20 de septiembre de 2019. Se enfrentan Club Atlético Colón y Clube Atlético Mineiro en la ida de las semifinales de la Copa Sudamericana. Es un partido especial para uno de los jugadores ‘sabaleros’. Luis Miguel Rodríguez, más conocido como el ‘Pulga’, debido a su 1,57 m, acaba de perder a su padre. Marca el 2-1 que acerca a Colón a la final. “Estaba en un momento muy complicado de mi vida y decidí estar presente porque es un partido que marca la historia del club”. Y la gesta no acaba aquí. Luis Rodríguez, que también sería decisivo en el partido de vuelta, consigue clasificarlos a una final de ensueño. Se lo dedica a él, a Pocholo, ya que sin su padre no estaría donde se encuentra ahora mismo.

Sus inicios son, para bien o para mal, como los de casi todos los jugadores del fútbol profesional: humildes y costosos. Con una familia de nueve hermanos, Luis tuvo que trabajar de albañil, de pintor o de lo que fuese con tal de poder ayudarles a salir de la pobreza. El ‘Pulga’ dormía en la misma habitación con cuatro de sus hermanos y desde muy joven empezó a despuntar con un balón. Su padre, cansado de ver a su hijo jugar descalzo en los campos, decidió hacer un gran esfuerzo para darle unas botas decentes. Un gesto muy importante que significaría todo para el ‘Pulga’. “Me los compró en una feria y costaban 30 pesos. Fue impresionante el sacrificio que hizo para darme eso”.

Con 14 años, jugó un Mundialito de clubes con un equipo filial del Inter de Milán en Gran Canaria. Ese torneo, celebrado en 2003, supuso el gran escaparate para Luis. Fue elegido el mejor jugador del campeonato y el Real Madrid le pidió que se quedase unos días para hacer unas pruebas. Finalmente, rechazó la oferta del club ‘merengue’, tras haber sobresalido, por culpa de su representante y una oferta del Inter que tampoco llegaría a materializarse. Ni en uno ni en otro: Luis Rodríguez se quedó sin poder jugar en Europa. Pero su historia no acabó ahí. Conoció a un agente que le convenció para ir al Craiova rumano a hacer unas pruebas por 500 dólares mensuales. Una gran estafa que dejó a Luis y a tres chavales más sin dinero, vivienda y club, sin saber el idioma del país y tirados en una estación de trenes.

Volvió a Argentina, después de numerosas escalas y vuelos, convencido de que no volvería  a jugar a fútbol. “En tres meses pasé de que el Real Madrid se interesara en mí a ser ayudante de albañil”. Retomó su trabajo en la obra mientras jugaba en el potrero, uno de esos campos improvisados donde niños y jóvenes juegan al fútbol amateur. Hasta que su hermano le convenció y regresó al fútbol profesional. Después de recalar tanto en Racing de Córdoba como en Newell’s, fichó por Atlético Tucumán, el club de sus amores, y consiguió todo lo que se propuso: campeón del torneo Argentino A en 2008, campeón del Nacional B en 2009 y en 2015, finalista en la Copa Argentina de 2017 y disputa la Copa Libertadores 2018 contra Grêmio, que finalmente pierde en cuartos de final.

En Tucumán se convirtió en un ídolo. Tras 325 partidos consiguió marcar 130 goles. En su centenario goleador, los aficionados lanzaron al campo 100 balones. Todo cambió con su extraña salida del club, propiciada por su afiliación al Partido Justicialista. Una decisión que, lejos de la esfera futbolística, marcó el adiós del ‘Pulga’.

Ahora Luis es otra vez una estrella, esta vez no en Tucumán, sino en el Club Atlético Colón. Por sus grandes actuaciones en la Copa Sudamericana y por los goles que han llevado a este humilde equipo a una final soñada. “Esperemos poder bordarle una estrella a este escudo”. La gran final se disputa este sábado en el estadio General Pablo Rojas, Paraguay, contra Independiente del Valle.

Su incansable sonrisa, su forma de ver el fútbol y su increíble positivismo no se pueden explicar sin mencionar sus creencias religiosas. El fútbol no lo es todo para Luis Rodríguez. La religión es una de sus grandes preocupaciones y durante su juventud trató de encontrar una creencia que le llenara. La encontró en el hinduismo, una fe que se basa en las reencarnaciones y que exige un aprendizaje hasta que se llega al escenario final,  más conocido como Nirvana. Para él no hay fracaso, solo un nueva lección. Fallar un penalti, una ocasión de gol o una jugada no le enfada ni le hace perder la sonrisa. “Nuestro paso por el mundo no es más que una transición. Es como el espacio que comunica el vestuario y la cancha, el nacimiento y el Nirvana. Nacemos en el vestuario, el paso por la tierra es ese momento en el que esquivamos encendedores, llaves, escupitajos y orina en botella que envía la platea rival, y que intentan desestabilizarnos, pero nos fortalecen cada vez más, y cuando tocamos la cancha nos sentimos invencibles”, es lo que comenta el ‘Pulga’ como una analogía de sus grandes pasiones: el fútbol y el hinduismo.

Nunca sabremos cómo habría sido su vida si hubiese fichado por el Real Madrid aquel lejano 2003. Quizás la historia hubiese sido muy diferente a la que tenemos hoy. Sin embargo, solo nos queda disfrutar del camino que nos queda por recorrer y aprender de los errores del pasado. Tal como hace Luis Miguel Rodríguez.