Este texto está extraído del #Panenka19. Puedes comprarlo aquí.


Es un frío sábado de invierno en Arad, ciudad rumana casi en la frontera con Hungría. Helmuth Duckadam se presenta con gafas de sol y ropa deportiva y se reconoce por su alta figura y su bigote. He llegado hasta aquí para saber qué pasó exactamente tras la noche en la que llevó a su equipo y a su país a la cumbre de Europa.

El 7 de mayo de 1986 el Barcelona perdió inesperadamente por penaltis su segunda final de la Copa de Europa, tras aquella igualmente dramática de Berna en 1961. Todo parecía listo para el triunfo del Barça ‘inglés’ entrenado por Venables contra el desconocido Steaua de Bucarest, expresión de un país del otro lado del Telón de Acero. Además, se jugaba en el Sánchez Pizjuán de Sevilla donde sólo unos cuantos rumanos hicieron frente a casi 60.000 culés.

Nada salió como se esperaba, especialmente gracias a Helmuth Duckadam, cuya actuación resultó única en la historia del fútbol: el alto portero del Steaua con mostacho menudo y una apretada camiseta verde paró los cuatro penaltis lanzados por los barcelonistas dando así el triunfo a su equipo. Sin embargo, éste fue su último partido a nivel internacional ya que, con 27 años, se vio obligado a dar por finalizada su carrera deportiva.

Los favoritos de Ceausescu

Helmuth Duckadam nació en 1959 en una familia de etnia alemana en Semlac, a 15 quilómetros de Arad. “Siempre quise jugar de portero porque era demasiado perezoso para correr”, comenta sonriendo.

Tras los comienzos en los dos clubes de la ciudad, el Constructorul y el UTA, con quien debutó en primera, en 1982 Duckadam fue traspasado al Steaua. “Pude elegir entre Universitatea Craiova y Steaua. Los equipos de provincia pagaban más, pero en la capital era más fácil darse a conocer”.

El club más importante del país fue fundado en 1947 dentro del ejército con el nombre de ASA (Asociación Deportiva del Ejército), cambiado en 1961 por Steaua (‘estrella’ en rumano). Tras la Segunda Guerra Mundial, y con la parcial excepción de Yugoslavia, en Europa Oriental los clubes más importantes estaban organizados como extensiones de los diferentes ministerios: normalmente el más poderoso era el equipo del ejército. Luego los otros, con los Dinamos que casi siempre representaban a la policía (Ministerio de Interior).

Hasta 1985 el Steaua había conquistado nueve campeonatos y 13 copas nacionales, pero desde entonces aumentaría sensiblemente su palmarés. A comienzos de la década de los ochenta el hábil directivo Ion Alecsandrescu contrató a varias jóvenes promesas que, junto al veterano Tudorel Stoica, constituirían un equipo histórico: además de Duckadam, estaban los ‘duros’ Bumbescu y Barbulescu, que formaban la defensa junto a Iovan y Belodedic (un serbio del Banato rumano que integró los dos únicos clubes de Europa del Este que ganaron la Copa de Europa, Steaua y Estrella Roja). En el medio campo Majearu y Stoica auxiliaban al experto cerebro Laszlo Bölöni, húngaro de Transilvania. Y en la delantera brillaba el trío de las maravillas: el extremo Balint, el goleador Piturca y Marius Lacatus, conocido como Fiara (la bestia) e ídolo máximo del club.

En el curso 84-85, y bajo la guía del valiente entrenador de etnia húngara Emerich (Imre) Jenei, el equipo volvió a conquistar la liga tras seis largas temporadas de sequía. Fue el comienzo de una trayectoria imparable que coincidió con el decisivo acercamiento al equipo de Valentin Ceausescu; al hijo mayor (aunque adoptado) del dictador rumano le gustaba intervenir en la gestión del club. Sin embargo, para Duckadam “que el Steaua ganase porque era el club favorito de la familia Ceausescu es una leyenda”, aunque sí admite irregularidades en la final de copa de Rumania de 1988 contra el Dinamo, que posteriormente acabó en las vitrinas del club de la policía.

