Fue en febrero de 2019 cuando Luis Rubiales quiso hacer una remodelación de la Supercopa de España. El cambio de formato, debatible en cuanto a gustos, dejaba atrás aquella competición a ida y vuelta sencilla, habitual, para dar paso a un torneo de mayor emoción, con más participantes, más discutido. Para los puristas quizá fuera otro grano de arena acumulado en la pérdida del fútbol de toda la vida. Se decía adiós a aquello de que solo campeón de Liga y campeón de Copa pudieran discutirse el título de supercampeones nacionales. Los subcampeones de ambos torneos también entraban en juego. Para los amantes de nuevas aventuras se convertía en una nueva manera de amenizar una Supercopa que en los últimos tiempos había pasado a convertirse más en un problema en el calendario que en una competición atractiva para todos. Hasta ese punto, las discusiones, las ideas y las opiniones al respecto de un tipo u otro de Supercopa eran lógicas. Pero el siguiente paso dejaba todo aquello en segundo plano: la competición se jugaría en tierras lejanas.

Se marquetinizó como ‘La fiesta del fútbol’. Un eslogan con el que vendían, o querían vender, mejor dicho, que el cambio se daba para dar mayor visibilidad al fútbol español por otros lares. Algo parecido a lo que intentó LaLiga queriéndose llevar un Girona-Barcelona al otro lado del charco. Cuando la única realidad era que el bolsillo se llenaría de mayor cantidad de papeles de color verde si se hacía en un país que pagara una buena suma de dinero. Luego ya vino lo de Arabia Saudita, donde los derechos y las libertades, siendo demasiado suaves, no corren a la orden del día. En resumen, entre excusas, se prostituyó una competición que parecía molestar a los dirigentes para que, al menos, se sacaran una buena tajada con ella.

 

A 4.970 kilómetros en línea recta desde Madrid. A 4.935 kilómetros de Bilbao. A un mundo de su gente. A años luz de lo que debería ser ‘La fiesta del fútbol’

 

Desde que se celebrara la primera Supercopa en tierras saudíes, hace dos años, hasta hoy, pocos son los futbolistas que han alzado la voz ante la nueva Supercopa de España. Aunque, dicho sea, al fin y al cabo son simples empleados -millonarios, sí, pero empleados- que se deben y obedecen a lo que dicen los de arriba, los que, desgraciadamente, mueven el cotarro y lo dirigen a lugares turbios, oscuros, donde el balón es, una vez más, el último de los protagonistas. Y ya van demasiadas. Eso sí, hay futbolistas que todavía tiene valor para discutir los caminos que está tomando el fútbol. El último, Raúl García, que fechas antes de emprender su viaje hacia Arabia Saudita criticó el escenario donde se jugaría la Supercopa. “Yo soy muy claro: para mí no tiene sentido. Es sencillo. Estamos jugando un campeonato de nuestro país e irse a otro país tiene el sentido que todos sabemos que tiene. No quiero entrar en polémicas, pero no tiene sentido irse hasta allí para jugar un partido que se tendría que jugar aquí”, sentenció, rotundo, en rueda de prensa el jugador del Athletic Club, justo antes de hacer una declaración ¿premonitoria? de lo que se viviría el jueves en el Estadio Rey Fahd, en las semifinales que enfrentarían a su equipo, subcampeón de la Copa del Rey, contra el Atlético de Madrid, campeón de la Liga: “Nos estamos olvidando de lo básico, que es el fútbol, de ese ambiente que hace que los partidos sean diferentes, que la afición disfrute”.

Y cuando hablaba de ambiente no se refería a lo ocurrido en las gradas de aquel estadio lejano. A 4.970 kilómetros en línea recta desde Madrid. A 4.935 kilómetros de Bilbao. A un mundo de su gente. A años luz de lo que debería ser ‘La fiesta del fútbol’. Ante unas gradas vacías, huecas, sin alma, con apenas 10.000 personas sentadas ahí para ver el partido en directo. ¿De qué fiesta estamos hablando? Pero, sobre todo, ¿de qué fútbol? La imagen, desoladora, es solo uno de los tantos, tantísimos, síntomas que acumula un deporte ahogado, vapuleado y en estado crítico por culpa de unas cuantas personas, las de arriba, claro, que se empecinan en destruir el vínculo entre el fútbol y su gente, la de a pie, la de la calle, que solo quiere poder ir al estadio para ver a su equipo. Pero ahora ya ni eso. Todo es demasiado caro. Todo queda demasiado lejos. Lejos en distancia y lejos de lo que fue un día ese deporte que nos divertía porque eran once contra once y no era tan complicado asomar la cabeza para ir a ver a esas 22 personas pateando un balón. Tan simple como eso.

 


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Fotografía de Imago.