Hay futbolistas que son como el coronavirus: parece que nunca se van a erradicar. Sobre el campo fallecen varias veces, incluso en el mismo partido. Los crucifican cada cierto tiempo. Reciben un jaque mate después de las derrotas. Pero ellos siempre consiguen salir. Son inmortales como escribió Borges que lo son todas las criaturas menos los hombres: porque ignoran la muerte. Hasta para vivir eternamente hay que valer. “Quieres ser inmortal y después no sabes qué hacer los domingos por la tarde”, asentó el escritor gallego Xurxo Chapela. Por eso muchos delanteros son inmortales: porque los domingos por la tarde marcan goles.

Luis Suárez es uno de esos jugadores que salen de la tumba cada vez que los entierran. Nosotros le ponemos fecha de caducidad, pero él, como Voldemort, esparció su alma en horrocruxes, diferentes objetos para conseguir la inmortalidad. Como pasaba con el villano de Harry Potter, cuesta tanto derrotarlo porque antes hay que destruir todos esos objetos. No pudieron con él después del incidente con Evra. No pudieron con él después del mordisco a Chiellini. No pudieron con él cuando no marcaba en Champions League fuera de casa. Ni siquiera pudieron con él cuando le enseñaron la puerta de salida del Camp Nou.

“Me menospreciaron”, dijo después de marcar el gol que le dio el título de liga al Atlético de Madrid. Los malos sentimientos son gasolina y la venganza es sin plomo 95: gasta mucho pero te sirve para avanzar. Futbolistas como Suárez se alimentan de las críticas, las digieren como un niño bueno se come las espinacas y después las escupen en la cara de sus padres. Nos damos cuenta de lo mal que lo ha pasado cuando está bien. El fracaso se conjuga en pasado. Nos gustan las historias de superación cuando ya se han superado. Cuando el protagonista ha salido del túnel, no cuando está metido en él. Suárez vuelve a estar amenazado, Suárez vuelve a parecer mortal, Suárez tiene fecha de caducidad.

 

La portería es un confesionario: si la pelota entra, el delantero sale purificado y con todos los pecados perdonados

 

Empezó bien el curso pero se ha estancado en nueve goles. Lleva siete partidos de liga sin marcar y solo ha anotado un tanto, contra el Rayo Majadahonda, en los últimos nueve partidos. Ya no es un fijo y le reprocha a Simeone los cambios. En la semifinal de la Supercopa, entró al campo cuando el Atlético ganaba 1-0 y el Athletic acabó remontando. Empieza a ser el foco de las críticas. Algunas hasta parecen sensatas, difíciles de contradecir. No se desmarca, no presiona, no ayuda al equipo a salir desde atrás. Muchos argumentos a favor para sentarlo en el banquillo y solo uno en contra: el gol.

Porque cuando Luis Suárez vuelva a marcar, el gol le darán la razón. La portería es un confesionario: si la pelota entra, el delantero sale purificado y con todos los pecados perdonados. Nos pasamos todo el día hablando de fútbol y solo el gol escribe el punto final. Contradice al que tiene razón y al que no tiene ni idea. Lleva la contraria al periodista trajeado y al aficionado que está en el bar. Cuando todo está oscuro, el gol enciende la luz. Por eso ahora, cuando Suárez se queda sin argumentos, cuando vuelve a estar arrinconado, más debilitado que nunca, él aguarda en el área amarrado al último horrocrux: el gol.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.