Nunca vi jugar a Enrique Castro, a ‘Quini’. De hecho, el asturiano colgó las botas siete años antes de que yo aterrizara en este mundo que hoy llora por su muerte. Sin embargo, creo que conocer y recordar nuestro pasado es la mejor manera de andar hacia el futuro; fijarnos siempre en la figura de los que nos han precedido y han luchado para que este mundo sea un poquito mejor. Y aunque este artículo no pretende rememorar la trayectoria de El Brujo, sí que quiere intentar rendirle un pequeño homenaje y honrar su memoria, la de uno de esos jugadores que, a pesar de que los que nacimos en la década de los 90 tan solo los conocemos por algunos vídeos antiguos y borrosos de YouTube, engancharon a nuestros padres a este bello deporte. Porque, en definitiva, Quini fue uno de los más grandes. “En el cielo necesitaban goles y se llevaron al mejor”, afirmó David Villa tras recibir la tristísima noticia de su fallecimiento. Descansa en paz, Brujo… Y disfruta eternamente del lugar en la historia del balompié y en nuestra memoria que tú mismo te ganaste. A nosotros, que ahora nos sentimos faltos de un referente, lo único que nos queda es tratar de querer el fútbol tanto como tú lo hacías y, parafraseando un conocido poema irlandés, hacer lo que a ti te gustaría que hiciéramos: “Sonreír, abrir los ojos, amar y seguir”.

 

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El día 25 de marzo de 1981, España consiguió su primera victoria contra Inglaterra en las Islas Británicas al imponerse a los Pross por 1-2 en el viejo Wembley con goles de los realistas Zamora y Satrústegui. Fue un resultado para la historia, pero en aquellos momentos la sociedad española estaba mucho más preocupada por la inestable situación política que amenazaba la incipiente democracia y por el incomprensible secuestro de Quini, que aquella misma noche sería liberado por la policía tras 25 largos días de cautiverio en los bajos de un taller mecánico de Zaragoza. Aun así, el delantero asturiano, uno de los jugadores más queridos de la época por su olfato goleador y por su carácter entrañable, pudo seguir los primeros minutos del encuentro entre Inglaterra y España. “Quini me contó que los secuestradores le pusieron un televisor para ver el partido, pero se veía tan borroso que dejó de mirar”, aseguraba el miércoles Miguel Mena, autor de Días sin tregua, un libro en el que el autor madrileño repasa todo lo que rodeó aquel episodio que mantuvo en vilo a todo un país. Con todo, aquella noche, mientras convivía con el miedo y soñaba con volver a pisar el exterior desde un frío y pequeño zulo de la calle Jerónimo Vicens, El Brujo presenció el debut del zaragozano Víctor Muñoz con la selección española absoluta.

Unos meses más tarde, las carreras de ambos futbolistas se cruzaron en el Barcelona, donde coincidieron durante tres temporadas en las que Quini tuvo tiempo de dejarle un gran recuerdo a Víctor. “Era una persona alegre. Siempre disfrutabas con su compañía, con su simpatía y con su generosidad”, subrayaba esta semana el maño en Catalunya Ràdio, en un programa especial dedicado a la muerte de uno de los asturianos más célebres de todos los tiempos.

 

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En la actualidad, Víctor Muñoz trabaja como responsable de un concurrido centro polideportivo de la capital catalana. Justo allí, donde este carismático barcelonés de adopción sigue gozando del deporte y del contacto con la gente, nos encontramos para hablar. El motivo de la entrevista es claro e inequívoco: se cumplen doce años de la eliminación del Real Madrid en las semifinales de la Copa del Rey a manos del Real Zaragoza tras aquel mítico 6-1 en La Romareda, y hay que recordarlo. “Aquel día nos salió un partido excelente. Ellos tenían el balón e intentaban atacar, pero en el momento en que nosotros armábamos una jugada… Incluso tuvimos oportunidades para hacer más goles. Fue una avalancha de juego, un partido electrizante. Nosotros no teníamos un equipo extraordinario, pero sabíamos jugar al fútbol y hacer las cosas bien”, empieza Víctor.

