La recibe Arjen Robben enganchado a la línea de cal y encara al lateral. Lo mira, lo reta. Y se va de él con facilidad hacia dentro. Sigue su curso por el balcón del área; le aparecen uno, dos, tres defensores y continúa avanzando con el balón enganchado a su zurda en camino perpendicular a la portería. Encuentra el hueco que estaba buscando desde que el esférico cayó en sus pies, golpeo enroscado -marca de la casa- y gol.


No, no es un gol en particular. Son 19 años de fútbol a sus espaldas. Casi dos décadas calcando, fin de semana sí y fin de semana también, la misma jugada. Con pelo y sin él. Vestido de verdiblanco, de rojiblanco, de azul, de blanco, de rojo o de naranja. Con 20 años, con 27 o con 35. Daba igual el contexto, la competición o el equipo en el que gestara la acción, pues el resultado acababa siendo siempre el mismo. Un bucle infinito que nadie supo detener; la Historia de la humanidad, cíclica y periódica, como dicen, en los pies de Arjen Robben.

Y es que desde que debutara en la Eredivisie con la camiseta del Groningen, sin sumar ni 17 primaveras, aquel niño nacido en Bedum que un día descubrió tener solo dos velocidades, “rápido y aún más rápido”, como el propio Robben apuntaba, se empecinó en calcar sobre el césped aquello de “repetir es persuadir con más detalle”, unas palabras que un día salieron de las boca del Duque de Levis, pero que todos nos creeríamos que el propietario original y único de la sentencia fuera el extremo neerlandés. Porque a base de repetir una y otra y otra vez, y tantas como fueran necesarias, consiguió que todos los defensas se convencieran de que era imposible frenarle. Nos persuadió a todos para hacernos entender que por mucho que supiéramos que haría siempre lo mismo, se escaparía de cualquier defensor las veces que hiciera falta. No importaba aprenderse su libreto de movimientos al ejecutar el regate, poner los cinco sentidos en la acción o engancharse a él cual pulpo, siempre se saldría con la suya. Y fotocopiando esa acción hasta la saciedad, con el pasar de los años fue puliendo y mejorando los detalles de su jugada por antonomasia para hacer de ella una de las acciones más temibles del panorama europeo.

 

Arjen Robben fue puliendo y mejorando los detalles de su jugada por antonomasia para hacer de ella una de las acciones más temibles del panorama europeo

 

Solo así se entiende su constante evolución hasta alcanzar la cima; que pasara de liderar al PSV campeón de liga a ser uno de los puntales de uno de los mejores equipos que haya pasado por la Premier, para después convertirse en el arma de mayor calibre del Real Madrid para contrarrestar el poder de una divinidad diametralmente opuesta. Aunque aquello no fue suficiente en la capital, tenían otros planes en mente, y le tocó volar hasta Múnich para seguir haciendo lo mismo de siempre, con mayor eficiencia que nunca. Y ahí vendrían sus últimos diez años en la élite, sus mejores años, acompañados de títulos a mansalva y éxitos internacionales, la piedra en el zapato del holandés antes de establecerse en la Baviera alemana; una piedra de la que logró desquitarse un mayo de 2013 en Wembley, anotando el gol que culminaría un palmarés de ensueño y un triplete para la historia.

Siguieron pasando los años, hasta este 2019, y Arjen Robben continuó coleccionando triunfos a la vez que le echaba un pulso al fútbol, empecinado él en borrar del césped a los extremos de toda la vida para ubicar en su lugar a ‘falsos dieces’; haciéndonos olvidar a ‘sietes’ u ‘onces’ clásicos, puros, amantes del regate, del desequilibrio, futbolistas con un sello único e inconfundible (“Puedo estar muy orgulloso de eso porque la gente dice que es como mi único movimiento, correr dentro y marcar gol. Es algo que he estado haciendo a lo largo de los años y, bueno, sigue siendo exitoso”), para dejar paso a mediapuntas camaleónicos que se acoplan a los costados con la excusa de tener más espacio a la hora de darle rienda suelta a su imaginación, a un amplísimo repertorio de frivolidades llenas de fantasía.

No sabemos si habrá vuelta atrás, si algún día nos reencontraremos con esta especie en extinción, incansable a la hora de calcar, copiar e insistir en su misma jugada una vez tras otra. Lo que sí sabemos, desgraciadamente, es que el próximo curso, cuando el Bayern de Múnich presente a su nueva plantilla en el Allianz Arena, no aparecerá por ahí el bueno de Arjen Robben. Nos quedaremos huérfanos de su fútbol, huérfanos de casi dos décadas de aventuras arrancando desde la línea de banda, después de una despedida fría, sin excesivo ruido, sin esperar reconocimientos ni envuelto en aires de grandeza. “Lo he estado pensando mucho durante las últimas semanas. Como todos saben, me tomé un tiempo para tomar una decisión bien pensada sobre mi futuro después de mi último partido en el Bayern Múnich. He decidido poner fin a mi carrera como futbolista profesional”. Así, con un escueto comunicado, se despedía del fútbol. Seco y directo, del mismo modo que recogía el balón enganchado a la línea de cal, preparado para hacer la misma jugada de siempre.