El ocho es un número esplendoroso, presumido, doblemente redondo, que además arrastra tras de sí un sinfín de significados. Para muchas culturas, es el guarismo de la suerte, en especial en China, donde un apartamento que lo contenga en su dirección, ya sea en la puerta o en el piso, es más caro que otro que presente las mismas características. Según la numerología, simboliza la autosuficiencia, el éxito y la firmeza de planteamientos. También cifra las patas de los arácnidos y los tentáculos de los pulpos, es el valor atómico del oxígeno, en la Biblia representa la resurrección, para Pitágoras alude a la justicia porque siempre puede dividirse en dos partes iguales y aparece varias veces en el teléfono de mi abuela, según unos cuantos entendidos la mejor abuela de la historia.

Escrito horizontalmente, como saben, el ocho nos conduce al infinito.

Hay infinitas formas, pues, de concebir este signo. Si no es el número definitivo, se le acerca peligrosamente. Y este domingo dio un pasito más en esa dirección al convertirse en el total de ligas que ha ganado Pep Guardiola en su primera década como entrenador de fútbol profesional. Ocho campeonatos nacionales de diez posibles. Desde que debutó, solo dos cursos sin acabar en lo alto de la tabla. Eso ya va a quedar ahí hasta el final de los días. Como un lunar que va creciendo con el paso del tiempo.

Existe una contradicción que atrapa a Guardiola entre la complejidad que implica el modelo de juego que lo ha llevado al éxito y la nitidez que desprenden sus estadísticas una vez ya acumula bastantes años sentado en el banquillo. Si bien es cierto que en su historial figuran algunos puntos negros, manchas que a más de uno le gustaría que ocupasen el doble, el balance se vence rápido a un costado, y deja a la vista un implacable listado de cifras que asusta por su aparente simpleza.

Por más que algunos de los títulos haya tenido que lucharlos hasta el último momento, como ha pasado esta campaña con el indomable Liverpool de Klopp, después de cada nuevo triunfo, cuando le das al intro y vuelve a actualizarse su palmarés, es imposible no sentirse ligeramente humillado, atravesado por la percepción de que este tipo lleva diez años levantando ligas como quien aplasta hormigas con el dedo.