Ciertamente, lo que sucedió en aquel encuentro del 8 de febrero de 2006 fue algo excepcional. “Fue un encuentro épico, inusual. Sabíamos el potencial que teníamos, pero nunca te esperas un partido así. Es que no sabían cómo pararnos ni cómo reaccionar… Todo lo que tocábamos se convertía en peligro. Nos sentimos muy superiores”, afirma José María Movilla, que saltó al campo en el minuto 90 en sustitución de Albert Celades. Y Alberto Zapater, que tuvo que lidiar con David Beckham desde el lateral izquierdo de la zaga blanquilla, añade: “No sé si fue porque pensaron que era un trámite o porque nosotros estábamos muy motivados, pero la realidad es que íbamos con una marcha más. Fue uno de esos partidos en los que te sale todo, de esos en los que nada más empezar dices: ‘¡Buah…! Este es el partido'”.

Y es que, desde que Alfonso Pérez Burrull decretó el inicio del choque, los 34.000 aficionados que abarrotaron La Romareda descubrieron que aquella iba a ser una noche distinta a las demás. El Zaragoza llegaba al encuentro con la confianza al máximo tras haber eliminado al Atlético de Madrid en octavos de final y al Barcelona de Ronaldinho, el mismo equipo que unos meses más tarde alzaría la liga y la Champions League, en cuartos; pero ni los más optimistas del lugar podían predecir lo que acabó pasando finalmente. Es más, la idea del conjunto maño era conseguir una victoria ajustada o incluso un empate, un buen resultado para poder afrontar con garantías el encuentro de vuelta de la semana siguiente en el Santiago Bernabéu. Sin embargo, los astros se alinearon y, desde el primer minuto, los blanquillos se convirtieron en un huracán imparable por un Real Madrid que fue incapaz de frenar los vertiginosos contraataques de los pupilos de Víctor Muñoz y que asistió, atónito y estupefacto, a una de las peores noches de toda su historia.

 

El Real Zaragoza se convirtió en un huracán imparable para los blancos

 

El primer gol no se hizo esperar. En el minuto 14, Ewerthon culminó una jugada individual marca de la casa con un pase de la muerte para Diego Milito, que batió a Iker Casillas con un potente derechazo. El conjunto de La Romareda podía haberse quedado ahí, gestionando la ventaja sin correr riesgos, pero aquella noche tenía otros planes. El espectáculo tenía que continuar, y en el minuto 21 el delantero argentino multiplicó por dos la ventaja del Zaragoza al aprovechar un despiste imperdonable de la zaga blanca, tan nerviosa como imprecisa, en un saque de banda para quedarse solo ante Sergio Ramos, regatearle sin piedad y superar a Casillas por abajo.

Los sudores fríos de la defensa madrileña, completamente desnuda ante el asedio continuo de un Zaragoza que, gracias a una puntería inaudita y a un hambre y una intensidad excepcionales, estaba sublimando su idea del fútbol directo, se incrementaron aún más cuando entró en acción Cani, que empezó su exhibición en el minuto 33 con un centro medido para que Diego Milito, con cabezazo picado, hiciera subir el 3-0 al marcador de un estadio que para entonces ya vivía “una fiesta increíble”, destaca Alberto Zapater, rememorando como disfrutó la hinchada maña aquella noche mágica en la que su equipo completó el partido de su vida.

