Pese a durar más de nueve meses, las Ligas se hacen cortas porque se juegan pensando en cuando acaben. Da igual que estemos en la jornada tres, en la 17 o que todavía queden 30 puntos por disputarse: el final asoma constantemente, en cada nueva hoja del calendario, como si en la esquina de nuestros cerebros colgase uno de esos relojes de cuenta atrás que siempre aparecen en las películas malas de acción, con numeritos rojos e intermitentes.

“No se recuerdan los días”, decía Pavese, “se recuerdan los instantes”.

Y el instante crítico, en los campeonatos domésticos, es mayo. Para muchos -para demasiados, quizá- el mes del horror.

Mirar a mayo es imaginar que no atrapas al líder y que te tienes que conformar con el subcampeonato; es suponer que te caes de la lucha por Europa; es figurarte que no alcanzas las metas que te marcaste en verano. Mirar a mayo es, sobre todo, temer al incendio de tu descenso.

Bien es cierto que si Rayo Vallecano y Huesca llevaban tanto tiempo mirando de reojo las últimas fechas de la temporada era porque allí residía una esperanza, la de salvarse y continuar en Primera. Pero esa posibilidad feliz los conducía irremediablemente a una segunda, que era que la primera no se cumpliera, y entonces afloraba el pánico entre sus futbolistas, técnicos y seguidores.

El miedo consiste en coger un deseo y darle la vuelta.

Siempre habrá brechas por las que huir e ilusionarse, claro. Al menos un poco. Puedes ganar dos encuentros seguidos. Puedes recuperar a tu estrella lesionada. Puedes encontrar a otro que esté peor que tú. Puedes guardar un último aliento.

Pero de repente, cuando ya casi habías logrado olvidarlo, llega mayo. Siempre mayo. Y lo peor: el miedo te revela que estaba justificado.