Lo hemos vuelto a ver. Como tantas y tantas veces. Siempre igual pero siempre diferente. El gesto sutil, imprevisible, una forma en el tiempo, una música detenida. Todo el mundo sabe lo que va a pasar, también lo que ya ha sucedido y, sin embargo, siempre sucede. El juego es sorpresa, engaño, traición. Como un drama de Shakespeare, como el contrapunto de Bach. Lo hemos vuelto a ver. Como tantas y tantas veces. El jugador queda vencido, mira hacia atrás, desolado, extraño, demediado. Su cuerpo es transparente. Sabe que es nadie. Detrás de él, quién sabe ya dónde, Messi continúa con la jugada sin tan siquiera levantar la vista.    

En el partido de Liga del 29 de octubre contra el Valladolid, la escena casi se pudo leer como un símbolo, arquetipo de todos aquellos túneles que han sido y serán por las botas de Leo. La imagen se volvió viral gracias a la perfecta composición que entregaron sus protagonistas. Saca el Barça el balón controlado desde su área, le llega a Messi tras pase de Arturo Vidal, se diría que apenas lo roza, un ligero cambio en la trayectoria del balón pero sabemos, cualquier que esté viendo el partido lo sabe, que en ese toque todo ha cambiado. Óscar Plano, jugador del Valladolid con el ’10’ en la espalda, entiende que acaba de entrar sin remedio en otra dimensión. La pelota desaparece, se esfuma como se esfuma su cuerpo. El balón lo traspasa, lo atraviesa, lo paraliza y le hiere.

El jugador baja los brazos, se sabe ya otro, Messi lo deja atrás como quien nunca lo hubiera percibido. Ser es ser percibido, decía Berkeley. La mirada del contrario es desoladora, ausente, no sabemos qué piensa, pareciera que el jugador del equipo pucelano, en plena lucidez, solo acierta a musitar “un no sé qué que quedan balbuciendo”, al modo de San Juan de la Cruz. Es fácil recurrir a la mística, el asombro se nutre de ella, también en el fútbol. El instante consagrado se dilata  en esa jugada tremendamente natural de Messi, tan natural que ninguno de nosotros acierta a explicarla. Es un instante poético que se encarna, que vibra y palpita en la exclamación inmediata que surge de la grada. El estadio queda en vilo, quiere elevarse, detenerse en ese momento que trae al presente una sucesión de momentos pasados y futuros.

Pero, pensándolo bien, ¿por qué no tratar de explicarlo de forma racional? En el fondo la mística quizá no sea más que una forma incompleta de ciencia. En 1884 se publicó una novela llamada Flatland, en la que su autor, Edwin Abbott, imaginaba la fantasía de un mundo bidimensional. Un mundo de cuadrados que no conciben la existencia de esferas. Quizá lo que se vio en el Camp Nou fue la puesta en escena de ese libro, visto lo visto todos estos años, quién se atreve a decir que Messi no está empeñado en manejar a su antojo el espacio-tiempo en un rectángulo de juego. El caño del otro día, como el de tantos otros días, se podría resumir en una frase con anhelos de teorema. El hombre plano, con el ’10’ en la espalda, acaba de descubrir y encontrarse, frente a frente, con un mundo de tres dimensiones revelado por otro hombre con el ’10 ‘en la espalda. El juego de espejos, no se incomoden, es infinito.

Messi nos ha acostumbrado a desbordar el orden conocido dentro de un campo de fútbol. Gestos en apariencia banales, gestos que nadie hubiera concebido antes. El caño, el túnel, como quieran llamarlo, es tal vez una de sus representaciones esenciales, donde todo aquello a lo que su juego aspira aparece sintetizado y a la vez trascendido. Hagan la prueba, vean alguno de los diversos vídeos de YouTube en los que se prodigan túneles messiánicos. El efecto es hipnótico, armónico, lo decía al principio, siempre igual pero siempre diferente. El contrapunto, la fuga. Un toque violento para salvar una patada, una humillación innecesaria pero dichosa, mantenerse en pie a pesar de los encontronazos, la levedad de quien sobrevuela la pelota y, años después, piensa que nunca estuvo allí.

 

El jugador queda vencido, mira hacia atrás, desolado, extraño, demediado. Su cuerpo es transparente. Sabe que es nadie. Detrás de él, quién sabe ya dónde, Messi continúa con la jugada sin tan siquiera levantar la vista

 

Lo mejor, claro está, es dejar en silencio la música de pachanga maquinera con la que se suelen aderezar estas recopilaciones. La calma, sentir poco más que el peso del aire, el balón que no cesa de rodar. Disfruten de ese silencio que, puestos a imaginar, es el mismo silencio que continúa percibiendo James Milner antes de derrumbarse y escuchar el orgasmo verbal del estadio. Prueben con otra música y verán caminar a Messi en la cancha como camina Thomas Shelby entre los hornos de Birmingham. A cámara lenta, el fuego en la mirada del vencido. Prueben con Shostakóvich, con Monteverdi, con lo que les dé la real gana. La música está en la materia, en el gesto con el que el futbolista argentino dibuja el sonido a ras de suelo.     

Busquen ahora en la mirada del defensa la vergüenza pero también el placer de ser derrotado por el héroe. Busquen allí la mirada de Héctor cuando cae atravesado por la lanza de Aquiles. Algunos tratarán de cerrar las piernas sin que la tijera llegue a tiempo, otros permanecerán estáticos, ojipláticos, hombres sin atributos, algunos saldrán disparados como posesos con la intención de cazarlo. Será difícil. Algunos cortarán por lo sano, otras veces dos o tres túneles en una jugada como encaje de bolillos. Nombres recurrentes, víctimas propiciatorias, aunque mi escena preferida posterior a un túnel de Messi es una que se da en un partido con Argentina, en la Copa América de 2015. En ella dos jugadores de Paraguay terminan segándose entre ellos mientras Leo los deja atrás antes de ofrecer una asistencia de gol. Imagínense, ir a buscar la zurda del ’10’ y encontrarte la tibia de tu compañero. Hay amantes que, ni en la peor de sus borracheras, han concebido pesadilla tan horrible.   

La mirada del jugador después del túnel es un símbolo y, si se quiere, una sugerencia de título para alguna novela de Peter Handke. El vacío, la ausencia, el lamento, la rabia, el grito, puro desconcierto. Decía Virgilio en la Eneida que la única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna. Quizá algo parecido se le pasó por la cabeza a Óscar Plano el otro día. Messi está loco, siempre lo ha estado, cómo no va a estarlo alguien capaz de diseñar túneles hasta en el área pequeña como un minero desquiciado. Sus caños, esas pequeñas cosas que él se pone a hacer de vez en cuando, tienen y siguen teniendo la propiedad de atravesar la materia. Algún día habrá que preguntarle por el número de dimensiones que se confabularon en su mente. Y entonces, como quien no quiere la cosa, veremos desaparecer estas palabras como quien cuela la pelota entre las piernas del rival.