‘Mindhunter’ es una serie de Netflix que escarba en las profundidades de la mente humana. Dos agentes del FBI se proponen, en la década de los 70, entender qué empuja a los asesinos a cometer sus crímenes. Después de entrevistar a los más peligrosos convictos de los más peligrosos centros penitenciarios de los Estados Unidos, logran reconocer patrones comunes en algunas conductas. Infancias turbulentas, psicología débil, ausencia de figuras paternas, factores ambientales, pulsiones ocultas, deseos reprimidos… ‘Estresores’, como así los llaman los investigadores, que repercuten finalmente en la consumación de la perversión y la violencia.

Justamente para tratar de traducir el acto irracional a un lenguaje corriente, los agentes provocan a sus entrevistados con el objetivo de reconocer aquellos elementos discordantes; y no son pocas las veces en las que logran conectar suficientes piezas para llegar a comprender (que no disculpar, obviamente) su disfuncionalidad. Tal es la crudeza de algunos diálogos que el espectador no solo siente escalofríos por lo que un ser humano es capaz de hacer, sino que en un ejercicio aun más perverso, también asume que la maldad cobra todo el sentido del mundo en según qué personalidades. La reflexión que acompaña la serie, deslizada ya desde su primer capítulo, se recoge como un reto indispensable para continuar con el visionado: “¿el psicópata nace o se hace?”.

Sirva esta introducción seriéfila para trazar alguna que otra analogía con la mentalidad de algunos futbolistas. Y más concretamente, con la de Diego Costa, que ni es un asesino ni es un ser disfuncional, faltaría más, pero que ayer se reencontró con la competición… como sólo él es capaz de concebirla.

El delantero hispano-brasileño, depredador consumado cuando se viste de corto, redebutó con el Atlético de Madrid a lo grande, marcando a los cinco minutos de ingresar en el terreno de juego. Pero lo realmente impactante fue lo que ocurrió después. Que es, fundamentalmente, lo que todos, sin excepción, esperábamos. En media hora le buscó la cara a varios rivales, se metió en otras broncas, vivió al límite del fuera de juego, realizó carreras imposibles y hasta amagó con lesionarse fruto de la exagerada atracción que siente por la portería contraria. Medio cojo, y con dos heridas ‘tatuadas’ en su pierna derecha, se esforzó en pelear cada balón y reivindicar aquello que siempre le definió. Una secuencia que nos devolvía al Diego Costa de siempre. Al que odias o amas. Pero que no engaña en su presunción de inocencia: si es culpable de sentir así este deporte, entonces es culpable de vivir cada partido como una liberación emocional.

Su comportamiento del todo predecible, inalterable siquiera tras un periodo de inactividad de más de siete meses, nos conduce de nuevo a la inquietante teoría de la serie policial. ¿De dónde nace la frenética obsesión de Costa por competir, intimidar, marcar y querer ganar de la forma en la que lo hace? ¿Un delantero de estas características “nace o se hace”? El canario Vitolo, que debutaba ayer como colchonero, definió a su compañero como alguien que “metería la pierna hasta en un ventilador”. Un acto que podría ser irracional para el resto de la humanidad, pero no para Costa. Quién pudiera entrar en su mente.