Y en este comienzo de temporada nadie sonríe tanto al abrir la nevera como el técnico del Leicester, Claudio Ranieri.

Los jugadores de fútbol son tan impredecibles como los melones. Algunos parecen maduros para la cita, y efectivamente lo están; otros, en cambio, engañan hasta al analista más avezado

Él no lo fichó pero está paladeando cada bocado, fresco y sabroso, de Riyad Mahrez. Cosecha de 1991, Mahrez creció como tantos hijos de la banlieu parisina, entre bloques de viviendas con olor a cuscús. Los partidillos callejeros eran pasatiempo pero podían convertirse en pasaporte: a un barrio mejor, a una ciudad mejor, a una vida mejor. “No estoy programado, como esos jugadores que salen de las academias. Allí, a las nueve comienzan de la mañana a decirte: ‘Haz esto, haz lo otro’ […] A veces me ves jugar y puedes pensar que sigo jugando en las calles. Y eso aporta algo diferente al equipo”, ha declarado al Guardian.

Su fútbol anárquico le permitió escapar de su barrio natal, Sarcelles. Despuntaba en el modesto Quimper cuando el PSG y el OM llamaron a su puerta. Él, en cambio, optó por El Havre. Puede sonar a boutade, pero no lo es: aun en Ligue 2, el club portuario mima el fútbol formativo como pocos clubes en todo el Hexágono. Allí, a orillas del Atlántico, el melón silvestre se peló y envasó para convertirlo en un plato apetitoso. A principios de 2014 apareció un comprador con hambre, criterio y pasta: 450.000 euros, rumbo a Leicester. Llegó a tiempo para colaborar en el primer ascenso de los ‘foxes’ en una década y a colarse en la lista de los otros zorros, los del desierto, en el segundo Mundial consecutivo para Argelia. Él, francés hijo de argelino y marroquí, optó por ‘les Fenecs’ como agradecimiento a su padre, Ahmed, fallecido en 2006 tras sufrir un infarto. “Me acompañaba a todos los partidos, me daba consejos para mejorar… Siempre quiso que fuese futbolista. Tras su muerte me lo tomé aún más en serio”.

El curso pasado fue el de su debut en Premier; este parece el de su explosión, una de las más ruidosas de los últimos tiempos. En cinco jornadas lleva cuatro goles y dos asistencias. Ayer, con el Aston Villa ganando 0-2 a falta de media hora, Mahrez encendió su modo ‘pro’: ese que le permite dibujar conducciones temerarias a una velocidad por la que deberían retirarle el carnet; ese que le faculta para, con quiebros y regates, dejar montañitas humeantes de rivales en las cunetas; ese que finalmente le habilita para resolver cada acción con un disparo enroscado. Su zurda hace dos meses era un fuego de artificio underground pero hoy, anotado su apellido en algunos de los despachos más lujosos del fútbol continental, ha encaramado a un Leicester invicto -ayer acabó venciendo 3-2- hasta la segunda posición de la tabla.

A ver cómo sale este melón. Hasta yo, que no soy experto en el tema, puedo intuir que tiene una pinta estupenda. Y que durará poco en la nevera de Ranieri.