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Las cincuenta balas de Cavani

Está por descubrir qué ve Cavani cuando mira atrás. El gol no tiene fecha de caducidad, salvo si la buscas en el envase. Hay veces que es mejor no saber

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La mejor definición de Edinson Cavani se la leí hace unos años a Juan Tallón:  “Es el típico tío que recibe seis tiros, se arrastra hasta el caballo, cruza el desierto, llega al salón y pide al camarero que lo cure”. Y sobrevive, claro. El uruguayo, por aquel entonces, brillaba en el PSG. Todavía humeaban sus noches pirotécnicas en Nápoles, de donde salió como uno de los atacantes más salvajes y decisivos del mundo. En ese momento, tenía 27 años. Hoy carga con 35. Pero incluso ahora, después de poner fin a una breve y descafeinada etapa en Old Trafford, conserva en la mirada la turbación de los animales hambrientos. Ernest Hemingway era de la teoría de que “una apacible tarde de campo puede acabar siendo más peligrosa que un asesinato”. De esa premisa brotaron sus mejores relatos. Con Cavani pasa parecido. Fuera del campo, es difícil verlo desprovisto de su sonrisa. Mestalla anuncia por megafonía la presencia de su nueva estrella en la grada; el delantero, melena surfera, camisa de comunión y bigote y perilla de guerrillero revolucionario, alza los brazos con timidez para devolver la ovación. Otra cosa ocurrirá cuando los aplausos los escuche desde el césped. Quien lo ha visto en acción, o recuerda sus mejores partidos, sabe qué clase de delantero es. Uno de los que empujaría a su hermana con tal de aclararse un hueco en el área. Hay una virtud mucho más preciada para un ‘9’ que el acierto de cara a puerta: la falta de empatía. Los mejores anotadores están irremediablemente emparentados con la peor calaña. “Para el psicópata, la única realidad es el instante”, apuntó Norman Mailer. “Y la memoria, un lujo que no se puede permitir”. Está por descubrir qué ve Cavani cuando mira atrás. Si choca contra su yo del pasado, ese ariete esbelto y demoledor que puso el listón tan alto que lo convirtió en inalcanzable, acelerará su final. Si, en cambio, no ve nada, una pared en blanco, un boquete en el suelo, una playa vacía, el Valencia se puede frotar las manos. El gol no tiene fecha de caducidad, salvo si la buscas en el envase. Hay veces que es mejor no saber. Cuando Sándor Marai decidió que iba a quitarse la vida, acudió a una armería para comprarse una pistola. En la tienda le dieron 50 balas, pero el escritor húngaro dijo que no necesitaba tantas. “Perdone, es que vienen con el revólver”, insistió el dependiente. No le quedó otra opción que apuntarse a hacer prácticas de tiro. En esa bolsa, sin duda, estaba la bala que lo mataría. La última. Pero todavía era demasiado pronto para saber cuál de ellas iba a ser.

 


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Fotografía de Getty Images.