Yo he visto goles que vosotros no creeríais. Misiles de Gerrard. Latigazos de Lampard. Obuses de Ronaldo. Proyectiles de Baines. Trompadas de Sigurdsson. Voleas de Rooney. Mazazos de Beckham. Puntapiés de Payet. Roscas de Henry. Cañonazos de De Bruyne. Todos estuvieron a punto de echar una portería abajo. Todos se marcaron en la Premier League. 

Yo he visto goles que vosotros no creeríais. Y aunque los he visto desde el sofá de casa, sin tener que subirme a un avión, he podido escuchar su ruido de forma nítida, un golpe seco y tremendo, como si dos coches chocaran fatalmente en la autopista. Hay golpeos que no necesitas volumen para saber cómo suenan. 

Al fútbol inglés le debemos varias cosas. Las pintas prepartido. Los cánticos. Los banquillos adosados a la grada. Los tackles. La lluvia. Wembley. Eric Cantona. Las pintas pospartido. Pero quizás ninguna nos provoque tanta admiración como esos goles que, por un misterio que todavía nadie ha conseguido resolver, parece que solo se puedan marcar en ese lugar. 

Probemos a describirlos. El partido tiene que estar inclinado hacia uno de los dos polos del campo. Mientras el rumor del público se hace cada vez más grave, la jugada del equipo atacante va ganando metros, los necesarios para que la mayoría de los futbolistas embotellen el área y se abran algunos claros en la frontal. Por un guiño del destino, que puede ser un pase o un mal rechace, la pelota, en lugar de dirigirse al meollo, acaba en la periferia de la zona de peligro. Cuanto más lejos, mejor. Y entonces, como si viniera de recoger un paquete de Correos, o de fumarse un pitillo en la calle, de repente irrumpe en la escena un futbolista solitario. El cuero avanza hacia él de manera inquietante, como los perros heridos que van a morir a los pies de su amo. La premisa está clara: debe engancharlo de primeras. Da igual que le llegue raso, alto, lento, rápido, que le pille más o menos cómodo. Debe engancharlo de primeras. Pum. Bala de francotirador, parábola del demonio. A la red. Y voilà. Otro gol extraordinario.  

Hay médicos que están especializados en el corazón, hay cocineros que están especializados en la tempura y hay políticos que están especializados en meter la pata. Los futbolistas de la Premier, por su parte, están especializados en un género del gol que no admite réplicas en otras partes del mundo. Disparos lejanos, potentes, estrepitosos, monumentales. Como el que firmó Kovacic en el Chelsea-Liverpool de este fin de semana, el último en sumarse a la colección.

Mientras interpretaba a Hamlet en el teatro, Eduard Fernández confesó en una entrevista que cada noche de función, antes de abandonar el camerino, se ponía la COPE en los auriculares para entrar de mala hostia en el escenario. No estaría de más preguntarle al centrocampista croata que fue lo último que escuchó antes de saltar a Stamford Bridge, porque no es fácil entender la contundencia de su trallazo. Qué violencia, qué temblor.

El balón se coló en la portería del pobre Kelleher echando humo y todos volvimos a ser conscientes de que el milagro se había vuelto a producir. Sí, claro. Puede que haya truco. Que el ángulo de las cámaras sea distinto, que el enfoque de las retransmisiones británicas condicione nuestra mirada y nos lleve a engaño. Pero preferimos seguir pensando que ese remate obsceno y perfecto jamás podría verse en un Elche-Granada. Los goles de la Premier son amor. Y el amor, como decía Torres-Pardo, si sabes explicarlo ya no es amor. 

 


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Fotografía de Imago.