Antes del descanso, Julio Baptista recortó distancias por el Madrid al rematar una falta servida por Beckham. El tanto pareció devolver a la vida a los futbolistas de Juan Ramón López Caro, pero el intento de reacción del equipo blanco se quedó en nada cuando, en el minuto 55, Diego Milito completó su póquer de goles al cabecear, completamente solo en el punto de penalti, un saque de esquina sacado por Cani. No había transcurrido ni tan solo una hora de partido, pero el killer argentino, el perfecto ejecutor de las ideas de Víctor Muñoz, ya había tenido tiempo de doctorarse como goleador al completar una exhibición bárbara. Haciendo gala de una eficacia demoledora, el ‘22’ del Zaragoza había chutado cuatro veces y había marcado cuatro dianas. “Diego Milito sobrevoló por encima como un ángel exterminador. El argentino tomó la espada de fuego y fue cortando cabezas sin misericordia, como si el Real Madrid fuera un cualquiera, deshaciéndose sin contar galones de Sergio Ramos y de Iván Helguera, de Roberto Carlos y de Míchel Salgado. Los trató igual que a un trapo en su insaciable carrera hacia su propia gloria con cuatro goles de una magnífica factura”, afirmaba el día después El Periódico de Aragón.

Quizás el conjunto merengue, que no encontraba respuestas a lo que estaba aconteciendo sobre el verde, pensó que el Zaragoza se frenaría tras el cuarto gol de Diego Milito, pero no contaban con que Ewerthon, ese atacante brasileño que aunaba velocidad y efectividad de cara al arco rival, también quería su cuota de protagonismo. En el minuto 59, Cani, el catalizador del fútbol del conjunto maño, puso en evidencia por enésima vez a la zaga del Real Madrid y, con su tercera asistencia del encuentro, le cedió el cuero a Ewerthon, que superó en carrera a los centrales blancos y batió a Iker Casillas con la derecha. Fue entonces, cuando el electrónico ya señalaba un contundente 5-1 a favor de los locales, cuando López Caro decidió dar entrada a Antonio Cassano… y a Zinedine Zidane. “Lo lógico es que hubiera salido antes. Entonces, con la euforia que se había creado ya era difícil que el Madrid nos pudiera frenar”, recuerda Víctor Muñoz.

De hecho, tan inalcanzable era el Zaragoza para el conjunto madrileño en esos momentos que, en el minuto 82, Ewerthon se dio el placer de cerrar ese 6-1 con un auténtico golazo, el mejor de aquella noche. El brasileño recibió el balón fuera del área y, desde ahí, conectó una volea tan potente como imparable para Iker Casillas, que no pudo hacer más que observar la preciosa parábola que dibujó aquel balón que entró en su portería después de tocar el cielo de Zaragoza.

La hazaña era completa, y el día después los periódicos deportivos no hablaron de otra cosa. “Un Zaragoza bestial, implacable, mágico, con hechuras de gran equipo, inhumano casi en el acierto, le dio un meneo de cuidado al Madrid en un partido inolvidable para uno y otro”, aseguraban las primeras líneas de la crónica del partido de El País. La de El Periódico de Aragón, tan elogiosa que parece una epopeya, es tan sensacional que merece ser reproducida casi en su totalidad: “El éxtasis y la felicidad -también la perfección- tuvieron rostro en el alma de una afición electrocutada por las emociones, sacudida por el placer de un triunfo sin precedentes por su impacto y por su indescriptible belleza. La humillación del Real Madrid se quedó en una mera anécdota subrayable por la grandeza del enemigo vencido, pero en absoluto restará ese notable detalle estadístico protagonismo a un Real Zaragoza primoroso, imposible de comparar con sus antecesores al menos en una actuación como la de ayer. La hinchada, después de eliminar al Atlético y al Barcelona, soñaba con una nueva gesta, con la consecución de un resultado que diera margen a la esperanza para el encuentro de vuelta en el Santiago Bernabéu. Se encontró, sin embargo, con una realidad por encima de cualquier oración, ajena a los milagros y las súplicas, con la esencia del fútbol en estado puro sobre una alfombra que conduce directamente a la final de la Copa del Rey. Un espléndido espectáculo atacante, digno heredero de la Hungría de Kocsis y Puskas, referencia ineludible en la historia de los mejores momentos de este deporte. ¿Exageración? Para nada. Anoche se produjo el desbordamiento de una fuerza de la naturaleza devastadora para el equipo blanco, personalizada en Diego Milito, bárbaro autor de cuatro tantos, y en Ewerthon, que fue quien marcó los otros dos en un duelo voraz que mantienen por dinamitar a las defensas y a los porteros que se les pongan enfrente. ‘Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Pudieron ser ocho, o nueve. Érase una vez…’. Así comenzará esta historia en el futuro, cuando quienes estuvieron en La Romareda relaten que se abrazaron con el éxtasis, que notaron cómo la felicidad se instalaba en su corazón electrocutado porque fueron testigos del partido perfecto de un equipo campeón”.

