El 12 de junio de 2004 arrancó en el Estadio Do Dragao una Eurocopa en la que, aún a día de hoy, nadie entiende muy bien lo que sucedió. Sobre el papel, Portugal, entremezclando dos de las mejores generaciones de su historia, después de que un club luso volviera a levantar la Copa de Europa tras 17 años de espera, debía dar, por fin, un paso al frente en los torneos de selecciones. Ese mismo papel presagiaba que la mejor República Checa de siempre, con los Cech, Nedved, Baros, Rosicky y compañía, podía desempolvar los recuerdos de aquel penalti de Antonin Panenka en el 76. También otorgaba la candidatura al título a una Francia con ganas de olvidar un infausto verano de 2002 en el lejano oriente. Sobre el césped, obviando presagios, sospechas, previsiones y demás cuestiones que al fútbol siempre le trajeron sin cuidado, Grecia se encargó de reescribir todo lo presupuesto para obrar un milagro digno de las mejores epopeyas helenas.

Para comprender la hazaña griega, primero hay que remarcar que Otto Rehhagel era su seleccionador. El alemán, el mismo que conquistó el primer título internacional para el Werder Bremen o la Bundesliga para un recién ascendido Kaiserslautern, siempre fue un experto en exprimir hasta la saciedad las mejores cualidades de sus hombres. Con el orden, la disciplina y el sacrificio como premisas básicas de su libro de estilo, lo de Grecia en aquella Eurocopa de 2004 acabó por convertirse en una oda al fútbol defensivo y reactivo que encumbró a Nereo Rocco y Helenio Herrera como dos maestros del catenaccio.

Que Portugal cayera en el partido inaugural poco importó más allá de las fronteras lusas. De hecho, hasta en algún rincón del continente alegraba ver cómo un humilde se cargaba la fiesta del anfitrión casi sin personarse en el área rival. Cosas de la raza humana y sus filias por reírse del mal ajeno. Lo del empate ante España y la posterior eliminación de la ‘Roja’ por la mayor cantidad de goles a favor de los griegos ya empezó a escocer un poco más. Las críticas a la nula necesidad de los helenos por llevar el control del juego y dominar la posesión de los encuentros acrecentaban con el paso de las fechas. Pero no eran las únicas quejas hacia su juego. Que si siempre chutaban menos a puerta que sus rivales, que si no eran capaces de sumar más córneres a favor que el equipo contrario, que si les sacaban muchísimas amarillas. Tras cada partido, la misma cantinela. Tras cada partido, Grecia superaba otro obstáculo para lograr lo imposible.

 

Como dijo Otto Rehhagel, aunque a muchos les pesara, “lo que ha pasado aquí es que Grecia ha escrito la historia del fútbol”

 

Pasando a cuartos de final, el combinado heleno ya había superado su mejor actuación en una Eurocopa. Era sencillo, pues la selección griega únicamente había participado una vez en el torneo, en Italia’80, y solo pudo rascar un insignificante punto en el último partido de la fase de grupos ante Alemania Occidental. Aquello no era suficiente y fueron a por más. Primero, cargándose a Francia con un solitario gol de Angelos Charisteas. Después, con otro testarazo, esta vez de Traianos Dellas, para dejar fuera de combate a la República Checa en el tiempo extra. Estaban en la final; les esperaba Portugal.

El equipo de Otto Rehhagel no necesitó de futbolistas de gran nivel para plantarse en el partido definitivo. Es más, habían sido los culpables de que los Henry, Zidane, Raúl, Nedved o Casillas de turno no se dejaran caer por el Estadio Da Luz un 4 de julio de 2004. Ahora les tocaba vérselas con Figo, Rui Costa, Deco y un jovencísimo Cristiano Ronaldo. Otra vez, como en el partido inaugural. Y otra vez Nikopolidis bajó la persiana de su portería -cuatro goles encajados en el torneo-. Otra vez Traianos Dellas líderó a la zaga cual militar en las Guerras del Peloponeso. Otra vez el capitán Theodoros Zagorakis, nombrado mejor futbolista del torneo, fue la escoba que barrió todo aquello que no interesaba a Grecia que pululara por ahí. Y otra vez apareció la cabeza de Angelos Charisteas, solitaria pero suficiente, para allanar el camino hacia la eternidad.

Lloraba Portugal. Sonreía Grecia. Quizá su fútbol no fuera de los que llenan estadios, provocan ovaciones ni delirios en la grada, pero fueron los que se llevaron la copa. Y, como dijo el artífice de todo aquello, Otto Rehhagel, aunque a muchos les pesara, “lo que ha pasado aquí es que Grecia ha escrito la historia del fútbol”.