Lo más complicado de situarse en la portería del Barcelona es que para ser considerado el mejor arquero del mundo por la afición culé primero tienes que haber sido considerado el peor arquero del mundo por esa misma hinchada.

La frase no es de Víctor Valdés, pero sería justo que lo fuera.

A Marc-André ter Stegen la crítica nunca llegó a atizarle tan duro como a su antecesor, pero también tuvo sus momento bajos, y fue a partir de ellos que empezó a labrarse la condición de intocable de la que hoy goza en el Camp Nou. Lo más llamativo del remonte, en su caso, fue la actitud: una clase de indiferencia, fría y sofisticada, con la que fue moliendo una a una todas las dudas que le llegaban del exterior.

No es tanto la parada, por más plástica que esta sea, lo que cautiva de Ter Stegen; impresiona más el gesto árido que la sigue, una muestra de sobradez sin tapujos. Después de todo, parece que nos quiera decir el alemán con su semblante serio, ¿por qué iba a sorprenderse uno de sus propias virtudes?

A los héroes no habría que medirles tanto por sus hazañas como por su forma de reaccionar a ellas. Cómo no bancar a muerte a ese agente secreto que, después de salvar por enésima vez a la humanidad de vete a saber qué hecatombe, llega a casa, abre una cerveza, se tumba en el sofá y se pone en el móvil una entrevista de La Resistencia.

Este domingo, Ter Stegen tuvo varias intervenciones destacadas en San Mamés. En una de ellas, quizá la más estética, frustró un gol cantado de Iñaki Williams sacando una mano de autómata. Pero la acción no quedó ahí. Mientras el balón iba alejándose de su brazo, el portero mantuvo la pose durante unas centésimas de segundo, como congelándose para la foto. Fue imposible no acordarse de Michael Jordan en Salt Lake City, el tiro de dos después de zafarse de Bryon Russell, y esa muñeca suspendida en el aire, altiva, convencida de su suerte.

 


Fotografía de Ion Alcoba