Salir del trabajo corriendo, coger el tren repasando de arriba abajo las alineaciones y enchufar la tele cuando el himno, el pasamanos y el sorteo inicial ya han tenido lugar en el Camp Nou. Qué putada que los horarios de la Champions League se hayan europeizado más rápido que los de los españoles. Pero, como decía el escritor Salman Rushdie, “todas las ideas, incluso las sagradas, deben adaptarse a nuevas realidades”. Y entre semana, en Europa, no había nada más sagrado que esperar a ver el reloj señalando las nueve menos cuarto, sinónimo de que el silbato en breves iba a decretar que empezaba el espectáculo. Habrá que acostumbrarse, los tiempos cambian, las televisiones mandan y nosotros, meros espectadores, callamos, somos sumisos y rendimos pleitesía, aunque nos joda. Al menos, el balón estrellado -también adaptado a una nueva realidad azul eléctrica- ya vuelve a rodar.

 

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“Prometemos que haremos todo lo posible para que esa copa tan linda y tan deseada por todos vuelva a estar acá”. Esa fue la declaración de intenciones de Leo Messi en el tradicional speech del capitán del Barcelona antes de cada Trofeo Joan Gamper. Con la mirada fija en “esa copa tan linda”, arrancó el curso europeo recordando al público su condición de futbolista inusual. Sin sentido alguno, para él es más fácil meterla con una hilera de hombres formando a poco más de nueve metros inventándose posturas extrañas -o eso pensó el colegiado al ver al Chucky Lozano-, que no cuando se reta frente a frente con el arquero desde el punto fatídico. ¿Incomprensible? Quizá. Tanto como que a Dembelé ahora solo le dé por meter golazos mientras la culerada comienza a convivir más con los versos libres que con obras conjuntas. Un día más en la oficina para el ’10’.

 

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Más de un cuarto de siglo esperó el Pequeño Maracaná serbio para acoger, de nuevo, un partido de la máxima competición europea. El retorno bien merecía un reconocimiento a los héroes del ’91. Y así fue. Los Savicevic, Mihailovic, Stosic y compañía desfilaron por el tartán antes de dar comienzo el partido contra el Nápoles. El Estrella Roja ha vuelto, los mitos del pasado ya tienen descendencia en el Rajko Mitic de Belgrado.

 

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Los primeros 90 minutos de esta edición de la Champions League en Anfield dejaron realidades contrapuestas. Mientras el kloppismo, en pleno auge, es capaz de convertir a un futbolista de perfil medio como James Milner en un auténtico crack, los mejores jugadores del Paris Saint-Germain enfilaron la puerta de salida de Anfield cabizbajos, sin argumentos, como en tantas otras grandes plazas europeas donde los parisinos son incapaces de superar a sus adversarios en el tú a tú. Europa volvió a soltarle un guantazo con la mano abierta a aquellos que creían que ganar consistía en reunir magníficos jugadores. Esta vez fue el bueno de Roberto Firmino quien, al filo de finalizar el encuentro, actuó cual justiciero para recordar a los cataríes que los grandes equipos no siempre los forman futbolistas sensacionales y que los futbolistas más excelsos no tienen por qué conformar una plantilla para la historia.

 

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Se preguntaba Aitor Lagunas en el #Panenka77 “si el péndulo del estilo vuelve a dar la hora del fútbol reactivo o si simplemente esa fue siempre la norma histórica”. Lo visto ayer en el Etihad Stadium demuestra, una vez más, que algo está cambiando en el fútbol moderno. 70% de posesión para uno, 30 para el otro; los Sky Blues enlazaron más de 600 pases y el Lyon necesitó 400 menos para encontrar en dos ocasiones la red de Ederson, tras dos garrafales errores defensivos. Líneas compactas, presión alta, transición rápida y buscar las cosquillas del rival al espacio. Ese fue el plan del Olympique de Lyon para asaltar la casa del vigente campeón de la Premier, un plan similar al que ya le sirvió a Francia para llevarse la segunda estrella al pecho y que no hace más que poner en alerta a los amantes del juego de posición. ¿Necesitamos darle un par de vueltas al concepto?

 

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Volvió el campeón y lo hizo a lo Van Morrison en The healing game. “Estoy aquí otra vez. Vuelvo a estar aquí, al lado, que es donde pertenezco, donde siempre he estado. Todo es igual, esto nunca cambia. Vuelvo a estar aquí, al lado, en el partido que me ha de curar”. El Real Madrid y las noches de Champions, una historia de amor que se cuenta por sí sola.

 

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El Valencia no tuvo el regreso deseado a la Copa de Europa. El arranque liguero del equipo de Marcelino García Toral, sin conocer aún la victoria, presagiaba que el estreno europeo no sería un camino de rosas. El rival, el único que ha ganado la Serie A en las últimas siete campañas, tampoco ayudaba a mejorar las expectativas. Y si las premoniciones ya pintaban feas para el conjunto ché, tras el pitido inicial pasaron a ser una realidad. La Juventus salió en tromba hacia el arco de Neto y poco le importó la expulsión de Cristiano Ronaldo a la media hora; siguió dominando a un Valencia cohibido ante el escenario y pagó la novatada cometiendo dos penaltis inocentones resueltos por Miralem Pjanic. Ya saben, más sabe el diablo por viejo que por diablo; y la Juve, en esas, se mueve como pez en el agua.