“Questa notte splendida darà i colori al nostro stemma: il nero e l’azzurro sullo sfondo d’oro delle stelle. Si chiamerà Internazionale, perché noi siamo fratelli del mondo”.

“De esta espléndida noche nacen los colores de nuestro escudo: negro y azul sobre un fondo dorado de estrellas. Se llamará Internazionale, porque somos hermanos del mundo”.

 

Todo seguidor ‘nerazzurro‘ es capaz de recitar de memoria una frase fundamental e identitaria que pronunció el 9 de marzo de 1908 el publicitario y ‘cartelista’ Giorgio Muggiani, uno de los 44 fundadores que decidieron separarse del Milan persiguiendo una universalidad que entonces rechazaban los ‘rossoneri‘. Han pasado 113 años y la intención expansiva del club —con fines infinitamente menos románticos y más prosaicos que en su génesis— podría cobrarse una víctima inesperada: el escudo.

Siguiendo la estela de su archienemigo, el Inter sucumbe a la tentación del rebranding y sustituirá el logotipo magistralmente diseñado por Muggiani con uno minimalista como hiciera la Juve en 2017. Por si fuera poco, pasará a llamarse ‘Inter Milano’ en un intento por proyectar al mundo la simbiosis entre el equipo y la ciudad de Milán. La supuesta modernidad hacia la que nos dirigimos —o debería decir nos dirigen— está calculada al detalle: el emblema incluirá una I y una M estilizadas en el marco de la campaña ‘I Am Milano’, que pretende dejar claro al público global que se acabó eso de asociar mentalmente la capital lombarda con el Duomo. Los rascacielos piden paso.

Que una institución deportiva se aleje de la idea de ser simplemente un equipo de fútbol no debe pillarnos por sorpresa; resulta hasta cierto punto entendible en un momento histórico en el que todo recurso atípico es oro en las arcas de un club. Si hablamos de licencias cromáticas o retoques identitarios, yo mismo reivindico una permeabilidad mental en el consumidor que no debe confundirse con que todo nos resbale. Escucho con atención a las marcas o a los clubes para discernir si un discurso es humo o sustancia. Existen casos literalmente para todos los gustos: camisetas con patterns deliciosos o terribles innovaciones, conceptos creativos acompañados de argumentos sólidos o de cháchara volátil y escudos modernizados con acierto y sensibilidad histórica o sin tacto alguno.

 

Los grandes clubes parecen más preocupados por el rendimiento económico que por el deportivo. Casi todos empiezan la casa por el tejado. Razonan a partir de la marca hasta llegar al césped

 

Lo chocante y emblemático del volantazo estético del Inter no es tanto la legítima ambición de convertirse en una media company sino la superficialidad de la mutación. Lo incoherente, por innecesario, del gesto. Filippo Conticello apuntó en La Gazzetta que es el colmo pretender ser más “internazionale” dejando de ser el Internazionale. Añado que archivar uno de los escudos más fascinantes, reconocibles y modernos —se gestó en 1908, pero parece venido del futuro— del planeta fútbol deja sin argumentos a los que abanderamos la tolerancia mercadotécnica. De confirmarse los rumores, abandonar el precioso stemma supondría una derrota en fondo y forma para quienes creemos que es saludable modernizar nuestra redonda pasión si se hace con sentido. Aquí no parece haberlo.

Ya sé que soñar es gratis y fichar no. Lo cierto es que los grandes clubes y los aspirantes a serlo parecen más preocupados por el rendimiento económico que por el deportivo. Casi todos empiezan la casa por el tejado. Razonan a partir de la marca hasta llegar al césped en lugar de recorrer el camino opuesto. Todo debería empezar por el balón. También el diseño. Lo repito: esta modernidad mal entendida desanima a quienes soñamos con un espectáculo que englobe sentimiento y patrocinadores. ¿Puede un negocio televisado ser global y a la vez cercano y dar cabida al corazón y a las Instagram stories? Creo firmemente en la convivencia entre ética y estética, pero ciertos rumores me desarman. Veremos en qué quedan. Vaya por delante: la modernidad no era esto.

 


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