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Luis Suárez y los locos que no se cansan nunca

Se fue entre lágrimas de Barcelona, levantó la liga con el Atlético. Le dijeron que en Europa ya no tenía sitio, levantó la liga con Nacional. El delantero no se rinde

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Antón Chéjov dijo una cosa: No acaba uno con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir”. Hay futbolistas que tampoco se sabe muy bien por qué juegan. Qué es lo que buscan. Si llegan a sentir placer al hacerlo. Casi siempre persiguen el balón con una extraña mueca en el rostro, como si en realidad corrieran para llegar al baño, o para no perder el autobús, incómodos, un gesto amargo y a veces incluso desesperado. Desprenden mala leche. Preferirías no tenerlos detrás en un atasco. No pedirles un favor, no empujarlos sin querer en la cola del aeropuerto, no discutirles el cambio. Podrías buscarte un problema. Si el remate se va al travesaño, gruñen. Si el árbitro les pita un fuera de juego, gruñen. Si el rival les hace la zancadilla, gruñen. Si el entrenador les da una indicación, gruñen. Si pasa una mosca a cien metros, gruñen. Si la bolsa de Shanghái cae un 0.43%, gruñen. Solo se destensan un poco, o hasta desenvainan algo parecido a una sonrisa, si marcan un gol o ganan un partido. Pero pronto se meten en el nubarrón de nuevo, porque siempre hay otro gol que marcar y otro partido que ganar. La mayor parte del tiempo no parece que estén a gusto. Y, sin embargo, en ese instante, mientras rebufan como un rinoceronte en una jaula, lo están. Probablemente más que tú y que yo. Manuel Vicent sostiene que “los cuadros perfectos mienten”. Pasa lo mismo con los futbolistas como Luis Suárez. Son una trampa. Por el número de veces que lamentan un error, se acuerdan del familiar de un adversario o protestan al colegiado, se diría que están atacados, al borde de un ataque de nervios o a punto de echarse a llorar. No tiene mucho sentido alargar una carrera en esas condiciones, piensas. Demasiado desgaste. Que se pasen al Danacol. Pero no. Lo difícil de entender, el ángulo muerto del asunto, es que en el fondo están pletóricos, como si bailaran encima del fuego. Hay personas que hacen del sufrimiento una manera de proceder. Otra forma de felicidad. En cada mala cara que ponen y en cada berrido que sueltan hay un canto de amor a su profesión. Son puntillosos, son insaciables, están locos, y esa fuerza es precisamente la que los mantiene vivos. No se cansan. Suárez no pasará a la historia como un experto en buenos modales ni como un tipo con sonrisa Vitaldent. Mejor. Cuando ya no esté en el campo, nos acordaremos de cómo se mataba a sí mismo por fallar un gol, y de que ese desgarro no era más que la asistencia para meter el siguiente. Se fue entre lágrimas de Barcelona, levantó la liga con el Atlético. Le dijeron que en Europa ya no tenía sitio, levantó la liga con Nacional. Insinuaron que un Mundial no se compite a los 35 años, ya tirita Catar. Y todo por lo mismo. Por ese puto balón que rebotó en el palo.

 


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Fotografía de Getty Images.