La vida adquiere a menudo forma de hastío, de círculo vicioso, y entonces algunos de sus paisajes empiezan a repetirse desconsideradamente, una y otra vez, hasta que quedan girando en la realidad como CDs rallados, sonidos en bucle sobre los que nada ni nadie puede intervenir. Melendi se cambia el peinado. César Aira publica un nuevo libro. Se te corta la mayonesa. Y Sergio Leonel Agüero vuelve a anotar un hat-trick.

El último que ha firmado el argentino, este domingo, le ha valido al Manchester City para descarriar al Arsenal de Emery y enderezar su rumbo en la Premier.

Se cansarán algunos de teclear siempre la misma crónica pero no se cansa el Kun, que acude a su cita con el gol como Auggie Wren desenfunda la cámara en Smoke para hacer la misma foto de Brooklyn todos los días, con una perseverancia atroz, milimétrica.

No hay nada peor que la rutina, salvo si estás cómodo en ella. Entonces puede ser tu salvación. Y tu perdición. Viendo marcar a Agüero, uno llega a sentir que a cada año que pasa está menos preocupado por la estética de sus obras; su relación con el gol se ha ido ciñendo, ciñendo, ciñendo, hasta que ha llegado un momento en el que no hay espacio ni para el más ínfimo de los ornamentos. Cuanto más breve y escueta la acción, mejor. Más tiempo para volver a la carga.

Mi amigo Vázquez, que ya se ha pasado Twitter en varias ocasiones, compartía la semana pasada precisamente un fragmento de la última novela de Aira, Prins, la 101 o 102 del autor: “Escribir es una tarea siempre pendiente, porque hay que seguir escribiendo, se escribe para seguir escribiendo. A una palabra le están esperando otras en una oración; a una oración la esperan otras oraciones en el párrafo…”. Y así hasta que Melendi se quede calvo.