Entre 1985 y 1989, cuando un golpe de estado camuflado de revolución acabó con Ceausescu, el Steaua conquistó cinco ligas, cuatro copas (una retornada) y estuvo invicto durante 104 partidos consecutivos. Pero las hipotéticas ayudas del régimen no pueden explicar los éxitos continentales: tras la copa, en 1988 fue eliminado en semifinales de la Copa de Europa por el Benfica y al año siguiente cayó en la final contra el Milan de Sacchi, que lo aplastó por 4-0 en el Camp Nou. Además, en 1987, conquistó la Supercopa Europea en Mónaco al derrotar por 1-0 al Dinamo de Kiev de Lobanovski. El autor del único tanto fue el joven Gica Hagi, cedido a la fuerza por su club, el Sportul Studentesc, en teoría sólo para ese duelo. En cambio Hagi se quedó hasta 1990, cuando fichó por el Real Madrid.

El camino hacia la final

En las primeros rondas de la histórica Copa de Europa de 1986, los rumanos eliminaron al Vejle danés del ex blaugrana Simonsen; al Honvéd Budapest del prometedor Détari y a los finlandeses del Kuusysi Lahti. En semis contra el Anderlecht remontaron el gol de la ida marcado por el joven Scifo gracias a un apabullante 3-0 en el ambiente infernal de su Stadionul Ghencea, con dos tantos de Piturca y uno de Balint. En cambio el Barça, con una campaña dramática e irregular, eliminó a Sparta Praga, Porto, Juventus e IFK Goteborg por penaltis, tras igualar el 3-0 del partido de ida.

“Sólo Valentin creía que podíamos llegar hasta la final”, recuerda Duckadam. “Con el Barcelona claramente favorito, nuestro objetivo era simplemente disputar un buen partido para el fútbol rumano y para nosotros mismos. Teníamos un equipo muy táctico, con buenos defensas y jugábamos al contragolpe”.

Héroes por accidente

Un millar de seguidores fueron elegidos a dedo entre las fuerzas armadas y personas cercanas al régimen para presenciar el acontecimiento; aún así 40 de ellos se quedaron en España.

El Steaua, sin el sancionado Stoica, consiguió adormecer el partido y la maquinaria del Barça se encasquilló. “Ellos no nos conocían y no se esperaban que aguantáramos. Cuando llegó el minuto 90 y estábamos todavía empatando a cero, pensamos que ya habíamos cumplido. En la prórroga el Barcelona arrancó de manera muy agresiva, aunque nosotros tuvimos dos buenas ocasiones”. Pero el árbitro francés Michel Vautrot pitó tres veces y el título se decidiría en los penaltis. “Ninguno de nuestros jugadores quería lanzar desde los 11 metros. Mi esperanza era detener uno o dos disparos. Majearu falló el primero. Se presentó Alexanko y tuve la buena inspiración: me tiré a mi derecha y lo paré”, recuerda el meta. Luego Urruti interceptó el tiro de Bölöni. “Me tocaba de nuevo a mí contra Pedraza. Si en el primero fue inspiración, ahora se trataba de pensar como si fuera el jugador contrario: me fui otra vez a la derecha y lo detuve”, rememora.

Era una situación paradójica: tras 120 minutos y cuatro penaltis, el partido seguía empatado a cero hasta que Lacatus consiguió violar las redes del Sánchez Pizjuán.“Vi acercarse a ‘Pichi’ Alonso. Él pensó que tras dos veces a la derecha iba a cambiar de lado, así que seguí en la misma y el balón me rebotó en el pecho”. Balint marcó el 2-0 y el cuarto le tocó a Marcos Alonso. “Él tal vez creía que me iba a lanzar siempre a la derecha, pero después de tres veces cambié: me fui a la izquierda y también alcancé el balón. Ni siquiera me di cuenta que el partido se había terminado y que éramos campeones de Europa, fue Bölöni quien me lo dijo”.