 

“La afición y todos los zaragocistas hemos vivido algo inolvidable”

 

Después del pitido final, todos los focos se centraron en los futbolistas del conjunto maño: todos los medios querían recoger sus impresiones sobre aquel resultado histórico. “Son noches que se dan una vez cada mucho tiempo. Es algo soñado que se ha convertido en realidad”, apuntó Diego Milito, el indiscutible protagonista de la noche. “Ha sido algo impresionante. La afición y todos los zaragocistas hemos vivido algo inolvidable”, aseguró Cani. Y, en la misma línea que sus jugadores, Víctor Muñoz afirmó que el equipo había rozado la perfección: “El nivel de todos mis jugadores ha sido extraordinario. Hemos superado totalmente al Madrid. Es un día para disfrutar y para que todos los aragoneses podamos estar orgullosos de nuestro equipo”. Sin embargo, el entrenador maño, que reconoce que abandonó La Romareda pensando ya en el partido de vuelta, también aprovechó la rueda de prensa para mandar un aviso a su equipo y a su afición: “La eliminatoria no está resuelta. Hemos dado un gran paso, pero todavía no estamos en la final. El Real Madrid, que es un gran equipo, merece todo nuestro respeto y sabemos que en el Bernabéu intentará complicarnos las cosas”. “Nosotros sabíamos que teníamos que ir a su campo. Y en el fútbol no existe el pasado. Lo que has hecho el mismo día ya no vale, vale lo del día siguiente… Y en este caso más porque había un partido de vuelta y sabíamos que el Madrid es el Madrid”, remarca Zapater.

De hecho, desde La Romareda, el conjunto blanco empezó a preparar la remontada. Nada más salir del vestuario, Iker Casillas, que salvó a su equipo de una goleada que pudo haber sido peor, ejerció de capitán e invocó al espíritu de Juanito. Tras asumir que era el máximo responsable de aquella incontestable derrota, Juan Ramón López Caro emuló a su guardameta y también hizo un llamamiento a la hinchada merengue: “Solo los cobardes piensan que la eliminatoria ya está resuelta. Tenemos orgullo, calidad, fe y esperanza para conseguir la remontada”.

 

“Solo los cobardes piensan que la eliminatoria ya está resuelta”

 

Lo que vino después del encuentro del 6-1 de La Romareda fue “un montaje”, asegura Víctor Muñoz, con una sonrisa indisimulada. “Tengo un recuerdo un tanto sui géneris del segundo partido. Lo que más me llamó la atención fue el entorno que se creó durante esa semana, toda la parafernalia periodística que se montó para vender que el Real Madrid iba a remontar”, reconoce. Y sentencia: “Nosotros continuábamos estando convencidos de que íbamos a pasar la eliminatoria, pero la verdad es que fue un partido bastante duro y difícil”.

Efectivamente, cuando el Zaragoza pisó el Santiago Bernabéu se encontró con un escenario muy hostil, con un estadio que casi había olvidado el resultado de la ida y que estaba convencido de que su equipo iba a acceder a la final. “El campo era como una final de Champions, la gente se volcó desde el primer momento”, subraya José María Movilla. Y Alberto Zapater, que en aquel encuentro actuó en el doble pivote junto a Albert Celades, añade: “Recuerdo que con los compañeros no nos oíamos ni estando a tres metros… Fue algo increíble”. Y, mientras en la cabeza de los futbolistas maños resonaba de forma incesante el “90 minuti en el Bernabéu son molto longo” de Juanito, los jugadores del Madrid empezaron a hacer su trabajo. Ya lo había avisado Juan Ramón López Caro en la rueda de prensa previa al encuentro, donde afirmó que el vestuario merengue tenía “la obligación de morir en el terreno de juego” y que soñaba con “una noche gloriosa”.

