Llegado el ecuador de la fase de grupos de la Champions League, unos ya van mirando vuelos para ver dónde les enviarán las bolas del sorteo de octavos de final, otros tienen diversas batallas aún por librar y algunos, jodidos, empiezan a observar cómo el tiempo a veces corre más rápido que nuestras piernas, y no les queda otra opción que la reacción. Esto de la liguilla de la máxima competición europea tiene algo que ver con aquellas maratones encerrados en la biblioteca cuando, tachando en rojo los días del calendario, se acercaban las semanas finales de cada semestre. Ahí veías de todo. Todo tipo de estudiantes. Los había puntuales, que no fallaban a su cita con el despertador y siempre ocupaban la misma silla, de la que no se movían más que para cumplir con las necesidades básicas de cualquier ser terrenal -si es que realmente lo eran-. Esos, normal y lógicamente, solían ser los que después del examen decían lo de “me ha ido fatal”. Luego, restregaban la matrícula por tu cara. Otro grupo era el que combinaba un poco lo bueno con lo malo. Días sin desengancharse de los apuntes entremezclados con risillas que desquiciaban a los de la primera especie de estudiantes. Consumiendo el tiempo entre cigarros, cafés y banales conversaciones en la entrada de la biblioteca, aparecía el último perfil, las horas avanzaban impasibles por delante de ellos y los conocimientos sobre la materia circulaban por una vía inversamente proporcional. “Si el tiempo es lo más valioso, la pérdida de tiempo es el mayor de los derroches”, decía Benjamin Franklin. Y a algunos, en Europa, o en la biblioteca, les va a pillar el toro.

 

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Dos gigantes del Viejo Continente medían sus fuerzas en el Teatro de los Sueños para colocarse al frente del Grupo H. Si bien solo mencionar los nombres de ambos clubes producía un tembleque de piernas a cualquiera en tiempos pasados, el presente es muy dispar en Mánchester y Turín, y el encuentro fue el fiel reflejo del momento por el que pasan ambas instituciones. Los Diablos Rojos inician cada duelo con la incertidumbre de si el espectador se encontrará con la versión batalladora, enérgica y voraz que representaban los mejores años de Mourinho o con los planteamientos apáticos y faltos de ideas de los últimos tiempos del luso en los banquillos. La Juventus, por su parte, salta al césped con esa superioridad moral que invita a pensar que los siguientes 90 minutos serán una demostración de cómo gestionar una vida organizada. Se pasean por Italia y por Europa a lo Julio César –“vine, vi, vencí”-, seguros, como Chiellini y Bonucci en la zaga -o en Harvard, o donde sea-; sobrios, así los conduce Miralem Pjanic desde la sala de máquinas; y prácticos, un gol de Paulo Dybala es más que suficiente para ser etiquetado como favorito para levantar la ‘orejona’ en mayo.

 

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Hace un mes, el Real Madrid cantaba a lo Van Morrison mientras arrollaba a la Roma en otra mágica noche de Champions en la Castellana. El martes, ante el Viktoria Plzen, pese a que el equipo salió vencedor, el pueblo merengue, entre silbidos y rechazo al juego de los suyos, se asemejó a Clint Eastwood en El sargento de hierro, “con el debido respeto, señor, se me están empezando a inflar los cojones”.

 

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El diario portugués A Bola vendía la visita del Benfica a Ámsterdam con el recuerdo de los dos mejores futbolistas que habían pasado por cada plantilla: Johan Cruyff y Eusébio. “Dos clubes históricos se juegan el futuro europeo en nombre del pasado”, rezaba la portada. Y así, recordando la filosofía de juego que un tiempo atrás hermanó a los Ajaccied, la Oranje y el Barcelona, un Ajax plagado de jóvenes promesas para el fútbol neerlandés buscó rendir homenaje al ’14’ en el estadio que lleva su nombre. Fútbol de control, preciso y de posesión para dominar gran parte del encuentro, a la vez que un Benfica tampoco falto de calidad y juventud en sus filas buscaba explotar la velocidad de sus hombres de banda. La igualdad reinó en el electrónico hasta que un zapatazo de Mazraoui en el descuento decantó la balanza para los holandeses, cegados en luchar de tú a tú contra el mastodóntico Bayern de Múnich por la primera plaza del grupo.

 

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Sin gomina. Con el ‘8’ a la espalda y no con el ‘6’. Rubio en cambio de moreno. Producto de importación, no casero. Pese a todas sus diferencias, el Camp Nou vio el miércoles sobre el césped al relevo de Xavi que llevaba tanto tiempo esperando. A la parroquia azulgrana solo le faltó cantarle (I Can’t Help) Falling In Love With You a Arthur Melo cuando abandonaba el campo en medio de una atronadora ovación.

 

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Desde el 24 de septiembre de 2011, cuando el Atlético de Madrid cayó por un abultado 5-0 contra el Barcelona, los colchoneros no protagonizaban una derrota tan abrumadora como la que se llevaron en Dortmund. Tres meses después de ese 5-0, Diego Pablo Simeone reemplazaba a Gregorio Manzano a orillas del Manzanares para cambiar la historia atlética. No más humillaciones, nada de volver a sentirse débil o un equipo inferior a nadie. Dotó al equipo de una identidad y lo hizo grande para disfrutar de los mejores años bañados en rojo y blanco. Durante los últimos siete cursos, si algo ha caracterizado al Atlético, más allá de su entrega, ha sido la fiabilidad defensiva. Daba igual si con David de Gea, con Thibaut Courtois o con Jan Oblak, ganar al equipo del Cholo por goleada era, es y será una auténtica quimera. Pero en el Signal Iduna Park volvió a ser el ‘pupas’ del pasado. La primera puñalada vino de rebote, el palo no quiso que el Atlético se metiera en el partido y la defensa se mostró frágil e insegura como hacía mucho, mucho tiempo que no veíamos.

 

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Decía Michael Jordan, el mismo hombre al que lucen los jugadores del Paris Saint-Germain en el pecho, que “el talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos”. Quizá ese sea el problema de los parisinos en Europa. Di María les salvó esta vez, pero los de Thomas Tuchel necesitan jugar como un equipo para satisfacer los deseos de su dueño.