“Rara vez me he sentido más deprimido en mi vida que aquel fin de semana. Después de 19 años de haber dado todo lo que tenía para marcar goles, al final metí uno que casi hubiera deseado no meter”. El 27 de abril de 1974 el Manchester United certificó su descenso a segunda división al perder 0-1 en el derbi de la ciudad. Era el final de una rápida decadencia que se había acelerado con los años. El autor del tanto (y de la frase que encabeza este párrafo) fue Denis Law, vieja leyenda que volvía a casa en el peor de los escenarios. 

No habían pasado ni seis años desde que los ‘Diablos rojos’ habían tocado el cielo como el primer equipo inglés que levantaba una Copa de Europa. Eran otros tiempos. Vaya si lo eran. En mayo del 68, en Old Trafford, el ritmo lo marcaba la ‘Santísima Trinidad’. Pese a su nombre sacro, aquello no olía a incienso ni sonaba a canto gregoriano. Era más dulce y gritón. Era pop inglés, cine en color, invasión británica de los campos de fútbol. Law, escocés, se hartaba a meter goles bien servido por el capitán inglés Bobby Charlton y el talento reluciente del irlandés George Best, en un trío que había colmado las expectativas de un club que solo una década antes se había deshecho en la tragedia del accidente aéreo de Múnich, en el que murieron ocho de sus futbolistas. El milagro era volver a ser feliz. Y la ciudad gris e industrial, como una París más al norte, tenía luz, era una fiesta: Law había ganado el Balón de Oro en 1964; fue el primero de los tres en conseguirlo. Charlton lo seguiría en 1966, impulsado por el Mundial inglés, y Best lo obtendría en 1968, después de la citada ‘Orejona’ lograda ante el Benfica, en Wembley (esta vez sin Law, lesionado). En los 70, sin embargo, la magia se iría diluyendo, y la decadencia, compañera inevitable de todo jugador, se haría notar entre los problemas físicos de Denis, los devaneos extradeportivos de George y el ocaso de Charlton. Todo acaba y poco queda. Pero se mantendría vivo el recuerdo, así como el amor por el rojo mancuniano, uno de esos colores, elegidos entre el resto, que no se borran ni con lejía (el retorno de Cristiano Ronaldo es el último ejemplo de ello). 

Por eso en abril del 74 Law no pudo ni supo celebrar su último gol oficial. No se había movido de la ciudad, pero, al borde de la retirada, y después de que el United prescindiera de sus servicios once años después de su llegada, optó por vestir el celeste del City. Pocas veces una cámara de televisión ha captado con tanta precisión el momento exacto en el que un jugador se convence del todo de colgar las botas. “No quería perder, pero tampoco ganar. Así que la cosa iba bien para mí con el 0-0”, explicó. Todo iba ‘bien’ hasta que surgió por última vez el atacante que llevaba dentro. La cabeza se desconectó de los pies por un segundo (requisito imprescindible de todo goleador) y resolvió una jugada extraña en el área con un taconazo instintivo que entró manso, tragicómico. Depredador y artista; la belleza del tanto no hacía más que añadir dramatismo al cuadro gótico que se pintaba. Pocos minutos después, la afición del United invadió el césped con la esperanza de parar el tiempo, suspender el choque y volver a empezar. El intento, claro, resultó fallido, un desenlace extraño que añadía espesura al ambiente de irrealidad que cubría el Teatro de los Sueños. Los ‘diablos’, qué cosas, iban a pasar un año en el infierno. Sería una experiencia refrescante, una manera de renovarse y mirar al futuro a la cara. Mientras, se cocía el reinado europeo del Liverpool, pero esa es otra historia que a Law ya no le interesaba. Se despidió del fútbol jugando en el Mundial de 1974 con la camiseta de Escocia y cumpliendo en algunos compromisos veraniegos del City, ya desapasionado. 

Por supuesto, Law, tercer máximo artillero de la historia del United, no celebró aquel gol. Claro que no. No nos sorprende: nos hemos acostumbrado a ver cómo los futbolistas mantienen el tipo cuando anotan ante su exequipo, incluso a observar cómo otros pisan la línea de la hipocresía cuando les da hasta por pedir perdón. El verdadero gesto, en cualquier caso, hubiera sido no marcarlo. Pero a uno le pagan por hacer su trabajo, por desagradable que sea. Porque sí, todos los empleos de este mundo son susceptibles de ser un fastidio en algún momento u otro. Incluso los que nos hacían soñar cuando éramos niños. Incluso el de meter goles. La diferencia es que, en esas profesiones privilegiadas, los tragos amargos son la excepción. Por eso, de las más de 300 dianas que Law registró, siempre recordaremos aquel toque que dio vestido de azul. Porque nos sirve para explicar al delantero perfecto; el summum del artillero, el colmo del atacante, la desgracia del poeta maldito y del rockero suicida: no querer hacerlo y, aun así, no poder evitarlo.

 


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