Cuando tan solo habían transcurrido 57 segundos, en la primera acción de peligro del partido, Cicinho cazó un balón en la frontal y conectó un zapatazo tremendo que se coló en la portería de César Sánchez por la escuadra. En el minuto 4, en la segunda ocasión clara del conjunto local, Robinho recogió el balón en el área tras un mal de control de Ronaldo y fusiló al exguardameta blanco. “Yo no sé si el dios del fútbol es un cachondo y está haciendo este guiño para que nos entretengamos un poco… o si de verdad estamos ante una noche histórica”, gritaban en la SER. Y entonces llegó el tercer gol del duelo: cuando el reloj de Bernardino González Vázquez marcaba nueve minutos y 43 segundos, Ronaldo remató un centro exquisito de Beckham para marcar el 3-0 y provocar el delirio entre los 80.000 aficionados que se dieron cita en Chamartín… y para poner el miedo en el cuerpo a los futbolistas del Zaragoza. “Era una locura, un aluvión de juego y de goles. Ellos pensaban que lo iban a sacar… Nosotros temíamos lo peor”, admite Movilla. Y Zapater incluso va un poco más allá: “Si nos llegan a meter el cuarto antes del descanso el quinto iba a caer seguro. ‘¿Cómo vamos a volver a Zaragoza? Si nos van a meter ocho…’, pensaba. Es que el balón no nos duraba nada, y el ambiente era impresionante. Yo no he vivido nunca nada parecido. No oíamos nada, no podíamos ni hablar… Era increíble”.

 

El Madrid había marcado tres goles en tan solo diez minutos, y todavía tenían otros ochenta para anotar dos más, completar la proeza y clasificarse para la final de la Copa

 

No había noticias del Real Zaragoza sobre el césped del Santiago Bernabéu. El equipo de Víctor Muñoz, como si fuera un invitado más a la que tenía que ser la noche del milagro del Madrid, asistía aturdido a la enésima exhibición de fe y de coraje del conjunto merengue, que se erigió en amo y señor del encuentro. Los locales habían conseguido tres goles en tan solo diez minutos, y todavía tenían otros ochenta para anotar dos más, completar la proeza y clasificarse para la final de la Copa del Rey. Realmente, por las pésimas sensaciones que transmitía el cuadro de La Romareda, asfixiado y encerrado atrás por la presión blanca, nervioso y desconcertado por haber despilfarrado gran parte de su ventaja, la remontada parecía ser cuestión de tiempo.

Con todo, el encuentro llegó al descanso con el 3-0 en el marcador y los dos equipos se retiraron a los vestuarios. “Fue un momento jodido, difícil y complicado”, reconoce Víctor. Y continúa: “Les dijimos: ‘Señores, vamos a organizarnos bien, vamos a presionar bien… y calma. Calma, calma y calma'”. “Recuerdo que todo el mundo quería participar de la charla. Nos repetíamos que teníamos que estar tranquilos, que teníamos que mantener la calma, que estábamos allí por méritos propios y que lo íbamos a superar”, remarca Movilla, que, a pesar de que no jugó ni un solo minuto en aquel encuentro, era una de las voces autorizadas del vestuario maño. Pero frenar a aquel Real Madrid desatado no era tan sencillo. “Sabíamos que teníamos que intentar tener el balón y parar el partido, pero la práctica es más difícil que la teoría. Al final pudimos aguantar el temporal, pero sufrimos muchísimo…”, matiza Zapater.

Ciertamente, a pesar de que en el minuto 60 Roberto Carlos hizo el 4-0 al transformar un libre indirecto, el Zaragoza fue el que acabó clasificándose para la final. Los futbolistas merengues lo habían intentado y habían estado media hora a tan solo un tanto de completar una remontada histórica, pero terminaron rendidos, exhaustos tras un esfuerzo titánico que les había permitido acariciar la heroicidad, pero que no les había bastado para alcanzarla. Aun así, el Zaragoza lo había pasado tan mal sobre el Bernabéu que, una vez finalizado el partido, César Sánchez llegó a afirmar, en tono de broma, que “a los quince minutos hubiera firmado un 7-0. Ha sido como el ejército de Pancho Villa contra Napoleón. Pensé en hacerme el lesionado para que me sacaran de aquí”.