Para los culés la maldición de la Copa de Europa se terminaría seis años más tarde y con el tiempo Duckadam entendió que se había vuelto el ‘Eroul de la Sevilla’, tal y como tituló un diario. “Cuando volvimos a Rumanía nos organizaron una fiesta impresionante. Cada jugador recibió una medalla al mérito deportivo, el equivalente de 100 dólares en lei (moneda nacional) y un todoterreno militar usado”.

Mitos, leyendas y tragedias

Con todo, la trayectoria de Duckadam se terminó en Sevilla. Durante años circularon diferentes leyendas sobre el final repentino de su carrera justo cuando acababa de tocar el cielo. Según la más insistente Nicu Ceausescu, otro hijo del dictador, envió a sus sicarios a romper las manos de Duckadam como venganza porque un poderoso seguidor del Real Madrid le había regalado un Mercedes, y nadie podía conducir semejante coche en la Rumanía socialista. Sólo eran mitos del Telón de Acero que, sin embargo, todavía circulan en algunos libros. “Entonces la vida en Rumania era muy dura, la población odiaba a los Ceausescu y tal vez por eso la fantasía popular generó un cuento parecido”.

La realidad fue otra, no menos trágica. “Una mañana de verano en mi pueblo sentí un dolor alucinante en el brazo izquierdo. En Arad, el doctor me diagnosticó un aneurisma, algo muy grave. Valentin envió un avión para trasportarme hasta el hospital militar de la capital, me operaron de urgencia y allí estuve dos meses: por suerte no me amputaron el brazo. Acompañé al club a Tokio para la Intercontinental perdida contra River Plate. Volví a los entrenamientos, el brazo funcionaba para una vida normal, pero ya no para el fútbol. Por eso en 1987 fui despedido del ejército”.

Entonces Valentin no intervino, pero el portero no está resentido y revela que de vez en cuando todavía se encuentra a tomar algo y recordar los viejos tiempos con el único superviviente de aquella familia y que actualmente trabaja en el Instituto Rumano de Física Atómica.

Pocos meses después de la final, Duckadam tuvo que volver a su ciudad a buscarse la vida como un ciudadano cualquiera. “Trabajé un tiempo en una fábrica de muebles, intentando sobrevivir. No fue fácil, tenía una familia y el dinero no era mucho”. Luego Helmuth consiguió entrar en la policía de frontera en Nadlac, cerca de su pueblo. Imagínense el asombro de quienes se pasaban por allá y reconocían su bigote en un anónimo puesto fronterizo.

“Tras siete años conseguí jubilarme por mi problema físico”. Duckadam nunca se desvinculó del fútbol. “Desde 1989 fui presidente de otro pequeño club de Arad, el Vagonul: ascendimos a segunda y en dos años jugué por diversión una docena de veces”. Entre 1997 y 2003 organizó una escuela de fútbol para niños en su pueblo y posteriormente buscó talentos para el Steaua. En 2003 le tocó una Green Card, que le daba libre acceso a los Estados Unidos. “Viví unos meses en Phoenix, pero al año siguiente volví a Rumania, aunque mi hija sigue viviendo allí”.

Luego Duckadam entró en política, volviéndose el hombre de confianza en su región del polémico Gigi Becali, uno de los oligarcas rumanos, dueño del Steaua, fundador de un partido nacionalista de derechas y ahora diputado del Parlamento Europeo. En agosto de 2010 Becali nombró a Duckadam presidente del Steaua, cargo que todavía mantiene.

En realidad desde Madrid nunca le llegó ningún coche Mercedes, pero en 2005, cuando el Steaua jugó en el Bernabéu un partido de Champions, Becali le invitó a viajar con el equipo. “Era mi primera visita a la capital de España y en la comida oficial nadie me había reconocido hasta que Gigi tomó la palabra diciendo: ‘Señores, ustedes no saben a quién tenemos aquí…’ y pronunció mi nombre. Sorprendidos, todos los directivos del Real Madrid liderados por el propio presidente Ramón Calderón, se levantaron aplaudiéndome por aquel servicio rendido indirectamente a su club”.