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El futbolista que presentamos tiene más cosas en común con el ‘Pelusa que ningún otro jugador: nació en un barrio de lo más marginal y tuvo problemas para salir adelante. Era un futbolista zurdo, con mucha clase y gran facilidad para el regate. Llevaba el dorsal ‘10’ a la espalda. ¿La única diferencia con el mito de Buenos Aires? Que sólo le conocen en Grecia. Esta es la historia de Vasilis Hatzipanagis.

A pesar de ser griego, Vasilis nació en la URSS (concretamente en Tashkent, la actual Uzbekistán) en 1954. ¿El motivo? Después de la Segunda Guerra Mundial estalló una guerra civil en Grecia que terminó con la derecha dirigiendo el gobierno y, por el contrario, la izquierda reprimida de manera excesiva. Como consecuencia de estos choques, la Unión Soviética decidió acoger a aquellas personas que intentaban escapar de la nación helena, tratando de evitar caer presos de un gobierno déspota. Fue el caso de los padres de Vasilis. El joven tuvo un hogar en el que vivir en paz y hacer lo que más le gustaba, jugar a fútbol.

Hatzipanagis ya deslumbraba a la corta edad de 16 años. Jugando con sus amigos en el parque, era capaz de gambetear y dejar sentados a todos los rivales. Todo esto lo hizo bajo la atenta mirada de los ojeadores de los dos clubes más importantes de la ciudad, Dinamo y Pakhtakor Tashkent. Después de haber intentado su fichaje el Dinamo, el padre del chico rechazó al club por ser considerado ‘el equipo de la policía’ y animó al chico a probar con la otra entidad, conocida como ‘el equipo del pueblo’, creada por trabajadores del algodón. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que se encontraron con un problema, uno que fue un quebradero de cabeza durante toda la carrera futbolística de Vasilis. Para ser futbolista profesional en la Unión Soviética, debías ser soviético. Y él no lo era. Tenía la nacionalidad griega.

Después de recibir la ciudadanía soviética, el jugador hizo su debut profesional con tan solo 17 años. Tres años más tarde, en 1975, dejó atrás la Soviet Top Liga, competición que le vio crecer como futbolista y profesional, para firmar por un club del país de sus progenitores, Grecia, que se había librado de la dictadura del régimen de los coroneles. Su reputación en el país heleno era tan grande que los aficionados del Iraklis llenaron el estadio para ver su presentación como nueva estrella del equipo.

 

Ya deslumbraba a los 16 años. Era capaz de gambetear y dejar sentados a todos los rivales

 

Viendo la calidad que atesoraba con el esférico en los pies, todo el mundo que ha sabido de su existencia se pregunta por qué no llegó nunca a un equipo grande o ser un futbolista con más trascendencia mediática. Lo cierto es que las circunstancias que le rodearon no ayudaron suficiente. Haber fichado por el Iraklis de Tesalónica en lugar de hacerlo por un gran club como lo eran el Panathinaikos o el Olympiacos en Grecia le perjudicó. Sus compañeros estaban a años luz de su nivel y calidad, y como consecuencia, lo máximo que consiguió fue un tercer puesto en liga y una Copa de los Balcanes. Además, el conformismo que Vasilis mantuvo durante su carrera acabó con la posibilidad de que el atacante se hiciera un nombre y encontrara la fama a nivel internacional, teniendo en cuenta que gozaba de un salario alto y estaba a gusto en su tierra.

Jugó un papel fundamental también en su futuro anonimato el hecho de no poder jugar con la selección griega (porque había disputado encuentros con la selección de la URSS en categoría juvenil y por lo tanto no era seleccionable) y así no poder desarrollar un papel importante en un combinado que solía ser habitual en torneos de renombre como la Eurocopa o el Mundial. Hatzipanagis se retiró en 1990, pero su estela no hizo más que comenzar a deslumbrar.

En 1999, con 45 años, abandonó su retiro tras ser convocado con la selección griega –con la que no había podido competir- para disputar un amistoso intrascendente contra Ghana. Vasilis no fue de la partida y empezó el encuentro en el banquillo. Cuando salió a calentar, la multitud en las gradas comenzó a jalear su nombre, de la misma forma en que lo hacían los espectadores en Olimpia con los atletas que participaban en los Juegos Olímpicos. Saltó al verde en el minuto 70 y jugó 20 minutos, tiempo suficiente para que diera una asistencia de gol mágica antes de salir a hombros del estadio; un tierno homenaje para un futbolista que tuvo una carrera con un recorrido singular. Ese fue el penúltimo reconocimiento que recibió un futbolista atípico.

La última gratitud llegó en 2008, año en que la FIFA cumplía 50 años. La institución encargó a cada federación clasificada para la Eurocopa que se celebraría en Austria y Suiza el mes de junio que eligiera al mejor futbolista de su historia. Holanda eligió a Johan Cruyff. Portugal a Eusebio. España a Di Stéfano. Y en Grecia, que era la flamante campeona de Europa tras su inesperado triunfo como local en 2004, no eligieron a ninguno de los componentes del equipo vencedor como Karagounis o Charisteas, sino que seleccionaron a Hatzipanagis.

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El propio jugador es consciente hoy en día, con 65 años, que su vida podría haber sido diferente si hubiera tomado otras decisiones. “Si pudiera echar atrás el reloj, habría hecho las cosas de manera distinta”, afirmaba con resignación años después de su retirada Vasilis. Él se agarró a lo que le hizo feliz: el balón de fútbol. Entusiasmando a quién iba a verle con la pelota pegada al pie. Fue un artista del césped. Un creador de los clásicos oooooooh de las gradas. Sí, señores y señoras. Así era el Maradona griego.