A pesar de la derrota y de la consiguiente eliminación copera, el público del Santiago Bernabéu, enormemente satisfecho con la imagen de su equipo, aplaudió a sus futbolistas al término del choque. Y, en la rueda de prensa posterior al encuentro, José Ramón López Caro aseguró que “tenemos que estar muy satisfechos y muy orgullosos de los jugadores, porque lo han dado todo sobre el terreno de juego… Morir de esta forma a mí me gusta. Lo hemos intentado todo, pero no ha sido suficiente”. Por el lado visitante, Víctor Muñoz destacó la “fiesta maravillosa” y el “espectáculo magnífico” que supuso aquel partido, que aunó el éxtasis y el drama.

Aun así, con la perspectiva del tiempo, el técnico blanquillo reconoce que tiene un recuerdo un tanto peculiar de aquella comparecencia: “Sin que llegaran a remontar, se habló como si hubiera sido una gesta, como si hubieran salido reforzados. Recuerdo llegar a la sala de prensa y que fuera como si nosotros hubiéramos sido eliminados y el Real Madrid hubiera pasado. ‘El espíritu de Juanito ha funcionado’, me decían. Y yo respondía: ‘Señores, que el Madrid está eliminado y los que hemos pasado somos nosotros’. Lo que más recuerdo de aquellos dos partidos es cómo se creó ese clima alrededor de la eliminatoria. Esto es lo que siempre me ha quedado y lo que siempre explico… Y cada vez que veo a Antonio García Ferreras, que es el que lo impulsó todo, recuerdo aquella eliminatoria”.

 

Pese a eliminar al Atlético, al Barcelona y el Madrid, el Zaragoza no pudo conseguir su séptimo título de la Copa del Rey

 

Después de superar de forma consecutiva al Atlético de Madrid, al Barcelona y al Real Madrid, el día 12 de abril, el Real Zaragoza regresó al Santiago Bernabéu para medirse al Espanyol en la final. Los de Víctor Muñoz, que ya habían sido campeones dos años antes al derrotar al conjunto merengue por 2-3 en el Estadi Olímpic Lluís Companys, llegaron al encuentro decisivo con la etiqueta de claros favoritos, pero acabaron sucumbiendo ante el equipo blanquiazul, que se impuso por un contundente 4-1 con goles de Raúl Tamudo, Ferran Corominas y Luis García (2). El tanto del honor para los zaragocistas lo marcó el pichichi de aquella edición de la Copa: Ewerthon, que acabó el torneo con ocho tantos.

Es cierto que el Zaragoza no pudo alzar su séptimo título de la Copa del Rey, pero el 8 de marzo del 2006, el día en el que el equipo maño superó al Real Madrid por 6-1 en La Romareda, continúa presente en la memoria de los 34.000 hinchas que presenciaron el choque en directo y en la de Víctor Muñoz, José María Movilla y Alberto Zapater. “Cada año hay alguien que me lo recuerda. Es un motivo de orgullo, es algo que no me quitará nadie”, presume este último, un jugador que, después de pasar por el Genoa, el Sporting de Portugal y el Lokomotiv de Moscú, apura su carrera futbolística en el club de sus amores mientras sueña con devolverlo a la máxima categoría del balompié español: “Un ascenso para nosotros sería como una Champions League. Para mí, que soy de aquí, ascender sería como tener siete Balones de Oro. Hay gente joven que no sabe que el Zaragoza jugó en Primera División. Quizás son del equipo porque sus padres se lo han metido en vena, pero no saben que es un equipo histórico que en La Romareda podía ganar a cualquiera. Esto ellos no lo han vivido, así que tenemos que hacer lo posible para volver a Primera cuanto antes”.