El Chelsea es, desde hace meses, un chalé que escupe humo por las ventanas. Su agonía es la de intentar sobrevivir a un incendio que, espoleado por los malos resultados, la nula sintonía entre las piezas y los títulos que se escapan, ya ha manifestado su intención de acabar con todo. La pregunta es cuánto. Cuánto tardarán las llamas en consumir el último mueble que quede en pie en el edificio. Y la respuesta, mientras arde la estantería del segundo piso, se derrumba la puerta del cuarto de baño o se tiznan de negro las paredes de la amplia cocina, seguramente solo la tenga Maurizio Sarri, que de momento sigue atrapado en su estudio, en la última planta, mirando el fuego desde arriba, como quien se asoma a un precipicio.

El fútbol es quemadura, ocaso, desengaño, crueldad y un montón de palabras feísimas más. Incluso para Sarri.

Durante varias temporadas, el entrenador napolitano consiguió generar la sensación de que todo gravitaba a su alrededor con una elegancia terrible. No eran tanto sus éxitos; más bien era la pose, el personaje, la energía que desprendían su carácter y su apuesta futbolística los que hacían que nadie intuyera un final para su dicha. La vida era bella con Sarri. Tenía que serlo. Parecía una condición eterna. Pero el fútbol siempre acaba acordándose que es fútbol, y entonces da un giro y te ofrece la peor cara. Nadie está a salvo de su naturaleza.

Tarde o temprano, como hacía Larsen, el personaje de Onetti, en un homenaje a los gestos muertos, Sarri tendrá que levantarse de su asiento, hacer correr dos dedos ensalivados por la raya de los pantalones y echar a andar hacia la puerta de salida con un cigarrillo indolente colgándole de los labios. Tendrá que olvidarse de Londres, de sus sueños de grandeza. Le urge recuperarse. Reconciliarse con aquello que, una vez, marchó bien. Necesita saber que si quiere cambiar al portero, este obedecerá y se retirará corriendo a la banda. Sentir el viento en la cara. Aceptar la derrota. No hay otra salida. Es la ley. Así funciona con todos.

Pero aun asumiendo ese pacto trágico con el destino, no deja de ser triste ver cómo cae algo que en tu imaginación no tenía que caer nunca.